Estrella llameante
Estrella llameante
Enrique Rojas
En el simbolismo el número cinco posee un importante papel cosmológico. En muchas tradiciones son cinco los elementos que conforman el mundo sensible. Así, entre los hindúes se habla de los cinco bhutas (literalmente surgidos, existentes, vivientes) o elementos densos (éter, aire, fuego, agua, tierra), entre los chinos de los cinco wu hsing (literalmente cinco pasadizos, fases, funciones) o elementos mundanos (agua, fuego, metal, madera, tierra) y en el cristianismo medieval de los cinco elementa (quintaesencia, aire, fuego, agua, tierra). Pero las correspondencias no paran ahí. Para hablar únicamente de la tradición hindú, la palabra pañcha (cinco),1 no sólo está presente en la cosmología sino en todas las ciencias, artes y técnicas derivadas de ella como la astrología (pañchadasha, el quinceavo día de la quincena lunar; pañchanga, calendario o almanaque), el ayurveda o medicina (pañchakarman, los cinco tipos de tratamiento; pañchagni, los cinco fuegos del cuerpo humano; pañchaprana, los cinco aires vitales), la dietética (pañchakola, las cinco especias; pañchatikta, las cinco cosas amargas), la psicología (pañchaklesha, los cinco tipos de dolor; pañchaindriya, los cinco órganos de los sentidos), la ritualística (pañchagavya, los cinco productos de la vaca usados en el ritual védico; pañchatirthi, los cinco principales lugares de peregrinación; pañchama-kara, los cinco componentes del ritual tántrico) y la política (pañchavarga, los cinco tipos de espías). También interviene en los nombres de algunas deidades, especialmente de Shiva, como Pañchamukha, El de los cinco rostros (figura 1) y Pañchamantra-tanu, Aquel cuyo cuerpo consta de cinco mantras. El número cinco se relaciona además con Budha o Mercurio (ver Ravi Chandra, Numerología hindú, Yug), por lo que no es de extrañar que un epíteto de este planeta sea Pañcharchis, El que tiene cinco rayos (figura 2).
Shiva con cinco rostros
Figura 1
Budha o Mercurio
Figura 2
Para un observador atento la naturaleza obedece a un patrón en base cinco, evidente en cada ser considerado como un todo y en sus miembros o partes. Los seres humanos tenemos cinco miembros (cabeza, brazos y piernas) y nuestras manos y pies están dotados cada uno con cinco dedos. Las plantas poseen cinco partes (raíz, tronco, hoja, flor y fruto), los nudos de los árboles leñosos como el roble conforman los vértices de un pentágono, algunas frutas como la de la pasión tienen una forma de estrella de cinco puntas y si cortamos otras (manzana, plátano) de manera radial descubriremos que las semillas están dispuestas como un pentágono. El mundo mineral no está exento de ello pues los cristales de pirita siguen un patrón pentagonal (figura 3).
Figura 3
El papel destacado del número cinco en la cosmología explica la importancia del pentágono y de la estrella de cinco puntas como símbolos. La estrella de cinco puntas (figura 4) es un símbolo de Shiva y sus cinco rostros o aspectos (productor, conservador, destructor, ocultador y dador de gracia), por lo que es un elemento importante en muchos de los yantras mágicos (figura 5). También era el símbolo que identificaba a la escuela de los pitagóricos, quienes le llamaron pentagrama (en griego “cinco letras”) y le atribuían un carácter terapéutico. Los pitagóricos descubrieron una proporción misteriosa presente en dicha figura: la relación entre la distancia que separa dos puntas y la punta opuesta o diagonal es 1.618033, conocida como número áureo, razón áurea, áurea medida o divina proporción (figura 6). Muchos suponen que este conocimiento lo heredaron de Egipto, a fin de cuentas, según Diógenes Laercio, Pitágoras estudió con los sacerdotes egipcios. Quienes son de esta opinión afirman que la Gran Pirámide fue construida de acuerdo con el número áureo, pues si se divide la distancia que hay desde la base de una cara hasta el vértice superior por la altura, se obtiene 1.6. Sin embargo, el papiro Rhind (hacia 1650 a.C.), uno de los textos sobre matemáticas más antiguos que se conservan, aunque habla de la construcción de las pirámides no menciona el número áureo.
Figura 4
Figura 5
Si bien no es fácil convencer a los historiadores de que los egipcios conocieron y utilizaron el número áureo, no pueden negar que fue ampliamente usado por los arquitectos griegos. Tan es así que el signo que representa la áurea proporción para los matemáticos modernos es la letra griega fi (Φ), inicial de Fidias (490-431 a.C.), el arquitecto y escultor ateniense que intervino en la construcción del Partenón, templo dedicado a Atenea que sigue en todas sus partes la proporción áurea.
En la edad media se usaron las dos orientaciones posibles de la estrella de cinco puntas, a la derecha o con la punta dirigida hacia arriba como el rosetón septentrional de la iglesia de Saint-Ouen en Ruán y a la inversa o con la punta dirigida hacia abajo como el rosetón septentrional de la catedral de Amiens. Parece que fue por esa época cuando se consideró que cuando está invertida tiene una connotación maléfica porque recuerda la cabeza de un macho cabrío, otro símbolo que tiene dos connotaciones, dado que puede representar tanto a Cristo como a Satán (ver L. Charbonneau-Lassay, El bestiario de Cristo, vol. I, Olañeta). Luca Pacioli, monje del siglo XV, llamó al número áureo “divina proporción” y dijo que tenía una estrecha correspondencia con la Trinidad. Para Agrippa (Filosofía oculta, Kier), la estrella de cinco puntas simboliza al hombre, pues con las piernas y brazos separados forma un pentagrama, a propósito de lo cual su obra escrita en 1510 y publicada 23 años después contiene un famoso grabado que ilustra esta idea (figura 7).
La figura de Agrippa nos hace evocar inmediatamente otro famoso dibujo de un hombre con los brazos y las piernas abiertas. Elaborado por Leonardo de Vinci y conocido como El hombre de Vitrubio, este dibujo de 1487 (figura 8) se basa en la siguiente descripción del arquitecto Marcus Vitrubius Pollio: “En el cuerpo humano, la parte central es el ombligo. Pues si un hombre se acuesta boca arriba, con los brazos y las piernas extendidas, y se centran un par de compases en el ombligo, los dedos de las manos y los pies tocarán la circunferencia descrita a partir de este centro. Y también puede inscribirse en una figura cuadrada”. Hablar del simbolismo del cuadrado (cuerpo, sustancia) y el círculo (espíritu, esencia), de la relación que el hermetismo establece entre ambos (cuadratura del círculo) y de los instrumentos que permiten trazarlos (escuadra y compás), está más allá de los alcances de este artículo. Solamente diremos que Leonardo conocía la traducción latina del Corpus Hermeticum y que en El hombre de Vitrubio aparece nuevamente el número áureo, una de las principales materias de estudio de Leonardo: si dividimos el lado del cuadrado (altura del ser humano) por el radio de la circunferencia (distancia del ombligo a la punta de los dedos), obtenemos la razón áurea. El afán de Leonardo por estudiar este patrón en la naturaleza también se extendió a las copas de los árboles con relación a sus troncos y ramas. Lo aplicó además en sus obras pictóricas como la “Mona Lisa”, cuyo rostro contiene las medidas ideales según la divina proporción. Incluso algunos expertos piensan que Leonardo fue quien bautizó como “número áureo” a dicha medida.
Uno de los primeros autores en dar una noción sintética de la estrella de cinco puntas fue Eliphas Levi, quien le dedica un capítulo de su obra Dogma y ritual de la alta magia. Para este mago francés del siglo XIX el pentagrama es el signo del microcosmo, representa lo que los cabalistas llaman microposupus en el Zohar, su comprensión completa es la clave de los dos mundos, expresa el dominio de la mente sobre los elementos y es la Estrella de los Magos, la estrella llameante, el signo de la omnipotencia intelectual y la autocracia.
El pentagrama o al menos una variación del mismo, es un símbolo privilegiado dentro de la masonería contemporánea. Cuando una estrella de cinco puntas se rodea de rayos y lleva una letra G en el centro es llamada estrella llameante (figura 9), símbolo adoptado en 1737 según Oswald Wirth (El libro del compañero, Editorial Herbasa). Se considera una de las claves del número áureo y pertenece a la simbología del segundo grado, el de compañero. Los rayos dejan ver su carácter solar y la letra G ha recibido diversas explicaciones, pero la más plausible es la anotada por René Guénon (Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Editorial Paidós) en el sentido que la masonería inglesa, país donde surgió en 1717 la masonería especulativa, la adoptó porque es la inicial de la palabra God o Dios, la cual fue elegida debido a su relación fonética con la letra hebrea iod (), símbolo de la unicidad divina. La forma de esta última se relaciona con la de la letra griega gamma (Γ), que no solamente es un reflejo de iod sino además recuerda una escuadra, importante símbolo de la masonería operativa y que al repetirse radialmente cuatro veces da como resultado la svástica o cruz gamada, un símbolo universal (se le encuentra desde el Lejano Oriente pasando por la Europa prehistórica hasta las culturas mesoamericanas) que representa el polo. Cuando los masones ingleses adoptaron la palabra God, nos dice Guénon, la consideraron un acróstico de las palabras hebreas gamal (Belleza), oz (Fuerza) y dabar (Sabiduría), los tres atributos divinos. Cita también un antiguo catecismo masónico perteneciente al grado de compañero donde a la pregunta sobre lo que significa la G, se responde que a la geometría, la quinta de las siete ciencias medievales. Por otra parte, en dicho grado, cuyo carácter es pitagórico, Dios es llamado El Gran Geómetra del universo.
Arthur Edward Waite (A New Encyclopaedia of Fremasonry) señala que el pentagrama y la estrella llameante son confundidos frecuentemente. El pentagrama o pentalfa (llamado así porque cada punta figura una A), escribe Waite, “es un símbolo de la cristificación, el Espíritu de Dios gobernando las cuatro partes de nuestra personalidad natural. Por lo tanto no es “omnipotencia intelectual” [como quería E. Levi] sino la soberanía y el poder suprasoberano de la Gracia de Dios en el alma: este es un papel teocrático y por lo tanto la antítesis de la autocracia”. La estrella llameante, continúa Waite, es una variante masónica del pentagrama que representa la Estrella de los Magos, la Gloria de la Presencia divina, la Divina Providencia, la Belleza, la Luz de Dios que dirige hacia el Camino de la Verdad, el signo de un verdadero masón, un emblema del sagrado Nombre de Dios y por ende de Dios mismo, el sol como la gran luminaria de la naturaleza, la estrella de Anubis o estrella-perro y, por último, la naturaleza como espíritu volátil animado por el Espíritu universal. Agrega que los rayos generalmente se han abandonado en las figuraciones modernas de la estrella llameante.
Una curiosa relación entre el número áureo, la botánica, la masonería, el pentagrama y la Estrella de los Magos que anuncia el nacimiento del Niño-Dios se dio en nuestro país en el siglo XIX. En un artículo relativamente reciente de la revista publicada por la línea aérea Lufthansa, un matemático alemán dice que el encanto de las flores de nochebuena (figura 10), se basa en que la mayoría de ellas forma una estrella de cinco puntas por lo que repite el patrón del pentagrama y contiene el número áureo. En inglés estas flores son llamadas poinsettias en honor de Joel R. Poinsett, el primer embajador estadunidense en México. En la historiografía nacional Poinsett es un personaje oscuro y malévolo, pero en la de su patria es un personaje de primer orden. Joel Roberts Poinsett nació en Charleston, Carolina del Sur en 1779. Su padre, médico y terrateniente, le proporcionó una excelente educación que le permitió dominar francés, español, italiano, alemán y ruso, lenguas que aprovecharía después en su carrera diplomática. En 1797 estudió medicina en Edimburgo, carrera que abandonaría para entrar en la Real Academia Militar pero, persuadido por su padre, estudiaría un año de leyes. En 1801 comenzó sus viajes por Europa y gracias a la riqueza de su familia frecuentó a reyes, ministros y financieros e incluso conoció a Napoleón. En Rusia llegó a ser amigo y asesor del zar Alejandro I y sus conocimientos de agronomía y horticultura le permitieron hacer sugerencias para mejorar la agricultura rusa. En 1810 es nombrado agente de marina y comercio en Suramérica. Como Napoleón había invadido España, muchos gobiernos virreinales iniciaron movimientos independentistas y abrieron su país al comercio. Inglaterra, en busca de mercados y colonias, apoyaba esos gobiernos y Poinsett fue enviado a Buenos Aires para combatir la influencia inglesa entre los insurgentes. Poco después fue nombrado cónsul general para Argentina, Chile y Perú e incluso participó activamente en algunas acciones militares independentistas.
De vuelta en su ciudad natal fue elegido dos veces para la legislatura de Carolina del Sur, tiempo en que limitó la importación de esclavos a dicho estado, lo que le convirtió en enemigo de la facción esclavista. En esa época inició una brillante carrera masónica llegando a ser Supremo Gran Sacerdote del Gran Capítulo de Carolina del Sur de 1821 a 1841. En 1821 fue encargado de los asuntos exteriores de la Cámara de Representantes y en 1825 se le designó embajador en México. Ya en 1822 había sido enviado a nuestro país en una misión semioficial por el presidente Monroe. Como México había alcanzado la independencia un año antes, su misión era determinar si Estados Unidos debía reconocer el nuevo país. Poinsett reportó que si bien Iturbide gobernaba como emperador, el pueblo deseaba una república con una constitución liberal.
Algunos historiadores dicen que Poinsett trajo a México el rito yorkino2 y otros que ya existían cinco logias de dicho rito en nuestro país y él solamente lo revitalizó. Lo cierto es que unos cuantos meses después de su llegada existían 82 logias yorkinas. En ellas se alojaron los liberales, que comandados por el general Vicente Guerrero, su Gran Maestro, se enfrentaron contra sus hermanos masónicos, concretamente contra las logias escocesas, de carácter conservador, comandadas por el general Nicolás Bravo, su Gran Maestro y vicepresidente de la joven república. Los yorkinos vencieron militarmente a los escoceses y luego en las urnas, pues en las elecciones de 1828 obtuvieron la presidencia. Sin embargo Manuel Gómez Pedraza, el presidente legalmente electo y yorkino moderado, fue forzado a abandonar el país mientras Vicente Guerrero, yorkino radical, se convirtió en presidente gracias al apoyo de Poinsett y otros importantes líderes yorkinos. La participación de Poinsett en las luchas fraticidas entre masones de uno y otro bando le ganaron severas críticas en México y los Estados Unidos. De ahí que en su discurso de instalación como Delegado General Supremo Gran Sacerdote de los masones del Real Arco, en abril de 1830, defendiera sus acciones con estas palabras: “Muchas veces he sido injustamente acusado de extender nuestra orden y nuestras directrices en el país vecino con vistas a convertirla en una maquinaria de influencia política. En presencia de esta asamblea y sobre los símbolos de nuestra orden que me rodean y el libro sagrado que está abierto frente a mí, declaro firmemente que esta acusación es falsa e infundada y si la masonería en cualquier lugar ha sido llevada hacia algún propósito diferente por los cuales fue instituida, de ninguna manera he contribuido a la perversión de sus principios”.
Entre 1837 y 1841 Poinsett ocupó el cargo de Secretario de Guerra. Como tal enfrentó diversos problemas como las relaciones con la naciente república de Texas, la posible guerra con México y el traslado de 60 mil pieles rojas más allá del río Misisipí. El año de su nombramiento el ejército estadunidense sumaba menos de ocho mil hombres y estaba desorganizado y sin entrenamiento. Un año después Poinsett aumentó su número a 12 500 hombres, introdujo nuevas armas de artillería y creó una fuerza móvil organizada a la manera europea. Gracias a ello Estados Unidos ganó la guerra de 1848 contra México.
A pesar de su intensa labor política, Poinsett había mantenido su interés en las ciencias y artes. Cuando fungía como embajador en nuestro país conoció la flor de nochebuena en Taxco. Los pétalos de esta planta, llamada en náhuatl cuetlaxóchitl, habían sido usados por los aztecas como colorante en textiles y cosméticos, y su látex para bajar la fiebre. Fascinado por su color y la armonía de su forma, Poinsett la introdujo en Estados Unidos, por lo que dicha planta fue nombrada Poinsettia pulcherrima en su honor.
Su mayor contribución fue la fundación del Instituto Nacional de Promoción de la Ciencia. James Smithson, hijo ilegítimo de un lord inglés que había sido excluido por la aristocracia británica, decidió fundar una institución en Estados Unidos “para la difusión del conocimiento entre los hombres”. Poinsett lo presentó con algunos de los hombres más ilustres de ese país y con la donación de Smithson, organizó uno de los más importantes centros de enseñanza en el mundo actual, el Instituto Smithsoniano. Poinsett fue su primer presidente y así, de 1841 a 1845, asumió el liderazgo educativo de su nación.
El 12 de diciembre de 1851, poco después de conducir al partido unionista a la victoria frente los secesionistas en su estado natal, Joel Roberts Poinsett murió de tuberculosis, precipitado por un ataque de neumonía, y fue enterrado en el cementerio de la iglesia episcopal de la Santa Cruz en Stateburg, Carolina del Sur. ¿Héroe o villano? Quizá en su agonía se veía a sí mismo en pie y a la orden, en medio de las dos columnas de su madre logia, sobre los cuadros blancos y negros, mirando hacia el Oriente frente al Gran Geómetra que lo juzgaría de acuerdo con la divina proporción.
1 Se deriva probablemente de la raíz pach, que significa arrojado con la mano y sus cinco dedos, y está cognada (relacionada lingüísticamente) con el griego pente, el latín quinque, el germánico fünf y el inglés five. A su vez del latín se deriva nuestra palabra cinco.
2 El rito yorkino, también llamado rito americano, es la rama principal de la masonería en Estados Unidos, junto con el rito escocés antiguo y aceptado. Su nombre deriva de la ciudad de York donde, según una leyenda masónica, las primeras reuniones de masones tuvieron lugar en Inglaterra. En realidad se trata de un grupo de ritos independientes cobijados bajo un solo nombre, como el rito capitular o masonería del Real Arco, el rito críptico o masonería Críptica y el rito caballeresco o Caballeros Templarios, éste último inspirado lejanamente en la orden medieval del mismo nombre.
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Dodecaedro pentagonal del cristal de pirita
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Estrella de cinco puntas
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Yantra de Raja-matangi (fig. 18 de Ramachandra Rao, Yantras, Sirio)
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Número áureo en estrella de cinco puntas
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Hombre y pentagrama de Agrippa (fig. superior p. 536 de Alquimia y mística)
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El hombre de Vitrubio (fig. p. 21 de Alquimia y mística)
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Estrella llameante
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Flor de nochebuena
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