Voluntad, albedrío...
Ciencia femenina
T.K.M.
Un pensador emofílico nos avisa que Sor Juana Inés de la Cruz, en torno a la Carta Atenagórica, sostuvo:
“El favor más grande que Dios puede concedernos es un favor negativo: no hacernos ningún favor, porque así acrecienta nuestro libre albedrío”.
Y en el Paraíso frente a Dante cantó Beatriz, la gran rival de Laura, la de deslumbrante mirada ante la cual sólo cabe bajar los ojos e inspirado discurso ante el cual sólo se puede quedarse mudo:*
Lo maggior don, che Dio per sua larghezza
fesse creando, e alla sua bontate
più conformato, e quel ch'Ei più apprezza
fu della volontà la libertate,
di che le creature intelligenti,
e tutte e sole furo e son dotate
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Todo lo cual en llano español viene a ser el antecedente del retruécano con el que la monja mexicana alaba la paradójica bondad de Dios que refuerza nuestro poder de voluntad negándonos lo que en apariencia podría ser un don.
El don mayor que Dios magnánimo al crear-nos hizo,
la gracia por el más apreciada
y acorde más con su grandeza
fue la de la libre voluntad,
de la que sólo las criaturas inteligentes
están dotadas.
Esto queda demostrado, según agregaba Beatriz (quien era además casi una niña) por el hecho de que al hacer un voto, es decir, decidir con gravedad hacer algo, a Dios no le queda otra que concordar con eso que vamos a hacer.
¿Y de dónde –cuestionarán ustedes– les sale a las mujeres tanta ciencia, como ésta de saber en qué consiente Dios y cuál es de todos sus dones el mayor?
Ah –responderán–, es que quien cambió el paraíso por el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal fue la mujer, y la sabiduría, que para esto tiene nombre –Sofía– de mujer, era la que primero estaba con Dios, y, según los primeros cabalistas, era hija de Dios. Como tal fue entregada como novia o esposa a Abraham y a Salomón (aquí habría que mencionar que creo más fácil recibir la sabiduría por herencia genética que por la ósmosis conyugal).
Cosa muy distinta parece que pensaba El despierto acerca del papel de las mujeres respecto de la doctrina, como lo muestra el texto del artículo “El dharma y las mujeres”, en este mismo número.
* A partir del fin de la edad media y el comienzo de la edad moderna (para seguir esa tediosa división de la historia...) Beatriz y Laura fundamentan dos visiones del amor a partir del papel que jugaron en la vida de sus respectivos amantes (enamorados). La lejanía física y temporal con que Beatriz aparece en su vida, hace que Dante la lleve al Infierno (no que la mande a), al cielo y al purgatorio como guía, papel en el que rivaliza con Virgilio, pues no sabría decir a quién le debe más el poeta haber salido con bien de tales jornadas. Parece entonces que Beatriz se vuelve la amante moral, aun mística, no obstante la intensa identificación que Dante hace de ella con la naturaleza y el cosmos. Sólo en esos tres mundos puede ver, hablar y recibir de la elusiva niña instrucción en lo terrenal y en lo celestial. Dante es el gran poeta del primer milenio de nuestra era, pero Beatriz no es el objeto directo ni el prototipo de la belleza y otras cualidades a las que se canta en la poesía dantesca. Por su parte, en una poesía que llamaríamos más mundana (aunque nada deba obligarnos a hacer esa separación) Laura es el leit-motiv de la gran creación petrarquista-renacentista: el tópico del amor en la poesía, establecido entonces y vigente (créanlo) aún. Alrededor de ella crea Petrarca el carácter que aún hoy mantiene la expresión amorosa: sentimentalismo, melancolía y arrebato, idealismo y naturalismo. Laura es la pasión que vivifica el arte, Beatriz la conciencia beatífica que consuela en la búsqueda de la verdad.
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