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EL BUSCADOR

 

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ENERO 2008

 

 

GAIA

“Se engaña quien busca a Dios
dando la espalda a la Naturaleza.
Quien reniega de la Naturaleza,
reniega de Dios”.

 

Gaia
 María Elena Rubio

Amados hijos:
Quizá esta carta les parezca exagerada, catastrófica, religiosa, moralista o mil adjetivos más. No es mi intención. Lo que me motiva a escribirles es el gran amor que les tengo y conseguir, sobre todo, crear conciencia en ustedes del momento crucial por el que atravesamos.
He parido desde hace muchas eras geografias terrestres, aéreas y marinas, colmadas de vida. Yo, como tantas madres del Cosmos, preparé su llegada desde hace millones de años. Ustedes fueron mi obra cumbre.
Les he permitido beber, alimentarse, navegar y bañar su frágil cuerpo con los afluentes de mi sangre. Utilicé las cascadas, el canto de los pájaros y el ulular del viento para arrullarlos. Mientras dormían, acomodé sus cunas en las mesetas o en las riberas de los ríos. Coloqué montañas a los alrededores para proteger sus primeros pasos por mis valles. Los nutrí con plantas, animales y frutos. A los árboles, los colmé de cualidades a su servicio: oxígeno, alimento, medicina, sombra, belleza, protección, madera… pero no les ha bastado. En aras de la obtención de bienes materiales, los han sobreexplotado y en muchos lugares exterminado. Al talar mis pulmones que necesariamente son los suyos, están cavando su extinción. Aún poseo los suficientes recursos para saciar sus necesidades, pero no los suficientes, para saciar su codicia.
A cada reino: animal, vegetal o mineral, le encomendé como una de sus misiones: enseñarles con su ejemplo, el papel evolutivo que juegan dentro de la cadena de vida. Erróneamente supuse que lo entenderían y serían capaces de vivir en simbiosis. Por desgracia ha sucedido lo contrario; creyéndose los dueños de cuanto existe en mí, se han dedicado a esclavizar, explotar o extinguir, todo aquello que les es de “utilidad”. Transgrediendo así las leyes que rigen la existencia y atrayendo los efectos que ahora viven. No se les olvide que todo cuanto hacemos, posee una carga, que no sólo les afecta a ustedes. Bien dicen: “cuando una rama se quiebra, hasta las estrellas se estremecen”.
Transformaron su cuna en un gran desierto. Con ello obligaron a otras especies y a ustedes mismos a emigrar a zonas inhóspitas. Han dañado mis pulmones, contaminado mis venas, extraído fluidos y órganos de mis entrañas. También han manipulado mis códigos genéticos sin imaginar ni un ápice las consecuencias a escala universal que originan con sus actos.
Por un tiempo me sentí conforme con sus avances; su curiosidad e inteligencia les permitieron descubrir y sortear toda clase de obstáculos. Es verdad, han hecho también “cosas” grandiosas. Pero en esta carta no me referiré a ellas.
Hijos míos: se han convertido en un cáncer expansivo que nos corroe a los dos. Los paliativos para sedar el dolor ya no me son suficientes. La fiebre me provoca temblores y calentamiento global, la contaminación me ciega. Necesito el agua de los océanos para refrescarme. En mis convulsiones provoco ciclones y tsunamis; vomito volcanes, peste y hambruna. Me duelen en el alma, quisiera ayudarles, pero no puedo interferir en su desarrollo. Su cáncer se manifiesta en infinidad de formas. Por ejemplo: cada día mueren miles de ustedes sin saber a ciencia cierta dónde se originó su mal, o el por qué de su esterilidad, drogadicción, neurosis, desintegración familiar. Por citar sólo algunos de los males que les aquejan.
¿Díganme, amados hijos, de qué les ha servido desarrollar la ciencia y conocer la historia de sus antepasados, si vuelven a repetir los mismos errores? Continúan matándose por engrandecer sus dominios económicos y culturales. Se piensan los dueños de la Luna y de todo aquello cuanto su corta visión alcanza. ¡Qué equivocados están! Siguen haciendo guerras por petróleo, aún a sabiendas que existen otras fuentes alternas de energía.
Buscan a Dios por toda mi geografía; sin embargo le construyen su morada en un lugar lejano del Universo. Crean expectativas, miedos y recompensas en una vida ulterior. Edifican palacios, se enriqueces en nombre de Dios, lo venden o imponen según sus necesidades… Si callaran su mente, podrían escucharlo. Él siempre ha estado y estará en ustedes.
Al nacer, les di un talismán con tres poderes, que los distingue de los demás seres: intuición, amor y palabra. Engolosinados con sus encantos exteriores, muchos de ustedes se dieron por bien servidos, logrando con ello sólo acrecentar su ego para anclarse más a los placeres materiales.
 Ustedes están aquí para aprender a amar. Con esta enseñanza sus vidas fluirían por todas sus vertientes, atrayendo armonía y logrando hacer la vida más digna de vivirse.
 En cuanto al poder de la palabra, han ignorado su alcance. Muchos de sus recursos: humanos, científicos y económicos, se han perdido embaucados en las palabras, ellas son órdenes que se graban en el Universo.
 La intuición es su yo interno, el sabio, ¿cuándo fue la última vez que lo escucharon?
 Estoy consiente que nadie es completamente bueno ni malo y cada uno de ustedes desempeña su papel, según su libre albedrío. Sé también que algunos de ustedes trabajan en la alquimia del alma y su guerra es interna; apartados de los ideales superfluos, aprenden el verdadero uso de su talismán y las leyes que rigen el Universo. Pero esta carta tampoco no es para ensalzar su grandeza.
Imagínenme como una escuela en la que diariamente les revelo cosas nuevas. Al finalizar el curso, únicamente aprobaré a quienes hayan pasado todas sus materias. En su aprendizaje se han olvidado que yo también soy un ser vivo y como tal, necesito al igual que ustedes de cuidados y amor.
Hoy les doy un ultimátum. Estoy por dar a luz a un nuevo mundo. He aprendido también de mis triunfos y fracasos. Créanme, tendré sumo cuidado en escoger a sus nuevos habitantes. Sólo los alquimistas, es decir, los que han trabajado su talismán, podrán venir conmigo, los demás seguirán aquí o en otro lugar, hasta completar su aprendizaje.
 Reciban todo mi amor,
su madre
 Gaia



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