La transformación del hombre, sal de la tierra
Maurice Nicoll
LA TRANSFORMACIÓN DE LA VIDA

El universo no es únicamente eso que nos muestran los sentidos, no únicamente la escena exterior. En realidad, jamás es sólo la escena exterior, sino que siempre constituye la combinación de uno mismo con ella. No es la mera percepción de los sentidos, de este duro mundo de la tierra, de aquel distante punto de luz en el espacio, sino la percepción de ideas, la captación de verdades, el darse cuenta de significados, ver las cosas más familiares bajo una nueva luz, intuir su esencia, experimentar sufrimiento y regocijo. Se nos da como pan del cielo y como hecho terrenal. En su escala más grande yace más allá del dominio de los sentidos y se le puede discernir tan sólo interiormente, por medio de la comprensión. Puede, de pronto, abrirse en el corazón o en la mente un reino de experiencia que no corresponde al mundo exterior, pero que puede interpretarlo. Entonces nos baña la luz de la comprensión. Luz sin violencia, experiencia pura, luminosidad sin sombra en la que se desvanece la dureza del propio ser. Y vemos con la autoridad que nos da el significado, palpamos, pero sin aquel sentido de separación que el contacto físico nos da inevitablemente. Sentimos en profundidad sin hablar con nosotros mismos, libres del espejo de la personalidad superficial. Cada experiencia de esa luz nos crea profundamente. Es luz creadora que transforma el significado de todas las cosas y que el hombre ha buscado desde el comienzo del tiempo. Luz que a nadie puede hacer violencia, significado que nos muestra lo que siempre hemos sabido, pero que jamás hemos tenido la fuerza de recordarlo. No sólo nos sentimos creados por cada experiencia de esa luz, sino que decimos que ella es lo que hemos buscado siempre: este significado, esta realidad, esta dicha mal interpretada al buscarla en mil direcciones físicas e inútiles. Esto es lo que todos deseamos y que la luz externa del mundo pretende ofrecernos, pero que jamás da. La unión que se percibe es, en verdad, unión, la idea oculta tras nuestras extrañas vidas de búsqueda, de nuestras vidas incompletas.
¿Cómo se obtiene esta luz? ¿Cómo lograr esa unión con el significado? ¿A través de qué brilla? ¿Dónde hemos de hundir el bisturí para abrirle paso? Siempre se ha hablado de ella. Para hallarla, el hombre ha de diseccionarse, lejos de sí mismo. Tal es, en resumen, la sustancia de cuanta enseñanza trata acerca de ella. Y el hombre no podrá hacerlo, a menos que comience a verse directamente como un nuevo acontecimiento, como el suceso diario de sí mismo; sin analizarse, sin criticarse, ni como motivo de parloteo. Esta calidad de conciencia que conduce a la región por la que se recibe el significado, no es la conciencia que de ordinario tenemos. Muchas son las cosas que nos entorpecen el camino. Primero, la fuerza de la imaginación: imaginamos que ya la tenemos. La imaginación es el material psíquico con que puede fabricarse cualquier sustituto de la realidad, es la fuerza más poderosa de la vida. Luego, hemos de practicar constantemente el proceso en que la conciencia se usa como bisturí de disección, y eso requiere un esfuerzo que no se precisa para la vida en el mundo. Por eso olvidamos con facilidad y no mantenemos vivo lo comenzado; pero, antes de que semejante cosa nos sea posible, es preciso que se sienta la realidad de un aspecto interno del universo y que se sepa que este aspecto se capta sólo con los sentidos internos. Es preciso darse cuenta de que uno vive volcado hacia fuera, en un mundo de efectos cuyas causas ocultas conducen a misterios más allá de la capacidad humana de solucionarlos. También se ha de dar cuenta el hombre de que lleva en sí mismo estados que le son desconocidos. Cuando vive bajo el dominio de los sentidos, el hombre está al revés: piensa que el sentido precede a la mente. Y entonces nada de lo interior puede pertenecerle porque ha invertido el orden natural. En última instancia, tratará con todo por medio de la violencia. Pues si se toma el objeto sensorio como la ultérrima y suprema realidad, se le puede aplastar, dañar, violar o matar. Por este motivo es que, psicológicamente, el materialismo es cosa tan peligrosa. No sólo cierra la mentey su posible don de desarrollo, sino que todo lo da vuelta al revés, al extremo de que explica la casa por los ladrillos, el universo por sus átomos y su contenido, con una serie de explicaciones de bajísima calidad.
El propósito de toda “iglesia” ha sido siempre la salvación del hombre. En sí mismo el hombre es la iglesia que se comunica con lo de arriba y lo de abajo. Tiene un aspecto interno y uno externo. Las grandes catedrales no son sino representaciones del hombre, bellas a medias y no acabadas.
¡Considerad el conocimiento que las construyó en tiempos oscuros, violentos, llenos de superstición, el tremendo esfuerzo, la firme intención! Siempre ha existido algo que se mantuvo vivo y que pasó de generación a generación, de iglesia a iglesia, de religión a religión. Y esto es una idea acerca del hombre, acerca de cada hombre, una idea acerca de nosotros mismos. Se la expresó asemejando al hombre a una semilla que no puede crecer sólo por medio de la luz natural, que no puede crecer tan sólo por medio de los sentidos. Y la salvación del hombre, en que se ha insistido siempre como una necesidad para la salud del mundo entero, es el crecimiento de esta semilla; pero no puede crecer mediante la influencia de una mente que se halla del todo gobernada por los sentidos. Y así nos hallamos de nuevo ante el peligro del materialismo con relación al bienestar de la humanidad entera. Si hay una categoría superior en el hombre, no serán las ideas ni las costumbres de una categoría inferior las que lo eleven. Tiene, ante todo, que aceptar la existencia de esta categoría superior e imitarla. De tal modo podría hallar, esparcidos entre documentos históricos, trozos de cierta literatura que trata de los medios de alcanzar dicha condición superior. Y las ideas de esta literatura no serán del mismo orden de las que pertenecen al nivel inferior o físico.
Nada es cierto hasta que se haya asimiliado. La verdad sólo puede ser una experiencia propia. No se la encuentra en los libros. Hay un proceso muy íntimo de semi-pensar y de semi-imaginar. En parte, es algo así como conversar consigo mismo, en parte es el propio ser, en parte es verse y en parte escucharse con los nuevos significados que penetran. Es algo a medias activo y a medias pasivo; y también algo que es puramente uno mismo, ni activo ni pasivo.
Rara vez podemos mantenernos invariables en pos de nuestro pensamiento. Nos lo impide el tráfico de la mente. No conseguimos unir de un modo individual una cosa a otra ni vemos por cuenta propia la verdad de cosa alguna. El desborde de las asociaciones, el continuo reaccionar a la vida, todo resulta muy poderoso. Pocos son los que pueden decir que hayan construido gran cosa interiormente. No hemos re-creado el mundo, no lo hemos vuelto a representar; lo hemos dejado en la forma de una confusa imagen sensoria.
Si nos observamos en el acto de leer, notaremos que son tres las personas participantes. El lector, el que interiormente escucha y un juez. Cuando leemos tenemos presentes estas tres personas. La que escucha no puede oir lo que dicen los de fuera; escucha al lector y toma nota de lo que el juez dice. Para poder re-crear el mundo, es decir, para crear el mundo en uno mismo, para darle un significado, una forma, una interpretación, orden y trascendencia, ha de aprender el oyente, la persona que escucha. Uno toma las propias ideas, sentimientos, el propio poder de la imaginación, y con ellos trabaja interiormente. Y se da cuenta de que, sea lo que fuere lo que otros saben o han dicho, escrito o hecho, en uno mismo no ha ocurrido nada de un valor efectivo. No ha habido una asimilación personal de la verdad; no se la ha descubierto íntimamente; no ha habido una creación en sí. Si nuestra vida emotiva fuese un poco más despierta, la unificación del pensamiento y la emoción alimentaría esta parte más real y profunda de nosotros y sentiríamos la felicidad que proviene de la conjugación del significado y la vida.
Nuestra conducta sería muy distinta. Veríamos las cosas con mayor infinidad de diferencias. Estas diferencias no podemos captarlas en tanto recibamos todo de una manera habitual. La vida no nos nutre porque la vemos habitualmente, por medio de unos cuantos hábitos de pensamiento. Nos limitamos a reconocer, y a muy poco más. Y es esto a lo que llamamos saber; a veces hasta lo llamamos la verdad.
No cabe duda de que poseemos poderes de percepción muchísimo más finos que los que ordinariamente empleamos. A veces hasta nos damos cuenta de tenerlos. Y si tratásemos de definir el posible significado del propio desarrollo, podríamos decir que consiste en una recepción harto más consciente de la vida diaria mediante el empleo de esos poderes; una percepción mucho más fina y cuyo sentido es tanto interno como externo. Esto significaría hacerse a un ladode los hábitos de la mente y de los sentimientos por medio de un continuo reconocimiento. Es decir, segregarnos de nosotros mismos. Tales como son los hechos, dejamos quenuestras vidas no pasen de ser una repetición monótona de todo. Y no vemos la causa de esto en nosotros mismos, sino en las circunstancias externas.
No se puede compartir el ser consciente. Vuestra conciencia es vuestra, la mía es mía. Y puesto que la conciencia no puede compartirse, la dirección de la propia vida debería encaminarnos totalmente a experimentar todas las cosas por sí mismo, a ser conscientes de sí ante sí, a ver por sí mismo y a poder obrar por sí mismo. Ésta es la única forma en que se puede crear algo en sí mismo; una vez creado, es propio, permanente y real. Entonces todo es fresco, nuevo, virgen e inmaculado. No lo han tocado otros exploradores.
Toda persona se encuentra en cierto estadio o etapade pensamiento y sentimiento. Es imposible tomar la verdad de prestado a fin de adelantar y hacerse de significado. El que a uno le digan dogmáticamente lo que es la verdad es como aceptar una verdad populachera. La verdad sólo puede ser una experiencia propia según el grado de desarrollo propio. Nadie puede saborear una manzana en lugar de uno, y una descripción de su sabor es asunto harto inútil. Del mismo modo, en todo lo que realmente tiene importancia, nadie puede ayudar a nadie; sólo puede ayudarnos nuestra propia capacidad para ver la verdad de cualquier cosa. Pero es justamente éste el poder del que tratamos de deshacernos con la esperanza de hallar algo más fácil. Si pudiésemos penetrar a la necesaria profundidad de nosotros mismos, si pudiésemos alejarnos de nuestras reacciones habituales, sabríamos qué hacer en cualquier situación o problema, pues haríamos luz sobre un significado completamente nuevo. Veríamos la situación transformada.
El primer acto voluntario para marchar hacia la intimidad del espíritu es laafirmación. Ésta es una voluntad a mantenerse durante toda la vida. Sólo mediante este acto todo lo externo y muerto se conecta con lo íntimo y lo vivo. De todos los actos psicológicos, es el más importante. Constituye no solamente el paso preliminar, sino que ha de renovarse constantemente. Por medio de esta afirmación empieza la psicología en su más profundo sentido, como ciencia de la evolución personal. Aunque muy distante, su finalidad es la unidad de uno mismo. El hombre se va uniendo gradualmente a sí mismo a través de sí mismo.Y no con lo que la casualidad hizo de él ni con lo que cree ser. Pero la afirmación no ocurre por medio de la disputa sino del entendimiento. La negación conduce siempre a una destitución interna y, por lo mismo a una superfluidad cada vez mayor, a la impaciencia, a la pérdida del significado y a la violencia. Siempre se puede negar. ¿Habrá algo más fácil? Siempre podemos seguir el camino de la negación al esquivar todos los actos del entendimiento, calificándolos de sentimentalismos o considerándolos carentes de valor científico o comercial.
Sin embargo, sabemos mucho más de lo que discutimos, sabemos más de lo que creemos saber, pero en el momento en que se comienza a recorrer el camino de la negación con malicia, como muchos lo hacen en estos tiempos, se encuentran por doquier las pruebas y la corroboración necesarias para negar. ¡Considerad el efecto que en este sentido produce la sospecha! El resultado es una mentira, y lo sabemos muy bien.
Los efectos psicológicos de la afirmación van en sentido completamente opuesto. Para creer es preciso afirmar. Como finalidad en sí, la negación es violenta, coercitiva, destructiva. No puede forzarse ese lado oculto que todos llevamos dentro, aunque lo sentimos únicamente a medias. Por eso los sentido no nos proporcionan una prueba clara, una afirmación inequívoca, una inteligencia o un significado tras de las cosas o por sobre ellas.
Una prueba sensorial, clara e indiscutible sería coercionarnos en la mente, sería obligar a la mente, forzarla. Esto sucedería en el caso digamos de un Dios visible en el cielo. Cuando brota de la propia comprensión el convencimiento de que tiene que haber algo, las reflexiones íntimas no fuerzan a nadie. Todo ello abre la mente en un sentido de vital importancia. El aspecto de la vida visible puede arrastrarnos a sus profundidades con todos sus horrores, injusticia y sufrimiento. Si tomamos la vida sólo por los sentidos, tal cual la vemos, no podrá conducirnos a parte alguna. Pero esto bien puede ser parte de la trama de la comedia.
Por nacimiento, el hombre lleva en sí algo superior a los sentidos y a sus derivados. La evolución mecánica no puede explicar el aspecto que el hombre no usa o que usa muy raras veces. Y si la trama de la comedia es el desarrollo en el campo de la conciencia, si cada ser humano constituye un caso único de desarrollo latente con el empleo de poderes que le son inherentes (y que siempre le son particulares), entonces jamás podría esperarse que la vida, tal cual la vemos y se nos da, fuera de tal naturaleza que no produjese en el hombre un hondo problema y una lucha de toda la existencia. Antes cabría esperar que lo contradijera. El desarrollo ha de significar esfuerzo. Y si la vida fuese toda dulzura y belleza, carente de dolor y de miseria, no habría en ella nada que incitase a una creación propia; no habría lucha en virtud de la cual pudiésemos llegar a reconocer los ingredientes más finos que poseemos, ni los separaríamos de los groseros. Poco a poco vamos aprendiendo que en toda situación lo fino y lo grosero van mezclados. Tenemos en nuestra constitución física instrumentos nerviosos de fino ajuste que rechazan los malos alimentos; también poseemos una máquina digestiva que asimila lo fino y elimina lo grosero, pero en el reino de la vivencia íntima no contamos con una máquina correspondiente. Precisamos crearla; y al crearla ella nos crea a nosotros. Este es el motivo de que en cada época precisemos una enseñanza de un tipo especial. Por ejemplo, ¿cuál puede ser el íntimo sentido de las parábolas del Evangelio sino una indicación de cómo crear tal máquina selectiva para, de este modo, llegar a ser hombres?
He ahí, en los Evangelios, un método para crearse a sí mismo cuando se entienden las ideas y se las aplica. Puede decirse que sólo entonces el hombre empieza a existir. Comienza a existir cuando, de pronto, se da cuenta de lo que significa vivir conscientemente. Deja de ser una criatura a quien las circunstancias llevan de acá para allá, ya no la arrastra la última moda ni la más reciente sensación del día. Ya no es tan esclavode aquella terrible maquinaria de la vida en la que todos dan vueltas y más vueltas. Ya no piensa en términos de una vida que es el engendro de los sentidos. Llevaotro sistema dentro de sí. Y por medio de este sistema encuentra una nueva relación hacia todo lo que experimenta. Comienzan a penetrarle ideas diferentes de las que adquirió en la vida bruta. Y éstas son las ideas que le despiertan la mente. Al escucharlas, su significado despliega grado a grado su entendimiento. Pone en movimiento la primera etapa de un desarrollo de todo su ser. Y cuando conversa en lo íntimo consigo mismo, hablará de una nueva manera. El oyente interior lo oirá y comenzará a despabilarse.
Los hechos de la vida no nos penetran hondamente. Siempre desvían al oyente, pero hay ciertas ideas que pueden penetrar a profundidades no conocidas y allí agitan energías que jamás habíamos experimentado.
SAL DE LA TIERRA
Muchas palabras se emplean en el Evangelio en un sentido especial. No podemos suponer que la enseñanza que imparte el Evangelio no sea sino una enseñanza especial. Una cosa es muy evidente: la enseñanza del Evangelio no trata de los propósitos de la vida ordinaria. Al impartirla, Cristo no trató acerca de cómo llegar a tener buen éxito político, comercial, en las leyes o en la medicina. Se refirió siempre a una idea especial, a una idea relacionada con el reino de los cielos. Trató acerca de la manera como el hombre puede tener un renacimiento, una evolución interior o transformación. Y puesto que habló acerca de una idea especial en cuanto al hombre en la Tierra, empleó muchas palabras enun sentido especial. Las empleó de un modo técnico, de la misma manera que un químico, por ejemplo, cuando trata acerca de las posibles combinaciones y transformaciones de los átomos elementales en un sinnúmero de sustancias, habla un lenguaje técnico que no podría entender quien nada supiera de química orgánica. La química orgánica es la ciencia que trata de la transformación de una sustancia en otra, y que en su forma primitiva fue la alquimia. La alquimia partió de la idea de la transformación.
En cambio, en el caso de su enseñanza, el tema de Cristo fue la forma más elevada de química orgánica: la posible transformación del hombre en un nuevo hombre. Los Evangelios consideran al hombre como un material que se ha de utilizar en un paso más hacia la evolución interior. Lo consideran un experimento de la propia evolución. Se lo explica, en suma, como una semilla sembrada en la tierra para el reino de los cielos; y el reino de los cielos representa un nivel de desarrollo interno y latente en el hombre. Se siembra al hombre en la tierra como material para que evolucione por sí mismo en cuanto toma contacto con una siembra mayor llamada “el Verbo del reino”. Desde el punto de vista de la enseñanza cristiana, el hombre en la tierra es un ser incompleto, inacabado, sin perfeccionar. Y su significado más profundo estriba en el hecho de que siendo incompleto es, sin embargo, un ser capaz de completarse internamente por medio de un nuevo entendimiento y una nueva voluntad. No puede el hombre alcanzar esta mayor o nueva etapa de sí mismo por una compulsión externa. No la puede producir ninguna regla, ninguna ordenanza, ningún mandamiento obligatorio, ningún férreo ritual, ninguna coerción exterior. Completarse, evolucionar por sí mismo, renacer, todo esto es el cumplimiento del hombre; y sólo puede producirlo a través de sí mísmo, por su propia visión, comprensión y deseo de verdad, y por la aplicación a ella de su propia voluntad. Esta es la idea suprema del hombre en la tierra, la idea que enseñó Cristo. Como semilla del reino sembrada en la tierra, el hombre puede, naturalmente, permanecer siendo semilla, una criatura terrenal. O puede evolucionar, o no, con sólo escuchar una enseñanza similar a la impartida por Cristo, llevado por su propia visión interior, su propio pensamiento y captación íntima. Nadie puede fabricarle su propia evolución. No hay exhortación, restricción, castigo, ley o cualquier otra forma de compulsión externa capazde hacerlo evolucionar en y desde sí mismo. Es cuestión propia, asunto de una propia e íntima elección, de una comprensión honda e individual. O comienza uno a ver las cosas por sí mismo, a comprender por sí mismo, o no. Se lo deja en libertad por así decirlo, para que decida en sí, se lo deja en libertad de servir a la vida o de servir al reino de los cielos.
La gente suele preguntar por qué razón, si lo que Cristo enseñó es la verdad, no se obliga a la gente a que sea mejor, por qué no se la obliga a ser buena, etc. ¿Por qué no insiste Dios en ello? Si la gente fuese buena a causa de una compulsión externa, si viese a Dios en el cielo y temiese, todo sería una coerción. No haría nada por sí misma,no haría nada a causa de una propia comprensión interior y de su propia voluntad. Lo haría todo por temor al castigo. Y así no habría una evoluciónpropia. Por este motivo en el mundo exterior nada hay que muestre al hombre de un modo preciso y definitivo si hay o no Dios. No hay nada de esto en la naturaleza. Si los sentidos proporcionasen una prueba evidente y clara, en pro o en contra de la existencia de Dios, el hombre se vería obligado a creer o no creer debido a una causa exterior y fuera de sí mismo; pero, si bien se observa, nada hay en la naturaleza, en todo lo que nos muestran los sentidos, que pueda uno tomar como prueba evidente y clara de la existencia o no existencia de Dios. La naturaleza es bella, y también es cruel. La vida es buena y también mala. Resulta del todo imposible decidir partiendo de la naturaleza o de la vida. Dicho de otra manera, nada obliga al hombre desde fuera, nada de lo exterior; nada de lo que le llega por los sentidos lo fuerza a creer. Y éste es un hecho muy extraordinario en sí mismo. Cada uno puede interpretar la vida o la naturaleza como mejor le plazca, pero el hecho no es tan extraordinario que digamos si se logra entender que al hombre se le sembró en la tierra para que tenga un renacimiento individual, un desarrollo íntimo individual. Y que lo haga porque así lo ha elegido, partiendo de sus pensamientos y reflexiones más profundos, partiendo de su propia experiencia, comprensión y voluntad. En resumen, nace como material capaz de una evolución propia hasta alcanzar el nivel del reino de los cielos. Todo estriba en la comprensión que el hombre tenga. Y éste es el punto en que tanto insiste el Evangelio al decir: “quien tenga oídos, que oiga”. Porque, por sobre todas las cosas, el hombre es lo que comprende. No es ni su cuerpo ni su rostro, ni su aspecto físico. En segundo lugar, eslavoluntad que aplica a su comprensión. Tal es el hombre del reino. Y ha menester darse cuenta de que un hombre puede haber prosperado mucho en la vida, tener conocimientos muy avanzados y aún carecer de comprensión. Y hasta carecer de la voluntadpara vivir conforme a lo que haya visto y entendido. De modo que, visto a la luz de la enseñanza de un nivel superior, a la luz que el Evangelio imparte acerca del reino, acerca del Hombre Superior,el hombre no es sino su comprensión y la voluntad que con ella lo relaciona. Este es el hombre verdadero con respecto a la idea del reino de los cielos. No importa qué sea exteriormente, no importa cuál sea su situación en la vida, no importa su apariencia, etc. El hombre verdadero es una comprensión de la enseñanza acerca del HombreSuperior y la voluntad para aproximársele. Por consiguiente, no ha de sorprendernos ver que los Evangelios empleen muchas palabras técnicas referentes a la cienciadel Hombre Superioro del Hombre del Reino. Por ejemplo, usa la palabra metanoia (μεταυοια), tan mal traducida como arrepentimiento, y que en realidad quiere decir cambiar de manera de pensar. También se utiliza la palabra phronimos, φρουι?ος, erradamente traducida por sabio. Se da la palabra fe, πιστις, que a menudo se toma comocreencia. La fe y la creencia son dos cosas diferentes, pues uno puede tener fe aun cuando no crea. Y también tenemos la palabra alma, ψυχη, tantas y tan erradas veces traducida porvida, como se da en el caso de: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15; 13). Ya en una obra anterior citamos este caso como la definición suprema del amor consciente, que el hombre debe poner su alma, verbigracia, colocar en su lugar a quienes ama, yendo así contra su propia alma. Y en otro lugar se cita a Cristo: “Como Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas” (Juan 10; 15).
Pero ahora es preciso que estudiemos otra palabra que se emplea con un sentido técnico y que requiere una explicación. Esta es la palabra sal. Hay varias citas en los Evangelios en que se emplea. ¿Qué quiere decir sal? Y ¿cuál es el sentido técnico en que se la emplea? “Buena es la sal; mas si la sal fuere desabrida, ¿con qué la adobaréis? Tened en vosotros mismos sal, y tened paz los unos con los otros” (Marcos 11; 50).
Difícil es entender la enseñanza cristiana de hacer el bien sin pensar en obtener una recompensa. Cristo dice: “Amad, pues, a vuestros enemigos y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo: porque él es benigno con los ingratos y los malos” (Lucas 6; 35); pero ¿cómo podremos hacer el bien sin pensar en la recompensa, no esperando de ello nada? No obstante, son varios los pasajes en que va implícita la idea de que si el hombre hace el bien y guarda los mandamientos con el propósito de que se le recompense con la dicha del cielo, fallará en todo. Podemos ahora entender, con respecto a hacer el bien de un modo equívoco, que uno de los ejemplos que se dan en los Evangelios es el del hipócrita: “Y cuando oras, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas, y en los cantones de las calles en pie, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su pago” (Mateo 6; 5). El hipócrita es quien recita largas oraciones en las esquinas a fin de que lo vean los demás, y hace su limosna en público porque ama la alabanza por encima de todo. Pero ¿por qué se considera errado hacer el bien, no para ser visto de los hombres, sino para obtener una recompensa en el cielo? ¿Cuál es la razón? Pues en los Evangelios todo tiene una razón de ser. Es una razón psicológica, y tiene que ver con lo que ayuda u obstruye la evolución interna del hombre. Quiero decir que el Evangelio no es un compendio de reglas arbitrarias o preceptos morales, sino un juego de mapas y direcciones psicológicos;algunos son muy sencillos; otros son, a primera vista, muy complejos. Si el hombre pudiese entenderlos y poner por obra sus instrucciones correctamente, lo llevarían de modo inevitable a descubrir el reino de los cielos en sí mismo. Ahora bien, una de las cosas que se dicen con singular claridad es que el hombre ha de, primero, oiry enseguida hacer lo que Cristo enseña. O sea que ante todo ha de comprender. Intentar algo sin antes haberlo comprendido no puede llevar a parte alguna. Tras haber comprendido, el hombre ha de comenzar a hacer o a obrar conforme a su comprensión; ha de vivirlo. Pero puede darse que el hombre haga erradamente lo que cree haber comprendido; puede también ocurrir que lo haga por algún motivo equívoco o desde un aspecto errado de sí mismo. Y aquí es justamente donde entra la idea de hacer el bien sin preocuparse de una recompensa. La razón por la cual el hombre no ha de hacer el bien con miras a obtener una recompensa en el cielo es que, de hacerlo así, lo hace únicamente por sí mismo. Según el lenguaje técnico de los Evangelios, no se obra en este caso por aquellas emociones que se llaman amor a Dios y amor al prójimo. Se obra únicamente por amor a sí mismo. Y este amor no puede ni siquiera acercar el reino de los cielos. Se nos da a entender que el reino de los cielos está cimentado en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Es algo muy distinto al reino de los infiernos, cuya base es el amor a sí mismo y el odio al reino. El hombre que todo lo hace en pos de una recompensa, y por amor a sí mismo y por el propio interés, no podrá ni ver ni alcanzar el reino de los cielos, pues Cristo afirma que el hombre ha de nacer de nuevo antes de que pueda ver el reino. Uno de los significados de este dicho es que el hombre ha de pasar por encima o más allá de sí mismo, hacerse pobre en espíritu, como reza la primera de las bienaventuranzas. La vanidad, el engreimiento, el orgullo, el desprecio a los demás y la infinita legión de emociones groseras y los pensamientos que de ellas derivan, hacen al hombre “rico en espíritu”. La raíz de esto es el amor propio, algo de lo que el hombre ha de comenzar a desprenderse.
¿Qué significado psicológico encierra el mirar hacia atrás? El relato acerca de la destrucción de Sodoma y Gomorra dice que la mujer de Lot miró hacia atrás y quedó convertida en una estatua de sal. La sal significa muchas cosas psicológicas, buenas y malas. Puede matar como también preservar. Cristo dijo a sus discípulos: “Tened sal”, cuando discutían cuál de ellos sería el primero. Pero la sal puede también conducir a la idea de una esterilidad psicológica. Jesús por cierto que no dijo a los suyos: “Sed psicológicamente estériles”, sino todo lo contrario, como quien dice: “reíos de vosotros mismos más a menudo, no seáis tan serios”, pero en el sentido de mirar atrás significa ser estéril internamente, estar muerto aunque se mueva. Hay dos extrañas parábolas en las que Cristo conocía su significado oculto con la mujer de Lot: “Asímismo, también como fue en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y destruyó a todos. Como esto será el día en que el Hijo del hombre se manifestará. En aquel día, el que estuviera en el terrado y sus alhajas en casa, no descienda a tomarlas y el que esté en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot” (Lucas 17; 28-32).
Podemos ver en estas dos parábolas la idea de no volver atrás. Y puesto que menciona a la mujer de Lot, el volver atrás o el mirar atrás deben tener un significado común de esterilidad interna. No puede poseer el mismo sentido que la recomendación a los discípulos de tener sal entre ellos mientras disputaban acerca de cuál de ellos sería el primero. Cuando el futuro parece sombrío, uno mira hacia atrás y hasta regresa a la infancia en el caso de haber perdido la esperanza y ver en su lugar el temor. Las enfermedades o males que produce este retiro o regresión en el cuerpo-del-tiempo (la propia existencia) se deben a que el espíritu interno falla. Pues el espíritu ha de seguir luchando, ha de continuar, sean cuales fueren las dificultades externas. La concepción esotérica del hombre es que tiene una meta interior y que su verdadero significado es marchar hacia ella, y éste es el motivo de su más íntima comprensión. Tiene que ver con la fe y, por lo mismo, es asunto que concierne a la actividad del espíritu sin ningún apoyo exterior. El hombre abandona su esfuerzo espiritual en el verdadero sentido de “sí mismo” y comienza a mirar hacia atrás, o volver atrás. Lo perturban las dificultades externas y de este modo se hace estéril. Y hasta es posible que logre un mayor éxito en el mundo, pero espiritualmente se ha convertido en una estatua de sal. Renuncia a algo indefinible que, sin embargo, todos conocemos internamente; y quien no lo conoce puede conocerlo si realmente lo quiere. ¿No es ésta una de las cosas más difíciles de advertir y entender en el caso de uno mismo? ¿Cuántas estatuas de sal yacen en el propio cuerpo-del-tiempo? ¿En el propio pasado? Y ¿cuántas estatuas de sal hay en la vida moderna, caminando por las calles?
"TENED SAL"
¿Qué significa, entonces, “tened sal entre vosotros”? Jesús dijo a sus discípulos: “Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal. Buena es la sal; mas si la sal fuera desabrida, ¿con qué la adobaréis? Tened en vosotros mismos sal; y tened paz los unos con los otros” (Marcos 9; 49-50).
En casi todos los idiomas existe un dicho popular sobre los hombres a quienes la vida no abruma y que no son, por tanto, negativos: se dice que tienen salero. La sal posee algo que preserva, y en este caso algo que impide que las cosas se pudran en uno mismo. El hombre puede ser saleroso o no ante los cambiantes acontecimientos del mundo que son iguales para todos. Los sucesos de la vida pueden quebrarlo, deprimirlo o dejarlo inmune. En el caso que Cristo cita, los discípulos disputaban acerca de cuál de todos ellos era el mejor, cuál sería el primero, el mayor, y ésta es una de las causas más corrientes de la propia compasión, del agravio, de la violencia. La incapacidad de reirse de sí mismo, el tomarse trágicamente, todo esto denota carencia de sal. Un poco de ingenio con respecto a sí mismo; sí, un poco de salero, y la vida puede tomar otro cariz. El verdadero esoterismo debe dar sal al hombre y esto rara vez lo consigue una religión sectaria.
Este texto forma parte del libro del autor La flecha en el blanco. Interpretación de los milagros y las parábolas de Jesucristo, de próxima publicación por Editorial Yug.
Otras obras de Maurice Nicoll en Yug: El tiempo vivo y la integración de la vida y El nuevo hombre. |