Las leyes de la evolución en el hinduismo
C. Balasingham
El hombre anhela ser libre, pero seducido por los sentidos perdió el camino en la jungla de la civilización. Para que le sirva de guía en el sendero correcto, ha recibido el Sanathana Dharma (Código Eterno) conservado en los antiguos Shastras. Los Upanishads llaman al hombre “Hijo de la inmortalidad”; pero el hombre no se da cuenta de que prakriti* no es sino el juego del Señor, que fue puesto ante él para que llegue a tomar conciencia de la gloria y el esplendor de Dios.
El mundo entero es Brahman (Dios) o el Absoluto, una sustancia, una energía, una mente. Brahman está presente en todo lo existente en este universo, lo animado y lo inanimado. En las sustancias inanimadas la presencia de Brahman como prana (el espíritu) no es manifiesta o aparente. La vida, tal como la conocemos, comienza con las plantas o el mundo vegetal y se manifiesta como una entidad separada, con una existencia propia: sat (existencia o ser), de acuerdo con la filosofía hindú. Cuando examinamos el mundo animal encontramos evidencia del instinto, el cual es difuso en las primeras etapas y es canalizado hacia el cerebro en el curso de la evolución de la columna vertebral. Aunque los animales superiores poseen cerebros completamente desarrollados y memoria, dudamos en atribuirles la capacidad de pensar, prefiriendo atribuir sus acciones al instinto, los reflejos condicionados y otros procesos automáticos similares.
* El término prakriti abarca en conjunto la totalidad del universo manifestado como lo vemos y todas las fuerzas físicas presentes en él. A menudo se traduce también como naturaleza.
Sin embargo, en el hombre, punto evolutivo máximo en el mundo animal, podemos ver la capacidad der pensar en su forma más completa, incluyendo la habilidad de mirar hacia el futuro y hacia el pasado así como un sentido de discriminación: chit (conocimiento o pensamiento), según la filosofía hindú. Al llegar al mundo provisto de sat y chit, el hombre anhela ananda (felicidad). A pesar de que lo busca en el lugar equivocado, su destino es evolucionar hacia sat-chit-ananda (los tres atributos de lo Supremo en el hinduismo) y fusionarse con la divinidad eterna que energiza, conforma y controla este universo: Brahman. Este concepto de Brahman es impersonal y resulta difícil de describir con palabras. Tal vez la aproximación más certera es concebirlo como una poderosa fuerza de la cual ha emergido el universo y hacia la cual todo deberá volver finalmente. De este modo, la teoría hinduista de la evolución parte del mundo inanimado (una etapa antes de donde arranca la teoría de Darwin) y apunta hacia el destino que le corresponde por derecho al ser humano, siempre que éste descarte su naturaleza inferior y manifieste la divinidad latente en él.
GUNAS: EQUILIBRIO Y RUPTURA
En su esfuerzo por develar el secreto de la vida, la biología molecular descubrió tres principios esenciales que se hallan presentes en cada molécula viviente: el principio activo o de la energía, el principio rector y el principio estructural. Estos principios fundamentales descubiertos en el microcosmos deben de tener su contraparte en el macrocosmos. Para examinar el macrocosmos podemos valernos de la ayuda que nos ofrece la filosofía hindú. La filosofía Sankhya afirma que toda la historia de la evolución se inició con un desequilibrio entre los tres gunas (aspectos, modalidades o fuerzas): satva guna (aspecto de luz o conocimiento), rajo guna (aspecto de actividad o energía) y tamo guna (aspecto de inercia). Antes de la creación, la mula prakriti (naturaleza primordial o poder cósmico) se mantenía avyakta (en forma indiferenciada) debido a este peculiar equilibrio entre los tres gunas.
La evolución como la conocemos comenzó con la perturbación de este equilibrio crítico. Resulta fácil reconocer al conocimiento y a la actividad como los equivalentes de los principios rector y activo de la biología molecular. La inercia es conocida popr los estudiosos de la ciencia como el principio de mantenimiento de la estabilidad. En su acción dentro de la molécula biológica, asegura la creación de estructuras que corresponderán a la unidad mayor y mantiene la continuidad de esta unidad. De este modo, podemos entender el principio estructural de la biología molecular como una función o expresión del principio de inercia (tamas).
Shankara describe al rajo guna como poseedor de la habilidad de proyectar algo y al tamo guna como poseedor del poder de ocultar la realidad. Esto parece ser diferente de la explicación de las funciones de tamas y rajas que se dan en el párrafo anterior. Shankara se ocupa de la realidad última y por ello describe a tamas, que obstruye la búsqueda del hombre de la realidad, como la causa responsable del mundo fenoménico de nombres y formas que encubre la realidad (última). Para la ciencia moderna la búsqueda de la realidad esencial queda fuera de su terreno y por ello se ocupa sólo de la cubierta y no de lo que ésta cubre o de su función en cuanto obstrucción de la visión de la realidad. Mirando sólo la cubierta, la ciencia describe su función en cuanto principio responsable de forma o estructura. La explicación de Shankara acerca de rajas como el poder que proyecta algo inexistente no difiere en lo sustancial del enfoque científico que describe a la función como el principio activo.
En el funcionamiento del mundo fenoménico estos tres gunas se mantienen en ciertos estados de equilibrio, y cuando su equilibrio se altera resultan diversos cambios. Pese a que la ciencia consideraba hasta hace muy poco en compartimientos diferentes a las sustancias orgánicas e inorgánicas, es posible discernir claramente la presencia del equilibrio entre los tres aspectos en ambos tipos de sustancias. En la vida orgánica, cuando por una u otra razón se debilita el principio rector, que corresponde al satva de la filosofía hindú, se produce un crecimiento canceroso resultante del funcionamiento descontrolado del principio activo y del principio estructural. La termodinámica nos entrega un paralelo en el mundo inanimado: su segunda ley se refiere a la entropía. Hay un debilitamiento del satva o principio rector en la materia innimada que causa un azar y desorden hasta que el impulso inicial se consuma o hasta que sea anulado por la inercia. En realidad, resulta inevitable que la presencia de los tres aspectos o gunas y su equilibrio se manifieste tanto en las sustancias animadas como en las inanimadas.
Aunque las sustancias animadas y las inanimadas ya no se traten como pertenecientes a compartimientos distintos, son pocos los científicos que aprecian plenamente la unidad fundamental que existe entre ellas. No se reconoce en general, por ejemplo, que el equilibrio de fuerzas dentro del átomo y el equilibrio ecológico en la naturaleza son manifestaciones del mismo principio en esferas diferentes. Los gunas son responsables de toda la diferenciación y especialización en la naturaleza. El hombre, los animales y las cosas son, fundamentalmente, manifestaciones del absoluto o Brahman por medio de la prakriti compuesta por los tres gunas.
Ésa es la evolución según el hinduismo y las etapas de este camino están descritas en las que podemos llamar también leyes de la metafísica hindú.
Primera ley
El universo manifestado existe en un gran campo de conciencia llamado Hiranyagarbha (literalmente, huevo de oro). Todo, lo grande o pequeño, animado o inanimado, que existe en este ámbito de conciencia cósmica es un punto focal cubierto por un vehículo o upadhi.
Segunda ley
Cada upadhi contiene mente, energía vital y materia en proporciones variables. Las manifestaciones de mente y energía vital en el upadhi varían según la proporción de estos componentes en él. Los tres componentes son básicamente lo mismo: la mente es una forma más sutil de la materia, la materia es una forma más burda de la mente.
Tercera ley
Prana (energía cósmica) y rayi (materia cósmica) se desarrollan desde Hiranyagarbha y operan bajo su control. Más tarde, por un proceso de diferenciación o individualización, surgen los cinco grandes principios.
Cuarta ley
Todo en la creación sirve a un propósito, el cual determina la naturaleza y composición del upadhi o vehículo por medio del cual el objeto se manifiesta. El propósito también determina la forma y función, y el nombre es una conveniente etiqueta de identificación. En otras palabras, todo en la creación tiene un nombre, una forma y una función, que son inseparables.
Quinta ley
La creación y la destrucción son cambios de nombre, forma y función en la vasta matriz de tiempo-espacio-causación y forman parte de una evolución, un propósito. Todos los cambios en el mundo fenoménico responden a un progreso ordenado que va de causa a efecto. El efecto ya se encuentra implícito en la causa y espera circunstancias apropiadas para su cumplimiento y manifestación.
Sexta ley
Delante y detrás de Hiranyagarbha o conciencia cósmica está el Brahman absoluto proveyéndolo de poder y dirección. El Absoluto Brahman, sin embargo, es inactivo y estático, aunque controla todas las actividades de Hiranyagarbha.
Séptima ley
El punto focal en todas las cosas de nuestra primera ley es el alma individual, atma o purusha. Ella es una chispa del supremo Brahman y experimenta un fortísimo impulso de retornar y fundirse en el Brahman del cual emergió. Este impulso es la fuerza motriz de la evolución desde la materia inerte hasta el hombre y más allá hasta la unión con Brahman.
Octava ley
En este universo hay dos tipos de causas respecto de objetos y hechos: a) las causas físicas visibles y b) las causas mentales invisibles, que llevan a los seres humanos a actuar de cierta manera. Estas causas mentales se pueden atribuir a los actos previos del individuo (a menudo en una existencia anterior), los cuales condicionan su mente de determinada manera.
Novena ley
Cada pensamiento, palabra u obra deja una impresión en nuestra mente, dicha huella se denomina samskara. Estos samskaras son transportados indefinidamente por la mente de un nacimiento a otro, hasta que sean favorables las condiciones en la matriz de espacio-tiempo-causación para que fructifiquen en acción y de este modo se consuman. Esto se denomina la ley del karma.
Décima ley
Lo que nos sucede está determinado en gran medida por la ley del karma, pero la forma en que reaccionemos frente a estos hechos es decisión nuestra, y nuestros actos acumulan nuevo karma que fructificará más adelante.
Décimoprimera ley
Nuestra voluntad hacia la acción surge de nuestra mente y es controlada por ella, que está formada de a) hechos adquiridos por medio de la educación y la experiencia, principalmente en nuestro actual nacimiento, b) nuestros vasanas o tendencias modeladas por nuestro karma previo y c) fuerzas morales que derivan del impulso del alma por retornar y fundirse con el Absoluto o Brahman. El curso final que tome la acción resultante de la influencia recíproca de estas tres fuerzas divergentes se sitúa dentro de nuestra posibilidad de eleccción y esto es lo que determina nuestra responsabilidad moral. Nuestros pensamientos, palabras y acciones presentes constituyen un karma nuevo y configuran nuestro futuro.
Décimosegunda ley
Todas las cosas, animadas o inanimadas, están obligadas a seguir una línea de acción y de conducta en este mundo, llamada dharma, que deriva del propósito al que deben servir, como declara la Cuarta ley. Esta línea de conducta producirá el máximo beneficio, tanto para el objeto en cuestión como para el resto del universo. En la mayoría de los casos cumplir con el dharma es mera rutina y de ahí que el concepto tenga un significado secundario de “características externas”. Puesto que al hombre se le ha dado libertad de acción, como lo explica la Undécima ley, el dharma ha llegado a ser un patrón moral que debe alcanzarse en la conducta humana. El dharma que proviene de la intencionalidad o arthavatva, no sólo ha sido divinamente ordenado sino que forma parte de la Divinidad misma.
Décimotercera ley
Nuestros samskaras son conformados por nuestros motivos y deseos por obtener resultados más que por nuestros actos en sí. Cuando realizamos los actos partiendo de un sentido del deber, se reducen los deseos de experiencias mundanas y, con ello, también la necesidad de nacimientos futuros para vivir esas experiencias.
Décimocuarta ley
El conocedor de Brahman llega a ser Brahman. El conocimiento de Brahman no es un proceso intelectual sino una aprehensión total por la totalidad del alma o atma, es decir, constituye la fusión real del alma en Brahman. En este proceso desaparece la distinción entre el conocedor (alma), lo conocido (Brahman) y el conocimiento, puesto que el conocedor ha dejado de estar separado de Brahman.
En resumen, el hinduismo concibe este drama de la evolución como un proceso deliberadamente planeado para conferirle la liberación al alma individual y para que llegue a manifestarse la divinidad latente en el hombre. Éste es el supremo lila (juego) de aquel omnipresente, omnisciente Sat-Chit-Ananda que guía y controla este universo mediante Hiranyagarbha. En este drama, cada uno de nosotros debe esforzarse por desempeñar su papel aplicando al máximo todas sus habilidades y debe dedicarle los frutos de sus acciones al todopoderoso Dios. Para ello no hay necesidad de apartarse del mundo, sino que puede permanecer dentro de él pero sin dejar que éste lo arrolle: como la flor de loto que debe crecer en el agua pero que siempre se m antiene por encima y no deja que ésta la moje.
Lecturas recomendadas:
Cómo renace un hombre, de Swami Satprakashananda, Editorial Yug.
La teoría hindú de la evolución, de C. Balasingham, Editorial Yug.
Conocimiento sagrado de la India,Swami Nirvwedananda.
La meta y el camino. Un enfoque vedántico de los problemas de la vida, Swami Satprakashananda.
Loto, la flor cósmica. Su simbolismo y su mensaje, de Ricardo Ortiz, Editorial Yug
Upanishads. Estudio práctico de la realidad última, Sathya Sai Baba, Ediciones Sai Ram.
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