El viaje de mil años
o Dios es inocente
fragmento de La República, diálogo de Platón
(Segunda parte)
A estas palabras, habiendo echado a suertes el hierofante, cada alma recogió lo que cayó delante de ella, salvo yo, a quien no fue permitido. Cada cual conoció entonces qué rango debía escoger. Enseguida, el mismo hierofante puso en tierra, ante ellas, géneros de vida de toda especie, cuyo número era mucho mayor que el de las almas que habían de escoger, porque todas las condiciones, así de hombres como de animales, se hallaban allí reunidas. Había tiranías, unas que debían durar hasta la muerte, otras que habían de ser bruscamente interrumpidas y acabar en pobreza, en destierro, en mendicidad. Veíanse allí igualmente condiciones de hombres célebres, unos por su belleza, por su fuerza, por la fama que habían alcanzado en los combates, otros, por su nobleza y por las grandes cualidades de sus antepasados; veíanse asimismo condiciones oscuras en todos los aspectos. Lo mismo ocurría con los destinos de las mujeres. Pero nada había dispuesto acerca de las almas, puesto que cada una de ellas había de cambiar necesariamente de naturaleza, según lo que escogiese. Por lo demás, las riquezas, la pobreza, la salud, las enfermedades, se encontraban en todas las condiciones; aquí, sin ninguna mezcla; allá, en un justo equilibrio y bienes y males.
–Como ves, mi querido Glaucón, ésta es, de modo evidente, la prueba más de temer para la humanidad. Así, cada uno de nosotros, dejando a un lado todas las demás ciencias, debe aplicarse a adquirir solamente aquellas que le hagan descubrir al hombre cuyas lecciones le pondrán en estado de distinguir entre las condiciones venturosas y las desventuradas y escoger siempre la mejor de ellas, y llegará a esto repasando en su espíritu todo lo que sobre este particular se ha dicho, y juzgando por ello de lo que puede contribuir en mayor medida a la felicidad de la vida, mediante el examen que hemos hecho de las diferentes condiciones, consideradas en conjunto o separadamente. Así aprenderá, por ejemplo, qué grado de belleza mezclado con cierta dosis de riqueza o de pobreza y a determinada disposición del alma torna al hombre malvado o virtuoso; qué efecto deben producir el nacimiento ilustre o el nacimiento oscuro, la vida privada y las dignidades, la fuerza del cuerpo y la flaqueza, la mayo o menor aptitud para las ciencias; en un apalabra, las diversas cualidades naturales o adquiridas, equilibradas unas con otras, de suerte que, después de haber reflexionado sobre todo esto, sin perder de vista la naturaleza del alma, pueda distinguir el género de vida que le es provechoso del que le será funesto, y llamará funesto al que movería al alma a ser más injusta y provechoso al que la hiciese más virtuosa, sin tener para nada en cuenta todo lo demás. Porque ya hemos visto que es ése el mejor partido que puede adoptarse, sea para esta vida o sea para la otra. Debe, pues, conservarse hasta la muerte el alma firme e inquebrantable en esta determinación, con el fin de que no se deje ofuscar aquí abajo por las riquezas ni por los restantes males de la misma índole, que no se exponga, lanzándose con avidez sobre la condición de tirano o sobre cualquier otra semejante, a cometer un gran número de males sin remedio y a sufrir otros todavía mayores, sino que más bien sepa mantenerse siempre en un estado medio y evitar por igual los dos extremos, en cuanto de ella dependa, sea en la vida presente, sea en todas las demás por donde haya de pasar. De esto depende la felicidad del hombre. Así, por lo que el armenio decía, había añadido el hierofante: “El que escoja el último, con tal que lo haga con discernimiento y que sea luego consecuente en su conducta, puede prometerse una vida feliz y libre de males. Así pues, que el que haya de el primero en escoger se guarde de abrigar excesiva confianza, y que el postrero no desespere.
Después de que el hierofante se hubo expresado en estos términos, aquel a quien designó la suerte avanzó presuroso y escogió sin examen la más considerable de las tiranías que halló, movido por su avidez e imprudencia. Mas cuando lo hubo considerado todo, cuando vio que era su destino comerse a sus propios hijos y cometer otros enormes crímenes, se lamentó y, olvidando las advertencias del hierofante, echó la culpa de su suerte a la fortuna, a los dioses, a todo en fin, excepto a sí mismo. Esta alma pertenecía al número de las que venían del cielo. Había vivido anteriormente en un estado bien regido y debía su virtud a la bondad de su natural y a la fuerza de la costumbre más bien que a la filosofía. He aquí por qué las almas procedentes del cielo no eran las menos numerosas en equivocarse en su elección, por no tener experiencia de los males de la vida. Al contrario, las más de aquellas que habían permanecido en la región subterránea y que a la experiencia de sus propios sufrimientos unían el conocimiento de los males ajenos, no escogían tan a la ligera. Esta experiencia, por una parte, y esta inexperiencia, por la otra, independientemente de la casualidad que decidía el orden en que debían ser llamadas para escoger, hacían que la mayor parte de las almas cambiasen una buena condición por una mala y una mala por una buena. Así, un hombre que a cada retorno a la vida terrena se aplicaría constantemente a la sana filosofía, con tal que su turno de escoger no fuese después del de todos los demás, sería, según todas las apariencias, si hemos de dar crédito al relato, no solamente feliz en la tierra sino también en su viaje de aquí al más allá, y al retorno iría por el camino firme del cielo y no por el sendero subterráneo y penoso.
Decía Her además que era un curioso espectáculo ver de qué manera hacía cada alma su elección; nada más extraño ni más digno, a la vez, de compasión y risa. Al elegir, la mayor parte se dejaban guiar por las costumbres de la vida precedente. Había visto al alma de Orfeo escoger la condición de cisne por odio a las mujeres que en otro tiempo le habían dado muerte, no queriendo deber su nacimiento a ninguna de ellas, y vio al alma de Tamiris escoger la condición de ruiseñor. De igual manera había visto a un cisne escoger la condición humana igual que algunos otros pájaros músicos. Otra alma había elegido la condición de león: era la de Ayax, hijo de Telamón, que acordándose de la afrenta que había recibido en el juicio tocante a las armas de Aquiles, rehusó encarnar en cuerpo humano. Tras ésta vino el alma de Agamenón, que conservando también aversión hacia el género humano, por causa de sus pasadas desventuras, escogió la condición de águila. El alma de Atalanta, habiendo reflexionado acerca de las grandes honras concedidas a los atletas, no había podido resistir el deseo de convertirse a su vez en uno de éstos. El alma de Epeo,11 hijo de Panope, prefirió la condición de mujer diestra en labores manuales, el alma del bufón Tersites, que fue de las últimas en presentarse, encarnó en el cuerpo de un mono. El alma de Ulises, a quien la suerte designó como el último, se llegó a escoger, pero acordándose de sus pasados infortunios y libre ya de ambición, buscó durante largo rato y descubrió por fin en un rincón, apartada, la apacible condición de un simple particular, que había sido desdeñada por todas las demás almas, y al verla exclamó que aunque hubiera sido la primera en escoger, no habría hecho otra elección. Había allí, añadió el armenio, almas de animales que cambiaban su condición por la nuestra y almas humanas que pasaban a cuerpos de animales: las de los malvados a especies feroces, las de los buenos a especies domesticadas, lo cual daba margen a mezclas de todo género.
11 Epeo fue quien construyó el caballo más famoso de la historia (N.E.).
Una vez que todas las almas habían escogido su género de vida en el orden señalado por la suerte, se aproximaron, conservando ese orden, a Láquesis, que dio a cada una el genio por ella preferido para que le sirviese de guardián en el curso de su vida mortal y la ayudase a cumplir su destino. Este genio la conducía primero hasta Cloto, para que ella, por su mano y con una vuelta de huso, confirmase el destino escogido. Después que el alma había tocado el huso, el genio se la llevaba de allí al lado de Atropos, que torcía el hilo entre sus dedos para hacer irrevocable lo que ya había hilado Cloto. Luego, sin que fuese posible retroceder de ese punto, avanzaban hacia el trono de la Necesidad, bajo el cual pasaban juntos el alma y su demonio. Cuando hubieron pasado todas, se reunieron en el llano de Leteo,12 donde sufrieron un calor insoportable popr no haber en aquel llano árboles ni plantas. Como había llegado el atardecer, pasaron la noche al lado del río Ameles,13 cuya agua no puede contener ningún vaso. Cada alma tiene que beber cierta cantidad de esta agua. Aquellas que no son refrenadas por la prudencia beben mucho más allá de la medida prescrita y pierden absolutamente todo recuerdo. Durmiéronse después, pero hacia la mitad de la noche estalló el trueno acompañado de un temblor de tierra y de inmediato las almas, que habían sido despertadas con sobresalto, se vieron dispersadas acá y allá, como estrellas fugaces, hacia los diferentes lugares en que debían renacer. En cuanto a él, dijo el propio her, le habían impedido que bebiese agua del río; mientras tanto, no sabía por dónde ni cómo su alma había vuelto a unirse con su cuerpo, y habiendo abierto de pronto los ojos a la mañana, se había percatado de que estaba tendido en la pira.
12 El río del olvido.
13 El río de la ausencia de preocupación.
–Esta fábula, mi querido Glaucón, se ha conservado hasta nuestros días, y si le concedemos fe puede ser provechosa para salvarnos también a nosotros; pasaremos felizmente el río Leteo y libraremos nuestra alma de toda mancha. Por tanto, si quieres creerme, convencidos de que nuestra alma es innmortal y de que, por su naturaleza, es capaz tanto de todos los bienes como de todos los males, seguiremos siempre por el camino que lleva a lo lato y nos dedicaremos con todas nuestras fuerzas a la práctica de la justicia y de la sabiduría. Con ello estaremos en paz con nosotros mismos y con los dioses, y después de haber alcanzado en la tierra el premio destinado a la virtud, igual a atletas victoriosos que son llevados en triunfo seremos felices aquí abajo y durante el viaje de mil años.
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