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EL BUSCADOR

 

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ENERO 2008

 

 

LIBROS Y MÁS LIBROS

Nadie podía imaginar que el mundo había de transformarse a partir de una suave brisa que levantó y esparció por toda la atmósfera…

un fino polvillo gris...

cuento bicicletero de
Armando Roa Béjar

¡Otro derrame de petróleo en Veracruz! Era el quinto derrame del año y apenas estábamos en febrero. El escándalo era mayúsculo. Analistas y comentaristas contribuían a generar una enorme ola de repudio a PEMEX. La preocupación se generalizaba entre vecinos y autoridades por el creciente daño ambiental y por posibles desastres de mayor envergadura. Se hablaba de descuido, ineptitud, falta de mantenimiento, robos y corrupción. Al final, las causas resultaron ser una combinación de todos esos factores, pero lo peor (¿o debo decir “lo mejor”?) aún estaba por venir.
La limpieza de los campos y cuerpos de agua contaminados era excesivamente tardada y costosa. Además, en la mayoría de los casos, las empresas contratadas para restaurar el sitio del derrame, simplemente retiraban el material contaminado de un lugar para depositarlo en otro sitio ¡Como si con eso se resolviera el problema! Cuando todos sabemos que no se puede tirar nada lejos porque ningún lugar es lejos. La naturaleza esta en todas partes y llevando el material contaminado a otro lugar, lo único que se logra es extender y hacer más grande el impacto ambiental del derrame.
La gravedad del caso motivó la orden presidencial para que el Centro para la Intervención Tecnológica (CIT) tomara el asunto en sus manos y sin escatimar gastos buscara una solución tecnológica a este grave problema.
El CIT era el organismo del Estado encargado de encontrar la tecnología que pudiera contribuir a resolver problemas que pusieren en peligro la seguridad nacional. Su director, el doctor Mario Báez Bluth, viajó inmediatamente a Veracruz para constatar la magnitud del desastre y para entrevistarse con los directivos de PEMEX y definir un plan de acción. “Actualmente –dijo- gracias a la ingeniería genética, se pueden crear bacterias capaces de “comer” petróleo y así limpiar los sitios contaminados”. “¡Excelente! -acordaron todos-, eso es justo lo que necesitamos; consíganos los mejores bichos para limpiar este cochinero, cueste lo que cueste, pero… ¡rápido!”
El doctor Báez se dirigió al Instituto de Ingeniería de la UNAM y ahí localizó a la doctora Paulina Sabugal, jefa del Departamento de Bio-Remediación Ambiental. Le expuso el problema y de común acuerdo fijaron como objetivo obtener una bacteria capaz de sobrevivir y reproducirse en sustratos con hasta 20% de petróleo, degradándolo hasta CO2 y agua. “Pero –dijo Paulina- alcanzar ese objetivo no será fácil, podría llevarnos varios años”. El Dr. Báez insistió en la urgencia de tener esa bacteria lo antes posible, a cualquier precio.

La doctora Sabugal se lanzó de inmediato a recorrer los lugares más contaminados de México y del mundo, recogiendo muestras de aguas y suelos contaminados, con la seguridad de que ahí encontraría los microorganismos capaces de digerir el petróleo para convertirlo en CO2 y agua.
Tal como lo suponía, la doctora pudo reunir una buena colección de microorganismos capaces de sobrevivir en ambientes contaminados con petróleo y –lo más importante- con la información genética que les permitía digerirlo.
Ahora comenzaba el trabajo de seleccionar al más apto y pasar esa información genética a una bacteria de rápida reproducción para después someterla a concentraciones crecientes de petróleo y –una vez obtenida una cepa capaz de crecer en sustratos con 20 por ciento de petróleo-, reproducirla a escala industrial y distribuirla en los sitios contaminados.
Parecía sencillo, pero en realidad era bastante complicado. Para empezar, el mejor microorganismo de la colección resultó ser un hongo capaz de invadir sustratos con 1.5 por ciento de petróleo –muy lejos del objetivo fijado en 20 por ciento- y luego había que identificar los genes involucrados, extraerlos del hongo e insertarlos en una bacteria de rápida reproducción. Luego, si esta inserción resultaba exitosa, había que comenzar un largo trabajo de entrenamiento para que esta bacteria transgénica incrementara su tolerancia al peróleo y fuera evolucionando poco a poco hasta soportar 20 por ciento de petróleo en el sustrato, o más si fuera posible.
Esta adaptación gradual fue de lo más tedioso, se probaron varias bacterias; aeróbicas, anaeróbicas y facultativas, pero en todos los casos el avance era muy lento. Ya habían pasado seis meses y la mejor bacteria apenas podía con una concentración del 2.5 por ciento. A ese paso, pasarían varios años antes de llegar al porcentaje deseado. Mientras tanto, los derrames continuaban y la presión social crecía cada día más.
La doctora Sabugal perdió el sueño. Se pasaba las noches pensando en cómo acelerar el lento proceso de evolución de las bacterias para adaptarse a medios cada vez más contaminados.
En una de esas largas noches de insomnio, recordó que las mutaciones son como saltos en la evolución que producen cambios repentinos que –en algunos casos- podrían ser afortunados y generar avances rápidos en la adaptación de los seres vivos a nuevos ambientes pero, ¿cómo generar mutaciones de manera acelerada? Normalmente, las mutaciones son poco frecuentes y hay que esperar muchas generaciones para que se produzca una mutación en la dirección deseada. Nuevamente eso significaba años de espera y en este caso no era posible esperar. “¡Tiene que haber otra manera!”, pensó la doctora.
Consultando sobre este asunto a varios colegas, le dijeron que podían inducirse mutaciones rápidas exponiendo a las bacterias a materiales radioactivos, aunque esto implicaba varios riesgos. “¡Bien! -dijo ella-, el que no arriesga no gana”, y se abocó a la tarea de conseguir un trocito de Uranio para sus experimentos.
Pronto apareció el primer obstáculo. El Uranio es un elemento radioactivo que se utiliza para fabricar armas nucleares y por lo tanto era imposible conseguirlo para este experimento. Paulina exploró todas las posibilidades, pero fue inútil, aún con el apoyo del gobierno, la tramitología y la normatividad internacional para el manejo del Uranio eran demasiado complejas y seguramente tomaría meses, si no es que años, obtener la autorización, así es que renunció a esta posibilidad… por un rato.
Agobiada por las dificultades de su tarea, Paulina aceptó salir el viernes con sus viejos compañeros de la Universidad y fueron a un conocido antro de Insurgentes. Ahí se enteró de que un excompañero, Víctor González, estaba trabajando en la Comisión de Seguridad y Salvaguardas del Instituto Mexicano de Energía Nuclear. A Víctor le apodaban el Worm (gusano, pero en inglés para que no se oyera tan gacho) por su actitud servil y rastrera con las compañeras. Le encantaba cargarles los libros, ayudarlas con la tarea y hasta se dejaba copiar en los exámenes con tal de quedar bien y ganarse la simpatía de las muchachas más guapas. Esto le dio a Paulina nuevas ideas. Recordaba claramente haber sido objeto de las excesivas atenciones del Worm en sus años mozos, y aunque ahora ya rebasaba los cuarenta, se mantenía esbelta y atractiva. Estaba segura de que si ella se lo pedía, el Worm haría cualquier cosa con tal de complacerla.
Dicho y hecho, el Worm sacó a escondidas medio gramo de uranio en un cilindro de plomo y se lo entregó a Paulina. Ella agradecida, aceptó salir con él a cenar. Fueron a un restaurante lujoso y la pasaron bien, pero la mente de Paulina estaba en otro lugar. No podía dejar de pensar en los experimentos que haría y la probabilidad de encontrar mutaciones fantásticas que alcanzaran o incluso superaran el objetivo que hasta hace unos días se veía tan distante.
Al día siguiente comenzó a exponer a sus bacterias a la ominosa presencia del trocito de uranio. Las mutaciones no tardaron en aparecer. La mayoría eran bacterias deformes e incapaces de reproducirse, pero algunas resultaron sumamente voraces y agresivas. Trabajando con éstas y provocando más mutaciones sobre mutaciones, surgió algo que no se había visto jamás: una bacteria capaz de vivir sobre puro petróleo y alimentarse de éste al cien por ciento. ¡Era un gran descubrimiento!. Un ser vivo diferente a todos los conocidos hasta entonces. Una nueva especie, no, ¡un nuevo género! Este nuevo ser fue bautizado como Petrobroma mutatis, que significa algo así como “bacteria mutante que se alimenta de petróleo”.
La nueva bacteria presentaba propiedades verdaderamente sorprendentes. Era facultativa, esto es, podía vivir y prosperar con o sin oxígeno; funcionaba en tierra, agua dulce o agua salada; se adaptaba rápidamente a condiciones adversas de clima o presencia de elementos tóxicos… ¡una maravilla! Bastaba con esparcir un puñado de estas bacterias sobre los terrenos o aguas contaminadas y la bacteria proliferaba rápidamente y terminaba con el petróleo derramado en unas cuantas semanas, dejando el terreno totalmente limpio. Al terminarse el petróleo disponible, la bacteria simplemente se cubría con una capa de quitina y quedaba en vida latente como un fino polvillo gris… hasta entrar nuevamente en contacto con petróleo. De esta manera, los terrenos tratados con la bacteria quedaban vacunados contra derrames futuros, ya que contenían esporas de la bacteria para autolimpiarse cuando hubiera un nuevo derrame de petróleo.
Por este desarrollo la doctora Sabugal recibió todos los premios nacionales y varios internacionales. De todos los países llegaron pedidos de bacterias para limpiar sus territorios de este contaminante universal. La doctora creó una empresa ligada con la Universidad para producir grandes lotes de la nueva bacteria. El dinero llegaba a borbotones. Era tal la cantidad de dinero que acumuló la doctora, que le regaló al Worm un BMW convertible por el “pequeño” favor que le había hecho. Pero cuando todo era felicidad y comenzaba a rumorarse que el próximo Premio Nobel sería para ella, se detectó el primer caso de infección accidental en un tanque de almacenamiento de una refinería.
El fino polvillo gris que formaba la bacteria al terminarse el petróleo, era fácilmente arrastrado por el aire o el agua, de manera que pronto, todos los ambientes del planeta, contenían esporas de Petrobroma mutatis en vida latente, esperando entrar en contacto con petróleo para reanudar su crecimiento y reproducción. Las ventas de esta bacteria cayeron a cero, porque ya no era necesario inocular los terrenos contaminados. Petrobroma mutatis ya era omnipresente y los derrames eran rápidamente invadidos y eliminados por la bacteria, que a su vez, generaba cada vez más polvillo gris y así contribuía a enriquecer la atmósfera con más esporas de ella misma.
Ahora era necesario tener mucho más cuidado con el petróleo. Cualquier recipiente con petróleo era rápidamente invadido por la bacteria para convertirlo en agua y CO2. Además, la bacteria estaba mutando para consumir también derivados del petróleo, como gasolinas, aceites y solventes. Pronto apareció el primer caso de un tanque de gasolina infectado. Una gasolinera que había limpiado un derrame esparciendo un puñado de bacterias, descubrió días después, que uno de sus tanques, que estaba lleno de gasolina, ahora sólo tenía agua y un sedimento que al secarse, se convertía en un fino polvillo gris.
En todo el mundo los automovilistas estaban furiosos pues su gasolina pronto se convertía en agua y un persistente sedimento que tapaba los conductos y arruinaba los sistemas de inyección.
La gasolina tenía que manejarse como si fuera leche. Tenían que pasteurizarla en las refinerías y envasarla en recipientes estériles y herméticos, para protegerla contra la bacteria que se la comía. Los intentos por controlar las infecciones con poderosos conservadores y antibióticos fracasaron rotundamente, pues la bacteria mutaba hacia formas resistentes y más virulentas.
A pesar de todas las precauciones, se seguían infectando gasolineras, refinerías e incluso pozos de petróleo. En los basureros de la ciudad se observó un raro fenómeno; los plásticos, que antes tardaban cientos de años en descomponerse, ahora desaparecían en cuestión de semanas. La ropa hecha con fibras artificiales –derivadas del petróleo- se caía a jirones por la calle. Sólo era seguro vestir con ropa de algodón, lana… o fibra de cannabis (marihuana). Ante la crisis de las fibras sintéticas, fue necesario legalizar el cultivo masivo de cannabis para aprovechar el cáñamo, una excelente fibra natural derivada de esta planta y que había caído en desuso por las absurdas leyes que prohibían su cultivo.


En poco tiempo, desapareció todo el petróleo y sus derivados del planeta.
Con esta rápida descomposición del petróleo y sus derivados, se aceleró el calentamiento global por el efecto invernadero, debido al CO2 que generaban las bacterias al comerse el petróleo. La ONU declaró Alerta Roja Planetaria. Para captar todo el CO2 posible de la atmósfera, se obligó a todos los países a enverdecer con plantas todas las superficies disponibles. Los cerros talados volvieron a cubrirse de vegetación, los potreros tuvieron que reconvertirse en los bosques y selvas que eran originalmente. Se prohibió la cría de ganado (las flatulencias de las reses contienen gas metano, peor que el CO2 en cuanto a efecto invernadero). En las ciudades se enverdecieron todas las azoteas. Los estacionamientos –ahora innecesarios puesto que desaparecieron los coches- se convirtieron en parques y jardines. Las bicicletas dejaron de ser un juguete infantil o un implemento deportivo, para convertirse en el medio de transporte universal. Desapareció la agricultura intensiva por la falta de tractores y fertilizantes derivados del petróleo. Prosperó la agricultura orgánica y la cría de lombrices para fertilizar la tierra.
La salud de la población mejoró notablemente por la dieta vegetariana y el ejercicio cotidiano. La doctora Sabugal le regaló a su amigo el Worm diez bicicletas –las mejores que pudo encontrar- para suplir al BMW, ahora inservible por la falta de gasolina. Comenzaron a salir a pasear en bici y terminaron viviendo juntos. La contaminación desapareció y el clima mejoró por la cantidad de plantas que ahora abundaban por doquier. Todo el mundo era feliz, pero no sabían que esta transformación del mundo se la debían a la doctora Paulina Sabugal y al Worm.

FIN



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