CARTA DEL EDITOR
Finalmente nuestra ciudad fue testigo de un merecido homenaje. Las principales calles se vieron pobladas de vacas temáticas bellamente decoradas con originalidad, hablando, ellas que normalmente no hablan el idioma de las ideas y que esperaron años a que las viéramos nuevamente con ojos de niños. El desfile de las vacas hizo que estuvieran en ojos de todos, pero, ¿por cuánto tiempo? El ritmo vertiginoso hace que un día no hablemos de otra cosa y al otro todo se olvide...
Las vacas y los niños son temas que van de la mano. Cuando aprendimos a leer nos mostraron las bondades de la vaca. “La vaca nos da leche; de la leche se hace crema, queso, mantequilla, requesón y yogur”; pero no nos dicen que a la linda vaca, tan noble, la debemos matar para comérnosla. Mi hija de cuatro años es una vegetariana activista que no entiende por qué la gente se come a los animales y con mucha razón ella trata de convencerlos con el argumento, que a mí me parece completamente cierto, de que “ellos también quieren vivir”.
Los niños con sus mentes frescas son capaces prácticamente de lo que sea. Sin barreras y sin miedos, nos sorprenden cuando nos dicen que quieren ser astronautas o profesiones que en la edad adulta creemos que son muy difíciles de estudiar. Quiero ser piloto, quiero ser bailarina, cantante, etcétera. Sueñan muy alto y a nosotros nos toca ayudarlos a que realicen sus sueños con una base espiritual y a su vez, contagiarnos de su maravilloso idealismo, que quién quita y también aprendamos a volar.
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