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EL BUSCADOR

 

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AGOSTO 2006

 

 

DIÁLOGO DE SORDOS

Palabra, obra y creación

Sostuve hace unos días esta charla con mi amiga Z. B. de C. (no es Zoila Baca del Corral, como insiste Rubras con su típica maledicencia), quien me pidió encarecidamente publicarla, lo cual cumplo por fidelidad a su fantasma.

Ricardo Ortiz



Z. B.: Durante cinco días Dios se dedicó a hablar y con su palabra creó todas las cosas que vemos, previo ordenamiento del escenario material donde desenvolverían todas esas cosas su existencia. Le bastaba con decir hágase la luz, hágase esto, hágase aquello, y aquello era.

R.O.F.: O sea que Dios se la pasó hablando...

–Todas esas cosas son justamente eso, cosas, y también animales, que no tienen el don del habla, que se sepa (aunque ese mismo Dios bíblico hizo hablar, según leemos en varios pasajes del Libro, a la zarza frente a Moisés, a la mula de Balam, etc). Sólo el hombre posee el maravilloso talento (se le acostumbra llamar facultad) del habla. Y lo que me llama la atención es que esa criatura que puede hablar no fue creada con un soplo de habla divino sino con trabajo manual.

– Más le habría valido que Dios siguiera hablando... porque muy buen escultor o de perdida artesano se ve que no era.

–Sabrá Él qué contraste habrá querido señalar Dios. Dos formas tan distintas de crear y dos creaturas con tan disímiles capacidades.

–¿Pero son tan distintas las formas en que hizo a unos y a otros?

–Bueno, llama la atención que al crear todas las demás cosas dijo: Hágase... y al crear al hombre dijo: Hagamos... “Y creó Dios el hombre...” El hombre, la humanidad, no fue, sino que Dios lo creó. Aquí no es el término amplio, metafórico y un tanto abstracto de crear, sino algo un poco más concreto. Después se dice: “Entonces Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo”, y hay una curiosa mención de un manantial, lo que haría de Dios un agricultor, y al hombre un producto de la tierra como lo son las plantas.

–Bonita idea, pero la imagen más tradicional es la de un alfarero.

–Sí, pero el segundo relato de la creación empieza con imágenes agrícolas, como ésta: “ninguna hierba del campo había germinado, pues Yahvéh no había hecho llover sobre la tierra ni había hombre que labrara el suelo, pero un manantial brotaba...”; y es ahí donde Dios crea al hombre del polvo y le insufla en las narices el aliento de vida.

–A mí eso me hace pensar en algo que me gusta mucho: que desde el principio la obra y la responsabilidad de la creación son de ambos: Dios plantó un jardín en Edén y al hombre lo tomó y lo dejó ahí para que lo labrase y cuidase. (Co-crear, como me enseña siempre mi esposa). T.H.K.

–O sea que el primer oficio del hombre, el santificado por Dios, es el de hacer producir a la tierra.

–Sí, y después vendría el de hacer producir a los animales, pero en estos dos oficios podríamos ver el enfrentamiento de dos culturas, de dos formas de ver el mundo, pues eran los de Caín y Abel, que ya sabes cómo acabaron. Y con la descendencia de Caín, ya condenado a vagar, aparecen los demás oficios: los que habitan en tiendas y crían ganado, cuantos tocan la cítara y la flauta, todos los forjadores de cobre y hierro.

–Pero volvamos a la capacidad del habla. Porque el segundo trabajo que Dios le encarga al hombre tiene que ver con el ejercicio de ese poder de la palabra: poner nombre a todos los animales, aves y ganados, a quienes el mismo Dios lleva delante de aquél para ver cómo los llamaba. Es grandioso que el hombre inicie su vida con esta tarea.

–Sí, ya recuerdo, así como Dios empezó a crear hablando, haciendo que con la palabra las cosas fueran.

–Y luego el hombre ejerce un poder en una tarea que aún no entiendo, porque no sé para qué necesitan nombre las cosas y los animales, ¿no les basta con ser?

–¿No nos basta a nosotros con que sean?

– Entonces, ¿qué fue primero: el acto o la palabra?

–Pues san Juan dice que en el principio era el verbo y que ese tal verbo era Dios y estaba con Dios.

– Pues pa’mí que Dios es su palabra.

– Y los profetas le tomaron la ídem, y algunos de esos molestos personajes reivindicaron para sí y para el género humano el uso de tan poderoso instrumento siempre inspirado por Dios.

–Los profetas y los poetas. Ya ves que la palabra poiesis significa creación.

–Sí, y en los relatos de la creación nota en este sentido las palabras espíritu, aliento, nariz, insuflar. Aliento es aire, el espíritu es aliento, que se mueve por la nariz y la boca, y todos éstos son necesarios para hablar. Lo que Dios le insufla al hombre es el habla, la palabra, y entonces, y sólo entonces, al poseer la palabra, el hombre resulta un ser viviente (Génesis 2; 7).

–Y obviamente aquí hablaremos del gólem, ese ser creado por un cabalista y al que es necesario soplarle, insuflarle, el nombre de Dios, pues de otra manera no vive.

–Pero el nombre de Dios es impronunciable, según la propia Cábala.

–Sí, pero al menos la Cábala conservó la importancia y valor de la palabra y del trabajo para desarrollar un lenguaje y para llegar al nombre de Dios.

–Y gran parte de la Cábala es una especulación sobre los nombres de Dios y su poder, que llegan hasta servir para traer a la tierra el alma de un muerto, operación que ya cae en el terreno de la magia, igual que la creación del gólem.

–Entonces el aliento de vida que Dios insufló en el hombre en los primeros tiempos no era otra cosa que Su nombre.

–Seguro, y ahora vemos la importancia de los nombres: Dios escondió en nombres el misterio del mundo y de sí mismo. La Cábala da 72 nombres de Dios relacionados con 72 formas santas y 72 formas en el árbol cósmico, en algunas corrientes de la Cábala los nombres sirven de ayuda a la concentración y la ascensión del alma. Y cuando Adán pone nombres a las cosas y animales está repitiendo el divino acto creador de la palabra y demuestra que posee el conocimiento divino.

–Ya veo por qué llaman algunos al hombre un pequeño dios.

–Y otros lo llaman una simple criatura mortal que lo más que puede es nombrar a las cosas y a su mundo.

–Lo cual no es poca cosa, si pensamos que nombrar es ordenar y dar sentido, aclarar y definir.

–También la tradición hindú de la relación gurú-discípulo conservó ese uso de la palabra llena de sentido para empujar al iniciando a la lucha contra el espíritu, que es lucha contra sí mismo, armado sólo de las vibraciones del mantra, la fórmula que conserva el poder original del sonido creador, que también encarna en las letras del sánscrito, un idioma sagrado como el hebreo.

–Ese poder consagrador de la palabra persiste tenuemente en algunas fórmulas, como la que dice “los declaro marido y mujer”, o “declaro inaugurado”, que nos recuerdan la necesidad de que sea la palabra la que dé legítimo nacimiento o estatus a algo, por lo menos a asuntos importantes. Por eso los ritos tienen el ingrediente principal de las fórmulas consagratorias, que los adeptos pueden pronunciar sólo cuando alcanzan cierto nivel de aprendizaje.

–O sea, cuando aprenden a hablar.

–Sí. Y el ser humano, habiendo recibido al ser creado el don del habla, nace sin saber hablar. Es algo que tenemos que aprender, quizá para destacar por contraste la necesidad de pasar por ese proceso, el de primero aprender a hablar y luego, como lo dice la frase común, aprender a hablar bien. Ya puedes ver que no se trata de simple corrección gramatical, sino de ejercer el poder creador y trascendente de la palabra, como decían los cabalistas, encontrar el nombre.

–Es que cuando coinciden palabra y cosa, acto y esencia, el misterio se revela.

–O como lo dijo Eichendorff en un lenguaje más romántico y poético y del que tú gustas tanto: “En todas las cosas que prosiguen su sueño eterno duerme un canto, y el universo se pone a cantar en el momento que tú encuentras la palabra mágica”.

–Amén.



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