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ENERO 2010
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Trozos líricos de Goethe
*Mi diosa
¿Cuál debe uno desear entre todas las hijas del cielo?
Dejo a cada uno su opinión; pero yo preferiría esa hija querida de Dios, eternamente móvil y siempre nueva, la Imaginación.
Pues la ha dotado de todos los alegres caprichos que para sí solo él se había reservado, y la loca diosa hace también sus delicias.
Sea que vaya, coronada de rosas, con un cetro de azucenas en la mano, vagando por los valles floridos, mandando a las mariposas y como la abeja a beber el rocío en el cáliz de las flores.
Sea que vaya con los cabellos sueltos y la mirada sombría, agitándose en el viento en derredor de las peñas, mostrándose después a los hombres teñida de los colores de la mañana y de la tarde, cambiante como las miradas de la luna:
―¡Demos todos las gracias a nuestro padre del cielo, que nos dio por compañera, a nosotros pobres humanos, esa bella esa inmortal amiga!
Porque él la ha unido con nosotros sólo por nudos divinos, y le ha mandado que sea nuestra esposa fiel en la alegría como en el dolor, y que nunca nos abandonase.
Todas las demás miserables especies que habitan esta tierra viviente y fecunda vagan al acaso, buscando su alimento al través de los placeres groseros y de los amargos dolores de una exisdtencia reducida, y doblada sin tregua bajo el yugo de la necesidad.
Pero a nosotros nos ha concedido su hija predilecta: ¡alegrémonos! Y tratémosla como una querida adorada; que ocupe el puesto de la señora de la casa.
Y que la sabiduría, esa vieja madrastra, tenga buen cuidado de ofenderla.
Conozco también a su hermana; menos joven, más asentada; es mi apacible amiga. ¡Ojalá no me abandone nunca antes que se extinga mi vida, la que por tanto tiempo fue mi dicha y mi consolación: la Esperanza!
* * El buscador de tesoros
Pobre en dinero, con el corazón enfermo, arrastrando voy aquí una vida muy larga; ¡la miseria es el peor de los males, la riqueza el primero de los bienes! ¡Es preciso que ponga un término a mis penas, que descubra un tesoro... aunque tuviese para ello que sacrificar mi alma y firmar mi pérdida con mi sangre!
Y me puse a trazar círculos y más círculos. Una llama mágica los recorrió al instante, después mezclé hierbas con huesos y se cumplió el misterio. Cavé el terreno en el sitio indicado por las llamas con la seguridad de hallar un antiguo tesoro... La noche en derredor mío era negra y tempestuosa.
Y vi una luz ajena; era como una estrella que se adelantaba desde el extremo del horizonte. Dio la medianoche, se fue acercando cada vez más y no tardé en ver que esa claridad que me deslumbraba la producía una copa encantada que llevaba un hermoso niño.
Ojos de infinita dulzura centelleaban bajo su corona de flores; entró en un círculo mágico, todo resplandeciente del brillo del vaso divino que llevaba y me brindó graciosamente que bebiera en él, y yo dije para mí:
"Este niño, con su bebida maravillosa, no puede ser el espíritu maligno".
―Bebe ―me dijo―, bebe el deseo de una vida más pura, y comprenderás mis advertencias: no vuelvas más a estos sitios atormentados por una fatal avidez; no caves más la tierra con una esperanza culpable. Trabaja durante el día, regocíjate de noche; pasa las semanas en la actividad, las fiestas en la alegría, y cambios maravillosos se verificarán en tu existencia.
* * * Leyenda
Cuando Nuestro Señor habitaba este mundo, pobre y desconocido, algunos jóvenes seguían sus pasos, pero solamente algunos de ellos comprendían sus lecciones. Y le gustaba tener sus reuniones al aire libre, porque bajo la mirada del cielo se habla mejor y más libremente. Entonces las más sublimes instrucciones salían de su boca divina bajo forma de parábolas y de ejemplos, y su palabra convertía así en templo el mercado más vulgar.
Un día, que se dirigía paseándose hacia un lugarcito con uno de sus discípulos, vio relucir alguna cosa en el camino: era un fragmento de herradura. Y dijo a san Pedro: "Recoge ese pedazo de hierro". San Pedro tenía otra cosa en la cabeza, y mientras andaba iba revolviendo en su mente ciertos pensamientos que se referían al modo de gobernar el mundo, como sucede a cada uno de nosotros de tenerlos a veces, ¿pues quién puede limitar el trabajo de la mente? Pero esa clase de ideas le gustaba mucho y el hallazgo le pareció cosa de muy poca importancia. Pase si hubiera sido un cetro o una corona... ¿pero una media herradura valía la pena de agacharse? Siguió, pues, andando e hizo como si no hubiera oído.
Nuestro Señor con su paciencia habitual recogió el mismo pedazo de hierro, y siguió él también su camino sin hacer muestra de nada. Cuando alcanzaron el pueblo se paró delante de la puerta de un herrero y se lo vendió por tres maravedises; después, cruzando el mercado, percibió muy hermosas cerezas; compró de ellas tantas y tan pocas cuantas se pueden dar por semejante precio, y se las puso dentro de la manga sin más explicación.
Luego salieron por una puerta que llevaba a campos y llanuras donde no se columbraban ni árboles ni casas; el sol estaba en su fuerza y el calor era grande. En semejante caso, mucho daría uno por unpoquito de agua. El Señor iba delante, y como por descuido dejó caer una cereza. San Pedro se dio prisa en recogerla como si fuera una manzana de oro, y con ella se refrescó el paladar. Nuestro Señor, después de corto rato, dejó rodar por el suelo otra cereza. San Pedro se agachó al instante para recogerla, y el Señor volvió a hacerle varias veces la misma cosa. Después de algún tiempo el Señor le dijo con una sonrisa: "Si tú hubieses sabido agacharte cuando era menester no tendrías ahora tanto trabajo. El que teme molestarse por poca cosa, mucho se agitará por mucho menos".
Johan Wolfgang Goethe (1749-1832), autor de estos poemas en prosa o trozos líricos, es un genio de la literatura universal cuyo trabajo más famoso es el Fausto, un enorme drama donde se dan cita esoterismo, poesía, ciencia y psicología. Goethe también incursionó en el campo de la ciencia, a él debemos los primeros estudios serios sobre la historia natural de las plantas.
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