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ENERO 2007

 

 

Taoísmo y alquimia china

Karuna Aisha


TAOÍSMO: ALQUIMIA DE LA VIDA

El taoísmo es una doctrina milenaria que trata acerca del Tao o Absoluto, principio del universo y fuente de vida. La primera manifestación del Tao es una pareja de principios complementarios llamados Yin y Yang, la dualidad primordial, que al relacionarse entre sí dan lugar a todos los seres animados e inanimados.

Los seres humanos somos producto de la integración de las energías Yin y Yang y, como todo ser viviente, estamos sujetos a un ciclo de nacimiento, crecimiento y muerte, que son acontecimientos naturales contra los que no se puede ni se debe luchar. Considerando que nuestra existencia se debe al Tao, es importante no perder de vista que nuestros cuerpos no nos pertenecen ni tenemos control sobre la vida y la muerte.

Todas las cosas van y vienen de forma natural. Lo que deba llegar, llegará sin nuestra ayuda y lo que deba partir, partirá por mucho que intentemos impedirlo. No perdamos de vista que muchas cosas están fuera de nuestro control y que no somos los amos de los acontecimientos. El mundo no gira a nuestro alrededor. Igual que todo lo demás, únicamente somos una parte del desarrollo de las circunstancias. Reconocer esto es la Vía del Tao. Sólo quienes entienden estos principios pueden liberarse de la ansiedad del nacimiento, el crecimiento y la muerte.

Aunque en una primera aproximación estas enseñanzas pueden parecer difíciles de entender y aplicar, los maestros y textos taoístas nos enseñan cómo llevar a la práctica dichos principios milenarios en busca de un desarrollo espiritual y llegar lejos sin mayores esfuerzos. Lo primordial es buscar la unidad con el orden universal, el Tao, para de esa manera armonizarnos con los ritmos de la vida y desarrollar plenamente nuestras capacidades.

¿Cómo podemos lograr esto? Siguiendo el camino hacia la calma y la renunciación, a fin de encontrar la luz en medio de las tinieblas del ego, y obtener así el orden y la tranquilidad en medio del mundo caótico que nos rodea.

Para comprender el ciclo de los cambios en la naturaleza, es necesario no perder de vista que cada cosa que hacemos provoca invariablemente su opuesto. Aparentemente las situaciones que ocurren en nuestra vida tienen una sola dirección, pero rápidamente manifiestan su naturaleza dual: el día sigue a la noche, el fracaso contiene el germen del éxito, la vida conlleva la muerte y viceversa. El Yin y el Yang se encuentran en todo fenómeno.

Al comprender estos principios es posible vislumbrar cuál es el desarrollo natural de las cosas y de esa manera podemos dejar que fluyan sin oponer nuestros deseos, pues únicamente cuando dejamos de luchar por imponer nuestra voluntad las situaciones se desarrollan según su propia tendencia y las cosas se acomodan siguiendo su curso natural. Así, los problemas dejan de ser un conflicto, los ciclos avanzan como debe ser.

Asimismo, señala el taoísmo, quien ejercita la limitación y el desapego no necesita derrochar innecesariamente tiempo y esfuerzo. Dispone siempre de fuerza y de tiempo para dedicarse oportunamente a la resolución de sus asuntos, mientras no aparecen todavía los gérmenes de los sucesos contrarios. El sabio planea lo difícil en el estado en que todavía es fácil, porque los problemas aún no se han presentado. Esta actuación a su debido tiempo es el secreto del éxito.

La solución pues se halla en volver a lo simple, en renunciar a nuestros deseos excesivos de poseer riquezas materiales, o de obtener el reconocimiento de los demás. Debemos regresar a la esencia de la vida, sumergirnos en el Tao, pues quien se une al Tao se unifica a la fuerza motriz, esencial, del universo.

Para conseguir el equilibrio natural de las cosas y fomentar el desarrollo espiritual del ser humano, el taoísmo propone diversas técnicas, entre las que se encuentra primordialmente la meditación. El propósito de esta práctica es vaciar la mente de pensamientos y deseos compulsivos, a fin de permitir que fluya el Tao.

Efectivamente, cuando nuestra mente se halla plena de opiniones, expectativas y creencias rígidas no deja espacio para que surja algo nuevo o para que se dé el equilibrio, pues siempre estamos en la búsqueda de poseer algo más, demasiado apegados a las cuestiones materiales, prisioneros de las cosas mundanas. Por ello, es necesario dejar de otorgar valor a los objetos externos y volver a la riqueza intuitiva de nuestro interior. En esto consiste la práctica del desapego.

Así, al regresar a la fuente primordial de la vida, hallamos la conducta correcta, descubrimos nuestra verdadera naturaleza, emerge la intuición y podemos saber cuál es el camino a seguir en cada momento. Al comprender el ciclo de la transformación de las cosas, y la dualidad que entraña cada situación, los factores externos pierden importancia y dejan de ser un obstáculo. Cuando aparecen los problemas surgen también las soluciones, nuestros esfuerzos por resolver los conflictos disminuyen. Porque solamente si podemos hacer de nosotros mismos un vacío en el que el Tao pueda penetrar libremente, llegaremos a ser dueños de todas las situaciones, ya que albergando al Tao albergamos todas las posibilidades dentro de nosotros mismos. Así pues, si somos uno con el Tao, todo nos resultará posible.


LA ALQUIMIA DEL CIELO Y LA TIERRA

El afán por acopiar y canalizar energía dio lugar al nacimiento de la alquimia. La teoría de las mutaciones, es decir, el cambio incesante del mundo manifestado frente a la permanencia del Tao, propició que muchos practicantes taoístas se dedicaran a la transmutación interior y exterior. Riqueza y salud o, en los textos antiguos, oro e inmortalidad, eran las metas a seguir.

Alrededor del año 200 a.C. surgieron diversos grupos taoístas que buscaban la consecución de una vida sana y duradera que condujera a la inmortalidad. Algunos intentaban transformar sus cuerpos para que duraran indefinidamente, aunque la mayoría buscaba en realidad la inmortalidad espiritual.

Llegar a ser como un inmortal: ligero, capaz de actuar sin actuar, concentrado en el Tao hasta el punto de reunir el universo entero en sí mismo, ése era el objetivo de la alquimia taoísta, la cual buscaba mediante la transmutación del cinabrio en mercurio, reproducir la alternancia cíclica del Yin y el Yang, a fin de integrar al adepto en ese modelo cosmológico.

El cinabrio era considerado como la energía Yang más poderosa que existe en la naturaleza y, por lo mismo, se asimilaba al Sol. El cinabrio, sulfuro de mercurio que se encuentra en las profundidades de la corteza terrestre, se concebía como una esencia concentrada de la energía solar, que hace crecer todas las cosas y puede curarlo todo.

La relación entre el oro y el cinabrio se expresa en la idea de que el oro se transforma en cinabrio con el paso del tiempo, ya que los yacimientos de cinabrio se encuentran generalmente debajo de vetas de oro. Entonces, la alquimia busca transformar el cinabrio en oro mediante técnicas de inversión. Esta idea encuentra su confirmación en el hecho de que la sublimación del cinabrio produce mercurio, metal que posee cualidades parecidas a las del oro. Por ello, la mutación del cinabrio en mercurio y viceversa, constituye la piedra angular de la teoría y la práctica alquímicas.

Fue así como los adeptos comenzaron a manipular cuerpos simples, plantas y metales, de donde deriva el valioso legado de los alquimistas chinos: ácidos, sales, pólvora, papel y derivados celulósicos, así como tintes, porcelanas finas e infinidad de otras sustancias.

En la antigua China había magos conocidos como fang schi (caballeros de las pociones o encantadores) que preparaban compuestos alquímicos en busca de la inmortalidad. Experimentaban con elíxires que tenían como base el cinabrio, el jade y el oro, pues creían que estas sustancias tenían la facultad de prolongar la vida. Diseñaron, incluso, utensilios para comer y beber fabricados con cinabrio, plomo y oro, con la convicción de que alargarían la vida de quien los empleara.

Quienes interpretaron la búsqueda de la inmortalidad de manera literal y experimentaron con estas sustancias, descubrieron lo peligroso de ello pues resultaron ser venenosas. Sin embargo, los verdaderos adeptos sabían que el objetivo de la alquimia era espiritual: la transmutación de los metales viles (las tendencias psíquicas inferiores) en nobles (la realización espiritual).

Los auténticos alquimistas partían de las doctrinas taoístas como el wu-wei (la senda de la no acción) y utilizaban diversas prácticas como chi kung y danzas sagradas, respiraciones, dietética y otras prácticas espirituales.

El Libro clásico del dragón-tigre es uno de los textos de alquimia más conocidos y posiblemente el más antiguo, ya que la versión que ha llegado hasta nosotros fue escrita aproximadamente en el año 220 a.C. Esta obra presenta un método completo de prácticas alquímicas taoístas que enseñan a los adeptos el camino de la transformación espiritual mediante la meditación. Gracias a ella hacían aflorar los fuegos del chi desde el interior.

Para la auténtica alquimia taoísta el cinabrio que se esconde en la tierra es un símbolo de la energía vital que se encuentra en el interior del cuerpo humano, el cual se denomina simbólicamente como Los Tres Campos, pues si bien el chi se distribuye por todo el cuerpo, se concentra con mayor intensidad en tres lugares privilegiados: la cabeza, el corazón y el bajo vientre. Por eso los textos taoístas dicen que allí habitan los espíritus guardianes. No obstante, al ser un cosmos en miniatura, en el cuerpo también habitan espíritus malignos que minan la vitalidad del hombre.

Claro está, la más alta realización de estos adeptos taoístas era experimentar directamente el Tao en un estado de meditación que abarcaba todo momento.

Los verdaderos alquimistas sabían que el cuerpo humano es uno con el cosmos, que lo interno se corresponde con lo externo, que cada uno de nosotros es un microcosmos que refleja el macrocosmos, y que estamos compuestos del Yin y el Yang, del Cielo y la Tierra.


Lecturas recomendadas:

Maoshing, N. y McNease, C., El Tao de la nutrición, Océano-Ámbar, Barcelona.

Okakura, K., El libro del té, Simientes, Buenos Aires.

Schipper, K., El cuerpo taoísta. Paidós Orientalia, Barcelona.

De la propia autora, Karuna Aisha, en Editorial Yug se han publicado

El pequeño libro del yin y yang y Manual práctico de reiki.

Sobre la sabiduría china:

Manual del auténtico feng shui, Raul de Soroa.

El Centro invariable, de Confucio.

Tao Te King, de Lao Tse.




RECUADRO APARTE, EN CUALQUIER PÁGINA del artículo

Un niño puede tener a su lado el tao, sin saberlo, pero si al paso de los años durante toda su vida lo busca, sólo comprueba que se ha evaporado, que el tao no lo acompaña. Tal vez en su agonía lo pueda recuperar y entonces percibe que penetrará en lo invisible con tao, con germen y con imagen, su espera fue un acto creador. Su espera creó una imagen y esa imagen va a resultar sorprendentemente creadora en la muerte.

José Lezama Lima




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