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EL BUSCADOR

 

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JULIO 2007

 

 

LA FRONTERA Y YO

Fronteras externas e internas

(segunda parte)

Nicole Diesbach

Otra línea limítrofe es la identidad de la persona principalmente con el ego, es decir, con la imagen de sí misma. Esta línea limítrofe entre lo que uno es y lo que no es puede ser muy flexible. Incluso dentro del ego o mente se puede erigir otro tipo de línea limítrofe; además es posible que el individuo se niegue a reconocer que algunas facetas de su propia psique son suyas. En realidad, como el individuo se identifica solamente con facetas de su psique (la persona) siente que lo que resta de ella no es él: territorio extraño y peligroso. Niega y excluye entonces de su conciencia los aspectos de sí mismo que no acepta, llamados la sombra. Entonces la persona se aliena.

Otra línea limítrofe es la asociada con los llamados fenómenos transpersonales. Wilber define lo transpersonal como cierta clase de proceso producido por el individuo que en cierto sentido va más allá de él, como la percepción extrasensorial. Entre varias formas reconocidas por la psicología están la telepatía, clarividencia, precognición y retrocognición y pueden incluirse las experiencias extracorporales. Todas éstas tienen en común una expansión del límite entre lo que uno es y lo que no es. Y eso llega a trascender la frontera del organismo constituido por la piel. En las experiencias transpersonales la identidad no se confina al organismo: Dice Wilber: "Lo que importa de este análisis de los límites entre lo que uno es y lo que uno no es, estriba en que el individuo no solamente tiene acceso a uno sino a muchos niveles de identidad".

Wilber señala cinco niveles principales de identidad que parecen ser aspectos básicos de la conciencia humana. Cada nivel resulta de los diferentes lugares donde la gente puede trazar, y en realidad traza, este límite. La línea limítrofe empieza a hacerse discontinua en la zona llamada transpersonal y desaparece completamente en el nivel de la conciencia de unidad. En este nivel final la persona se identifica con el Todo y lo que uno es y lo que no es hacen una totalidad armoniosa.

Al haber distintos niveles del yo también hay distintos niveles de conflicto consigo mismo. La razón, según Wilber, es que la línea limítrofe de lo que es la identidad de una persona se traza de modo diferente en cada nivel del espectro. Pero esta línea es también una línea de batalla en potencia, pues delimita el territorio de dos campos opuestos. Esta línea de batalla puede adquirir también una gran importancia en el nivel de la persona, el de la "máscara" porque aquí el individuo ha trazado la línea limítrofe entre facetas de su propia psique, de modo que la línea de batalla se encuentra ahora entre el individuo en cuanto persona y su medio, pero a la vez entre su cuerpo y ciertos aspectos de su propia mente.

El objetivo del psicoanálisis y de la mayoría de las formas de terapia convencional es remediar la radical escisión entre los aspectos concientes y los inconcientes de la psique y ayudar a que la persona se ponga en contacto con la totalidad de su mente. Tales terapias orientadas al nivel del ego apuntan a reunificar a la persona o máscara (que oculta los aspectos inaceptables del ego) con la sombra (que proyecta al exterior esos aspectos) con el fin de crear un ego sano y fuerte. La mayoría de las llamadas terapias humanistas tienen por meta curar la escisión entre el ego y el cuerpo, reunir la psique y el soma pra así revelar el organismo total. Por eso a la psicología humanista se le denomina movimiento del potencial humano. Al extender la identidad desde la mente o ego hasta la totalidad del organismo como tal se liberan los vastos potenciales del organismo total poniéndolos a la disposición del individuo. Otras terapias se dirigen hacia las bandas transpersonales del espectro, situadas entre el nivel de conciencia de unidad y el del organismo. Estas terapias se interesan profundamente por procesos que se dan en la persona pero son realmente supraindividuales, colectivos o transpersonales. Entre las terapias que se dirigen al nivel transpersonal se hallan la psicosíntesis, el análisis junguiano, diversas prácticas de yoga, la meditación trascendental y otras.

El desarrollo humano consiste en tomar conciencia de los límites o barreras impuestas al potencial de cada uno de los niveles del espectro. El desarrollo entendido como una ampliación y expansión de los horizontes propios, exteriormente en perspectiva e interiormente en profundidad.


LA OPOSICIÓN ILUSORIA

Trazar fronteras es establecer oposiciones. Al tomar una decisión o desarrollar una idea o elegir una cosa en vez de otra estamos creando un par de opuestos. Y el mundo de los opuestos es un mundo de conflictos. La mayoría de nuestros problemas son creados por las divisiones y los opuestos que generan: cuanto más me aferro al placer, más temo al dolr, cuantos más éxitos busco mayor será mi terror al fracaso, cuanto más voy en pos del bien, tanto más me obsesiona el mal,etc., etc. La forma en que intentamos resolver estos problemas es eliminar uno de los opuestos porque los creemos irreconciliables. Pensamos que anular el negativo e indeseable de los pares de opuestos (el dolor, el mal, la enfermedad...) nos dará una vida placentera y apacible. Esta idea parece ser la base misma del concepto occidental de progreso, en su economía, su medicina, su ciencia y su religión. Esa búsqueda olvida que lo positivo se define en función de lo negativo y destruir lo negativo es destruir toda posibilidad de disfrutar de lo positivo. Esto porque, como bien lo enseñaban Lao Tse y tantos sabios de ayer y hoy, todos los opuestos comparten una identidad, son inseparables e interdependientes.

Entonces podemos concluir con Wilber que una línea, ya sea mental, natural o lógica, no sólo divide y separa sino que también une y aproxima. Las fronteras, así, son pura ilusión, fingen separar lo que no es separable. La realidad no tiene fronteras, y la división y el conflicto surgen sólo cuando olvidamos que el interior coexiste con el exterior e imaginamos que sólo separa sin unir al mismo tiempo.

¿Cómo liberarnos entonces de nuestra costumbre de separar, de vivir conflictos y problemas absurdos, fruto de la guerra de opuestos? No se trata de separar los opuestos para lograr un progreso hacia lo positivo sino de unificarlos y armonizarlos descubirendo un fundamento que trascienda y abarque a ambos. ¿Y cuál es este fundamento? Es la conciencia de unidad misma. Quizá este pasaje del libro de sabiduría hindú Bhagavad Gita nos inspire para librarnos totalmente de los pares de opuestos y no sólo de lo negativo:

Contento con tener lo que por sí llega,

más allá de los pares, liberado de la envidia,

sin apego al éxito ni al fracaso,

aunque actúe, no queda encadenado a su acto.

A ése reconozco como eternamente libre,

el que no abomina ni anhela,

porque quien se ha liberado de los pares

fácilmente se libera del conflicto.

Las separaciones que hemos creado en todas las cosas, aunque parecen tener sus raíces en la física clásica, las podemos encontrar en un nivel más profundo: el de nuestra conciencia. La conciencia aquí tiene una acepción diferente de la que conocemos, generalmente coloreada con una connotación moral; se trata del darse cuenta que se traduce al inglés como awareness. Muchos autores modernos hablan del despertar de la conciencia; por ejemplo, don Juan, en los libros de Carlos Castaneda, habla de la capacidad de ver más allá de lo que vemos. Teilhard de Chardin habla de un despertar de nuestras conciencias a alguna superconciencia (en su libro El porvenir del hombre, Editorial Taurus, Madrid).

Las fronteras de la conciencia se borran con el paso de la evolución humana para llegar a la aprehensión del verdadero territorio sin demarcaciones que es la conciencia sin fronteras, o sea la conciencia de unidad o la superconciencia de Teilhard. Si en la realidad no hay demarcaciones entonces la conciencia de unidad es el estado natural de la conciencia que reconoce este hecho. La percepción de lo que no tiene fronteras es una percepción directa, inmediata y no verbal.

De todas las fronteras que construimos, fortificamos y defendemos, la fundamental ‒y a la que menos dispuestos estamos a renunciar‒ es la que establecemos entre lo que somos y lo que no somos. Es precisamente la que establece nuestra sensación de ser seres separados. Tan básica es esta demarcación primaria entre el yo que somos y lo ajeno a ese yo que de ella dependen todas las otras demarcaciones que establecemos.

Estos límites que seguimos trazando son límites obvios a la conciencia de unidad o a la superconciencia. En este nivel de conciencia, en la percepción de lo que no tiene fronteras, el sentimiento del yo se expande hasta incluir totalmente todo aquello que antes se creyó ajeno al yo. Y cuando se entiende el carácter ilusorio de la demarcación primaria, el sentimiento de la propia identidad alcanza el Todo. Saliendo de la ilusión, nos damos cuenta de que no hay un "yo" separado, un "uno" aparte del mundo. Creemos siempre que somos algo aparte de la experiencia, pero al salir en busca de este algo, se desvanece en la experiencia.

Así, al darnos cuenta de que no hay parte, caemos dentro del Todo, y cuando comprendemos que no hay un "yo" separado (y que eso sucede en este mismo momento) comprendemos que nuestra identidad verdadera es la Identidad Suprema. En otras palabras, al darnos cuenta de que todo es una misma cosa, ocurre espontáneamente el estado natural.

El mundo interior y el mundo exterior no son más que dos nombres diferentes para el estado, único y omnipresente, de percepción de lo ilimitado. No se trata de que, en la conciencia de unidad, uno esté mirando el territorio real sin demarcaciones sino más bien de que la conciencia de unidad es ese territorio.

(este texto es una adaptación del capítulo 2 del libro Frontera: ¿qué nos separa? Hacia una conciencia de Unidad, de Nicole Diesbach, publicado por Editorial Yug)




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