REVISTA ESOTÉRICA EL BUSCADOR CONFERENCIAS LINKS RECOMENDADOS TIENDA ONLINE BUSCAR SUCURSALES CONTACTO FRANQUICIAS SUSCRIBETE AL BOLETIN YUG
 
EL BUSCADOR

 

En el Buscador y sus caminos encontrarás artículos de fondo, sobre esoterismo, mitología hindú, lo último en noticias de salud con métodos naturales y muchas cosas más.

ENERO 2007

 

 

Le bouddha historique Sakyamuni avait bien raison en énonçant,

El éxtasis sensorial de una deidad

(Tantra, sensualidad y unidad)

Pierre Bédard

Sakyamuni, el buda histórico tenía mucha razón al denunciar, en la primera de las cuatro nobles verdades, cómo los humanos saturan el mundo a cada instante con su sufrimiento. Pero ¿por qué nos empeñamos de una generación a otra en algo tan ridículo? 

En lo más profundo de nuestras creencias individuales y de nuestra memoria colectiva existe una reminiscencia, sin duda un poco mítica, de un mundo donde los humanos vivían en presencia de sus dioses y espíritus con los cuales intercambiaban el placer de los sentidos por experiencias espirituales. Cada quien era feliz en su propio nivel de realidad y se sabía complementario del otro. 

Éste es el mito del paraíso terrestre o paraíso perdido, presente en todas las cosmogonías monoteístas (y en otras más, excepto en las que la creación es continua y permanente, como en el caso de Shiva/Shakti en el hinduismo). Pero de pronto ocurrió un hecho aún más mítico, el cual rompió con este estado de bienestar, según las modas y culturas éste fue descrito como: 

  • El pecado original para los creyentes

  • La glaciación para los etnólogos

  • La tecnología y la modernidad para los ecologistas

  • El nacimiento y la primera infancia para los psicoanalistas

  • El diluvio para algunos

Y en otros términos, como decía Jean-Paul Sartre, el infierno son los demás, por lo tanto todas las fuentes de sufrimiento son percibidas aquí como externas a uno mismo. 

Desde entonces se impusieron, en compensación a estas pérdidas ilusorias, una maraña de necesidades percibidas como obligaciones de supervivencia, las cuales nos alejan un poco más de los valores de placer. La presunta necesidad de vivir en sociedad impuso leyes y reglas cada vez más limitantes que pronto se convirtieron en morales. La obsesión de la vida cotidiana (la familia, etc.) aleja a los humanos de los espíritus pero nos da la impresión de que fue elección de los dioses devenir únicos y retirarse en un cielo inaccesible, cuando en realidad fuimos nosotros quienes los deportamos ahí. 

La Biblia, libro de referencia de los tres grandes monoteísmos y testigo del nacimiento de la familia nuclear, nos cuenta de manera casi freudiana esta historia, que intenta así justificar el mito. Resumámosla en su lógica interna:

Adán se casa con la mujer que él cree que ha sido creada para él, la idealiza y por lo tanto se siente decepcionado en menos de seis meses. Eva se abandona a esta unión sin ninguna reserva consciente pero sin saber tampoco que existe, en la parte inconsciente de su ajuar conyugal, una búsqueda devastadora de unidad fuera de sí misma y hacia el macho dominante que en este caso es Yavé, es decir su padre. La pobre Eva se encuentra entonces confrontada a la prohibición del incesto, el cual representa la fantasía última. Esta prohibición la bloquea en su intento de volver a la fusión original con su hombre primero y después con el mundo.

Sin duda Yavé es altamente competente en el arte de crear galaxias que nosotros nunca veremos a simple vista, pero no posee ni el derecho ni los órganos que le permitan satisfacer las expectativas de su hija única, por lo tanto, no es aquí de ninguna utilidad y puede incluso ser fuente de conflicto. Por frustración y como un reto, Eva come entonces del fruto del conocimiento del bien y el mal y confirma así su dualidad. Se aplica inmediatamente este veneno a sí misma y separa su sensualidad de su espiritualidad.

¿Qué resulta entonces en el menú de este infame plato? La idealización de Adán, el apego de Eva y la impotencia de Yavé forman un triángulo del más elevado ridículo. Ahora bien, después de cinco milenios, todo el mundo paga el precio de este cocido que se posiciona pretensiosamente como reemplazo de la experiencia sensorial inmediata y más allá de censuras.

Cerremos los ojos por un instante… ¿Este conflicto en apariencia cosmogónico es en verdad tan ajeno a nuestra experiencia? ¿No tenemos ejemplos de esto en nuestro entorno inmediato? ¿Y por qué conociendo intuitivamente esta trampa, caímos en ella?

Habiendo ocurrido así la primera percepción errónea de caída, inmediatamente apareció la religión, la cual pretende tener la receta secreta que permite resolver el dilema. El término religión viene del latín religare: religar, reunir. Considerando este origen semántico, toda religión debería por lo tanto consagrar la parte esencial de sus esfuerzos a proporcionar medios que permitan actualizar el regreso a la unidad original entre los sentidos y la conciencia. Veamos cómo se ha alejado de su función.

Inventando el concepto monoteísta, la religión intenta, sin duda con la mejor voluntad, aplicarlo, por convicción o a la fuerza, a todos y cada uno. Sin embargo, fomenta el movimiento consistente en hacer del principio creador una abstracción plena de misterios y rigurosamente inaccesible en la vida diaria. Así vimos confirmarse el papel de padre divino arquetípico, inseguro y celoso de sus privilegios, el cual bloquea desde entonces todo intento de autodeificación. Este momento marca el paso de la espiritualidad accesible a cada quien (y cuyo nombre deriva, no lo olvidemos, del término latino spiritus, el cual se utiliza generalmente en plural) hacia la teología, que es la obra de algunos eruditos de preferencia separados de la experiencia sensorial.

Para afianzarse más y estabilizar su poder, el religioso promulga o se ampara en códigos y leyes para las que pone de fiador a este dios según él universal pero del que pretende tener el monopolio. Esta situación nos corta definitivamente del ideal del paraíso terrestre, que no tenía necesidad de religarse y mucho menos de teologías para ser, porque la unidad le había sido dada a priori. A partir de ese momento maldito de nuestra historia cultural, ha habido una percepción de oposición entre :

  •   El sufrimiento terrestre asegurando la felicidad pos-morten

  •   El gozo terrestre garantizando el sufrimiento eterno  

Las dos posiciones son irreconciliables y religare deviene no solamente una imposibilidad sino, con demasiada frecuencia, un acelerador del problema; así, el religioso reniega de su propia definición. Por cierto, el término griego diabolon, origen de la palabra diablo, significa dividir en dos, escindir; como esto es lo que hacen las iglesias monoteístas, entonces, según su propia lógica, ¿todas serían diabólicas?

Siendo hijos de esta extraña matriz cultural, sería fácil afirmar que somos una banda de esquizofrénicos. En efecto, vivimos según dos códigos de comportamiento paralelos e incompatibles: el de la moral adquirida por consumo colectivo y el de la pasión personal y generalmente oculta. Cada uno de estos códigos está cubierto de una importante masa de pruebas y documentación y mientras más irrefutables son cada una más nos sentimos divididos e impotentes ante la contradicción.

Recordemos sin embargo que según esta sorprendente visión del mundo, los cuatro mil millones de años invertidos por la evolución para dotarnos de un sistema sensorial hipersofisticado fueron un error global que hay que reparar hoy. Pero (para seguir en la misma lógica) toda evolución es guiada por la mano del dios al cual ésta se refiere, entonces le corresponde a él reparar la metida de pata; navegamos aquí en pleno absurdo y es evidente que una nueva lógica se impone.

El error surge del hecho de creer que el modelo de permanencia emocional y sensual forma parte en sí mismo de la naturaleza humana o de algún plan divino. De hecho, se trata de una experiencia reciente en nuestra evolución realizada con fines de estabilidad agrícola que no tiene ya ninguna razón de ser en nuestro mundo postmoderno. El rechazo de estos valores caducos es un requisito esencial para la construcción de un mundo mejor y el desbloqueo de los sentidos que inevitablemente se producirá es un obvio prerrequisito para tan gran obra.

Actualmente sólo las grandes corrientes esotéricas, como la masonería, el tantra, el sufismo y ocasionalmente los rosacruces, hablan todavía de unidad en la encarnación, oponiéndose así a todas las religiones, razón por la que a menudo son reprimidos pero también únicos portadores de porvenir.

Entre éstos, y fiel a sus fuentes chákricas, el Tantra devuelto incialmente al cuerpo, recuerda cómo la experiencia de éxtasis, finalidad última de la encarnación y preludio a la iluminación, puede a priori ser vivida mediante dos experiencias: el orgasmo y el éxtasis meditativo. La Gran Obra debería naturalmente consistir en religar estas dos experiencias hasta verlas fundirse en una sola más grande que la suma de sus partes. La clásica imagen de los triángulos en el sexo y en la coronilla yendo al encuentro uno del otro para unirse en el corazón formando la estrella es una expresión simbólica discreta de este paso de conciencia.

Éste no está hecho al azar; por el contrario constituye un yoga sagrado esencialmente destinado a preparar al individuo para una experiencia mucho más alta. La finalidad del Tantra, como la de todo esoterismo, consiste en permitirnos actualizar esta deidad, cuyos elementos ya están en nosotros y espera que los ensamblemos en eso que estamos hechos para ser.

En un proceso tal no es ni jerarquía ni vía justa, pero existen algunas lógicas fundamentales; por ejemplo: no hay nada más ridículo en el mundo que una deidad triste y frustrada; así, el solo hecho de abandonarnos a nuestra naturaleza profunda de gozo y sensualidad es ya un paso hacia la liberación.

La cosa es fácil, basta con regresar sin llegar a Eva, su frustración y sus elecciones duales; contrariamente a lo que ella nos ha querido hacer creer, avanzamos en el paraíso terrestre pero llevamos sobre las narices lentes deformantes que nos hacen verlo como un infierno: retiremos esos lentes hechos de pedazos de cultura limitante y todo será armonioso. Entonces se hará evidente que los humanos no son serpientes tentadoras, éstas son proyecciones de nosotros mismos y la percepción que nosotros tenemos es el testigo último de nuestro estado de conciencia.

Entonces toda culpabilidad se desplomará y es esencial que así sea porque, siendo por naturaleza creadores, somos nosotros y sólo nosotros quienes creamos la imagen y la consecuencia de nuestros actos. Es por esto que el único pecado grave en Tantra es la culpabilidad. Con esta convicción y en ausencia de todo juicio trascendental, el espacio pos-mortem será para nosotros una zona de autoevaluación. Ahora bien, si el modelo adquirido es de culpabilidad y el caminante no supo desligarse de ésta antes de la muerte, es altamente probable que la evaluación que hará de sí mismo sea negativa. Volverá a clavarse, si no se disuelve en ese momento, en inútiles sufrimientos y se privará así de una remanifestación útil a los demás y a sí mismo.

Si reflexionamos unos instantes, esto es evidente: sería absurdo pedir a un ser emitir una opinión puntal sobre un campo de experiencia del que no tenga ningún conocimiento. Ahora bien, esto es precisamente lo que exigimos a los dioses y espíritus desde el advenimiento de los conceptos de cielo, infierno y juicio trascendental y es, entre otras cosas, porque en términos éticos y morales ya nada funciona.

En cuanto a hablar de ley o de objetividad moral cuando trasladamos la evaluación de un acto o de una vida de un plan de encarnación a otro, donde no hay materia, esto evidentemente sería un delirio. Por lo tanto, nosotros somos los únicos jueces de nuestra encarnación y del camino que habremos recorrido para deificarnos.

Si no llegamos a una posición tal, nada es útil, porque, como nos muestra la historia de los grandes movimientos sociales, de las varias revoluciones así como de nuestras parejas y amistades, todo lo que se logra en el marco de una creencia será siempre recuperado por ésta; por ello, si esta creencia es sufriente, el resultado será igual. El único marco al interior del cual podemos esperar alguna unidad somos nosotros mismos, y de ahí sabrá irradiar sobre todos los seres. Ésta es, hoy, la única evolución posible.

La tarea parece monumental pero no lo es pues se trata simplemente de dejar emerger las tendencias ya presentes en nosotros. Tampoco tendremos que hacer un gran esfuerzo por liberarnos del grillete judeocristiano porque quienquiera que observe mínimamente la sociedad sabe que éste se está disgregando poco a poco ante nosotros.

Precisamente por ello he escrito este libro, Tantra y sensualidad. Con él quise sugerir algunas pistas progresivas mediante las cuales toda persona, practicante de tantra o no, pueda iniciar el ciclo de reintegración de sus diversos éxtasis hacia una unidad interior; por esto expongo diversos medios de utilización de la sensualidad con un fin de liberación espiritual. Es precisamente lo que los practicantes llaman el despertar de la deidad en uno mismo y esta experiencia es accesible a todos, sin tener que cambiar su vida o hacerse monjes, basta con tener el valor de revisar su código moral, y a continuación todo encontrará su lugar según un orden que ya está en nosotros y es disponible a nuestra búsqueda.




©Yug S.A. C.V. Puebla 326-1, Col. Roma, México D. F., CP 06700 Tel. 5553 5531, email: franquicias@yug.com.mx

Servicio al Cliente
Los precios que muestra nuestra página están en pesos mexicanos Todos los precios y existencias están sujetos a cambio sin previo aviso.