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ABRIL 2007

 

 

La Gran Obra

La vía alquímica al Absoluto

Grillot de Givry

Con el subtítulo descriptivo de “Doce meditaciones sobre la vía esotérica al Absoluto” aparece La Gran Obra de Emile-Jules Grillot de Givry como una guía explicativa de las características que deben poseer aquellos que desean transitar por la alquimia en dirección a la realización espiritual, la ascesis a la que deben someterse y cómo son transformados por los métodos alquímicos (disolución, sublimación, coagulación, etc.) hasta llegar a su meta. La edición que hoy comentamos (Editorial Yug) y de la que extractamos una invocación preliminar al futuro adepto (El más grande misterio) y tres de esas meditaciones está precedida de un detallado estudio introductorio y aderezada con notas, los cuales nos dan una clara perspectiva del trabajo de los alquimistas rescatándolos del pobre papel de padres de la ciencia química actual a la que se les ha querido reducir. Esa edición incluye además dos pequeños apéndices, La tabla de esmeralda y un extracto de un trabajo sobre el significado de los colores en la alquimia, obra de Antoine-Joseph Dom Pernety.

El mysterium magnum

Por encima de nosotros, en las esferas eternas de las que emanan la luz y la vida, reina el misterio insondable y espléndido del Absoluto.

El Absoluto circunscribe nuestro ser como los pétalos de un capullo y ciñe el círculo estrecho de nuestros conceptos precisos; en toda cosa ha impreso su sello.

Desconocido y tenebroso para los que no poseen la ciencia, es un velo que oculta la causa primera y que se alza ante los iniciados. ¡Bienaventurado el que haya sabido desgarrarlo antes de la hora, pues la luz que conozca ya no lo cegará con su visión inesperada!

Pero que teman aquellos que se hayan complacido en lo inexistente; que sea el guardián del umbral quien se vea obligado a descorrerlo por sí mismo.

Entonces, a la vista de lo que nunca habían sospechado, de lo que quizá habían despreciado, caerán aniquilados en las profundidades del abismo donde, no teniendo ya conciencia de ellos mismos, perderán su entidad y no se volverán a encontrar nunca.

¡Ay del apocamiento y la parvedad de los doctos en este instante decisivo! ¡Qué aflicción por los actos no cumplidos, por los proyectos no realizados! ¡Cuántos, no pudiendo reparar las omisiones y los errores, deberán aceptar su realización definitiva imperfectos, incompletos, impuros!

Sígueme pues, discípulo mío, en la vía del Absoluto que voy a enseñarte; sígueme, y te prometo que un día ceñirás a tu frente la corona de luz, la diadema de oro de los sabios reservada a quienes durante su vida hayan realizado la obra que resume toda obra.

Muchos han oído hablar de la Gran Obra. Algunos se proponen consagrarse a ella, pero muy pocos abordan su búsqueda.

Todos dicen: “Más tarde, cuando hayamos conseguido tiempo y tranquilidad”; pero el tiempo y la tranquilidad no llegan nunca, en tanto que el Absoluto te reclamará sin falta puesto que de él emanas.

¡Ay! ¿Podrías pasar sobre esta tierra, tú que ya has mendigado la sabiduría a tantos hombres que no la poseían, sin haber descifrado el enigma, sin haber penetrado el secreto insuperable que conocieron algunos de nuestros abuelos?

¡La Gran Obra, la Gran Obra! Prestigioso vocablo. Esplendor fulgurante. Así pues, algunos habrían contemplado esta maravilla en los tiempos pasados, la habrían poseído integralmente, y tú ¿la dejarás inexplicada en los libros?

Y en el más allá, dotado entonces con la plenitud de tu lucidez perceptiva, verías la falange triunfante de los sabios, inundados de una alegría radiante y plena de deicha y felicidad, deleitarse con la piedra de los filósofos,1 alimentarse con ella eternamente, mientras que tú no tendrías parte alguna en este festín.


1 La piedra filosofal y la piedra de los filósofos, las lágrimas del águila, el pájaro de Hermes, la coagulación, etc., son algunos de los tópicos que la obra trata y son convenientemente explicados y discutidos.


Y escucharás que las blancas teorías de los iniciados te gritan como Dante:

guai a voi anime prave

non isperate mai veder lo cielo

(¡Ay de vosotras, almas malvadas!,

no esperéis nunca contemplar el cielo)

mientras ellas, triunfantes, se alejan para siempre, dejándote solo en el seno de tinieblas crecientes cuya siniestra sombra se extiende en torno tuyo.

Que este pensamiento baste, pues, para inspirarte remordimientos por haber desatendido el magisterio de los sabios. Dios quiera que no sea demasiado tarde y que no te encuentres ya con la vida demasiado avanzada para poder emprender tu realización. Pues si la ascesis no comenzó al salir de la adolescencia, es dudoso que nunca puedas llegar a la perfección. En este sentido es que Nicolás Valois2 ha dicho: “La primavera adelanta la obra”. Y santo Tomás de Aquino: “En los primeros días importa levantarse de madrugada y ver si la viña está en flor”.3

Por lo tanto, aplícate sin retraso y con la bendición de Jesucristo a conocerla y trabajarla.

Para dirigirte a esta vía, discípulo mío, es para lo que he emprendido, invocando al Espíritu santo, el escribir las doce meditaciones.

Alabado sea Dios.


2 Valois fue un alquimista normando que escribió sobre este tema en 1449. Junto con Vicot y Grosparmy formó el grupo llamado de Flers.

3 Sobre la relación de este gran sabio, Padre de la Iglesia y creador de la obra magna de la filosofía medieval, la Summa Teológica, con el hermetismo, diremos que es autor del Tratado de la piedra filosofal, del Tratado del arte de la alquimia y de Aurora consurgens. En la Summa discute si el oro producido alquímicamente puede venderse igual que el verdadero.


MEDITACIÓN II

Preparación y purificación


Filaleteo dice: “De cualquier manera que se trate el mercurio vulgar, nunca se hará de él el mercurio filosófico”.

Si tu alma es la de un patán, en vano aspiras al magisterio.

¿Has sentido ya la necesidad de elevarte hacia el cielo, de salir de tu ganga, de romper tu crisálida?

Si no posees esta levadura, este fermento de elección, convéncete de que es inútil emprender nada. Si eres barro, seguirás siendo barro. Si has colocado tu ideal en el fango, no puedes pensar en la sublimación, en la transmutación definitiva, en la salida del infierno terrestre. Si sigues siendo un hombre vulgar, nunca llegarás a ser un sabio.

Existe una alquimia trascendental: la alquimia de uno mismo. Es previamente necesaria para llevar a cabo la alquimia de los elementos. La nobleza de la obra exige la nobleza del operario.

Construye el atanor, prepara el huevo filosófico, dispón el aludel, separa lo sutil de lo espeso, recoge las lágrimas del águila y la sangre del león; haz que lo que está oculto se vuelva manifiesto. Éstos son los preliminares de la obra sin los cuales no puedes triunfar.

La transmutación debe operarse en tu alma. La piedra, en su estado definitivo, es el Absoluto mismo; el disolvente purificador son las fórmulas de bellleza y de perfección con las que ornarás tu vida.

El magisterio es azufre, sal y mercurio. Así, tu alma sublimada, que es el verdadero mercurio de los filósofos, se unirá al azufre del amor divino, mediante la sal de la mortificación y las pruebas.

Coordina pues todas tus actividades y todas tus impresiones para formar un conjunto armónico perfecto. Esfuérzate por adquirir una extrema lucidez de tu entendimiento. Aléjate de lo que ensucia la vista. No escuches lo que mancilla el oído. Exalta en ti el sentimiento de la personalidad para, a continuación, esforzarte por absorberla en el seno del Absoluto.

Abrasa tu alma con el fuego alquímico, con el fuego que no quema. Yo te enseñaré a recogerlo y él formará alrededor de ti un círculo protector que te aislará de las influencias malignas.

Guárdate de querer saborear los frutos de la vida mística antes de haber trabajado por poseerlos.

No digas –¡oh extraña paradoja–: “La voz es demasiado árida, y para triunfar sobre las dificultades de la vida se necesita ser un santo”.

Por el contrario, los santos no se han transformado en tales sino porque primero han sabido triunfar sobre dichas dificultades. Han empezado en la nada, como tú; como tú han subido la escala filosófica empezando en el primer grado.

No pidas pues la fe para poder orar a continuación. Reza primero y la fe inundará tu alma.

Pero ya he dicho bastante para que sepas que ahora debes formarte un cuerpo místico que sustituirá a tu cuerpo visible en todos tus actos para emplear útilmente todas tus fuerzas inmateriales. Y así vivirás en lo hiperfísico. Ésta es la vía.


MEDITACIÓN IV

Disolución


Roger Bacon ha dicho: “Es necesario que el cuerpo se haga espíritu y que el espíritu se haga cuerpo".

Es la solución de la obra.

Para realizarla, tu propio cuerpo, inflamado por el fuego filosófico, corroído por el agua ardiente de las contriciones, debe alcanzar un grado tal de pureza que verdaderamente se inmaterialice.

Entonces, transfigurándose como sobre un Tabor, se hará inalterable. No será ya un obstáculo para la vida espiritual sino que, por el contrario, participará de ella al igual que el cuerpo glorioso y, ¡oh prodigio!, contribuirá por sí mismo a la obra.

Corporeifica a continuación tu espíritu, es decir, proyecta una mirada escrutadora sobre esta impalpable sustancia tuya. Quizá nunca pensaste en conocer su misteriosa naturaleza, aunque constantemente acompaña a tu cuerpo. Estudia con minuciosidad todos sus engranajes ocultos para saber dirigirla, para poder utilizar su poder y para sustentarla con el alimento intelectual que le conviene.

Posees, discípulo mío, un inmenso tesoro de fuerzas ocultas que desconoces, fuerzas considerables e invencibles plegadas en tu interior y que superan todas las fuerzas corporales. Aprende a servirte de ellas, a hacerlas obedecer a tu voluntad y a dominarlas completamente.

Para ello, en primer lugar debes expulsar de tu intelecto todo lo que es superfluo y obsoleto. Poda con vigor la fronda de tus pensamientos vulgares. Desrama a fondo el bosque de banalidades y lugares comunes que aún puedan ocuparte. Expurga todo lo que no represente vigor y fuerza: es vegetación malsana que sólo da desperdicio de energía espiritual.

El pensamiento es una sustancia de naturaleza casi fluídica. Una vez emitido, existe.

El pensamiento es inmutable. En la esfera de la existencia pura provoca un eco que resuena en la eternidad. Guárdate pues de los pensamientos infernales que puedas crear y que se tejerán contigo para tu condenación.

Sé puro, pues es tu misma virtud la que debes proyectar sobre el atanor para animarlo. Evita las acciones indiferentes en sí mismas. Que tu mirada nunca yerre sobre objetos que no merecen un instante tu atención; sería una parcela de tu alma que perderías sin que nunca pudieras recuperarla.

Después, liberado ya del fardo de las inutilidades, recoge preciosamente lo que deseas conservar de las fuerzas vivas y dirígelas con vehemencia sobre la obra. Observa con atención los colores del magisterio y haz converger tus menores actos en el objetivo final.

Algunos te dirán que el poder de hacer milagros se adquiere y se transmite con un soplo, con una palabra murmurada cabalísticamente al oído, con la lectura de algunas páginas en un grimorio o confeccionando una varita mágica.

Aprende, por el contrario, que un poder semejante no te será conferido sino mediante un lento y laborioso cultivo de las fuerzas que en estado latente perduran en ti.

Debes abstraerte en la vida superior exaltando poderosamente tu voluntad, operando una verdadera segregación de ti mismo respecto al mundo físico y exterior.

Eleva alrededor tuyo como un muro que retenga lo que emana de ti hacia las cosas sensibles; enciérrate así en la ciudadela hermética de la que un día saldrás invulnerable.

Sin duda ya ves apuntar un poco de la luz que te he prometido y te alegras de ello.



MEDITACIÓN VIII

Coagulación, cambio de color, cabeza de cuervo


El bienaventurado Raimundo Lulio ha dicho: "Y así tendrás un tesoro perpetuo que podrás aumentar indefinidamente y con el cual cumplirás la obra hasta el infinito".

Y ahora, la gran página mística, la que no deben leer y la que no comprenderán aquellos que no sean totalmente indiferentes al caos y a la contingencia de las opiniones humanas.

¿Has apartado de tu alma todas las sensaciones que podrían introducir en ella el desequilibrio y perturbar tu serenidad astral?

¿Estás suficientemente preparado para empezar a actuar con eficacia en lo inmaterial?

Entonces, ejercítate en recoger tus fuerzas anímicas y psíquicas. Coagúlalas. Da cuerpo a cada uno de tus pensamientos. Dales firmeza precisándolos cuidadosamente. Y concretizándolos en tu espíritu.

Son numerosos y se te escapan porque ignoras cómo dominarlos.

Guárdate de perder ninguno; no dejes fluir este precioso poder, no lo desparrames sobre nociones inútiles y vanas.

Por el contrario, determina con exactitud cuáles son aquéllas sobre las que quieres concentrar tu atención. Elimina y rechaza todas las demás.

Después reúne en un haz tus pensamientos emitidos voluntariamente y conságralos enunciándolos verbalmente con energía y voluntad. Así realizarás grandes cosas.

Arnaldo de Vilanova llama a esto el ángulo de la obra.

Recoge pues cuidadosamente el agua pelidor que es de un verde naciente. Transmuta las aguas muertas en aguas vivas. Prepara la resurrección del pájaro de Hermes.

Ten cuidado, discípulo mío, en esta fase corres un gran peligro. Cualquier mal deseo que emitas se volvería contra ti mismo. No trates de rechazar los obstáculos profiriendo fórmulas de maldición contra aquellos a causa de los cuales llegan hasta ti. Estas fórmulas son irrecuperables y una vez enunciadas siempre se cumple su voto siniestro.

El poder no te ha sido dado para la venganza. No te extravíes. El camino que sigues es la vía real, la vía del Absoluto, y no la vía tenebrosa.

Corta las eclosiones malsanas de tu pensamiento turbado. No pactes con el maligno. Rechaza los ensueños infernales y los pensamientos mórbidos.

Lo que buscas con ansia es el azufre de los filósofos, el azufre que ilumina cualquier cuerpo porque él mismo es luz y tintura. Siente miedo de encontrar en su lugar al Ashmedai que sedujo a Aischa.

Pero ya he hablado. No puedo, discípulo mío, revelarte la totalidad de los arcanos herméticos; basta con que te indique la vía que conduce a ellos. Con la ayuda de Dios serán tu voluntad y tu inteligencia las que coronarán la obra.



Lecturas recomendadas:

Espagiria alquímica, Rubellus Petrinus, Ed. Mirach.

El Evangelio de Cagliostro, Ed. Humanitas.

Los cinco libros o la llave del secreto de los secretos, Nicolás Valois, Ed. Índigo.

La santísima trinosofía, Conde de Saint Germain, Editorial Yug.

Alquimia, significado e imagen del mundo, Titus Burckhardt, Ed. Paidós.

El carro triunfal del antimonio, Basilio Valentín; Luis Cárcamo, Editor.

 

 



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