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JUNIO 2007

 

 

La frontera y yo.

Fronteras externas e internas

(primera parte)

Nicole Diesbach

Si vemos fronteras alrededor de nosotros es porque éstas existen también en nuestro interior, tanto de modo individual como colectivo. Lo que vemos es lo que reflejamos. El ejemplo de la frontera de México con Estados Unidos no es más que una muestra de todas las barreras, divisiones y segregaciones que se dan en este mundo, construidas y proyectadas tanto a partir de las separaciones que hemos creado desde la niñez con el fin de protegernos de un mundo adulto hostil, como también a partir del inconciente colectivo que llamamos cultura y que asimilamos al llegar a este mundo y “conservamos”.

Es así como nos hemos quedado con el miedo de que “el otro”, el de fuera, el extranjero, nos vaya a hacer daño o tome nuestro lugar o nos quite nuestros bienes. Y este miedo por dentro, nacido de la creencia en nuestra debilidad, impotencia y condición de víctimas, ha trazado fronteras invisibles e inconcientes en nuestro ser que se hacen visibles en la realidad de afuera. Detengámonos a analizar un poco estas fronteras –invisibles, sin embargo creadas– que diseñan nuestra realidad.


CREACIÓN DE FRONTERAS

La frontera México-Estados Unidos es un caso ilustrativo de los productos del paradigma mecanicista bajo el cual hemos pensado, creído y vivido los últimos siglos y que ha permitido representaciones mentales divisionistas, separatistas y defensivas.

Las fronteras de nuestro mundo han nacido de estas representaciones, las cuales se han reforzado en la medida en que hemos creído de una manera absoluta en esta necesidad de sobrevivencia y, por ende, en la necesidad de protegerse frente al otro. Los sobresaltos de unificación y de reunión de los pueblos (tales como las dos Alemanias y Europa oriental) son muestras, quizá, de un nuevo ensayo de representación mental distinta que brota del paradigma naciente. Sin embargo, se dan simultáneamente con los viejos sobresaltos, nutridos y reforzados por el miedo inconciente al cambio, que siempre lleva consigo la inseguridad frente a lo desconocido, al vacío, en realidad a la muerte. En efecto, ¿por qué se refuerzan unas fronteras en el momento que otras se borran? Si analizamos estos ejemplos a nivel psicológico ellos nos enseñan que existe inconcientemente el miedo a la sobrevivencia.

Es entonces nuestra mente la que crea las fronteras, las produce y las refuerza así como las suprime también.

Ken Wilber en su libro La conciencia sin fronteras indaga con más profundidad el término frontera en su sentido más integral. Señala que, de manera general, producimos una permanente alienación de nosotros mismos, de los demás y del mundo al fracturar nuestra experiencia presente en distintas partes separadas por fronteras. Efectuamos así una división artificial de lo que percibimos en compartimentos separados, quedando sujeto frente a objeto, vida frente a muerte, mente y cuerpo, dentro y fuera, razón e instinto, recurriendo a un divorcio causante de que unas experiencias interfieran con otras y haya un enfrentamiento entre distintos aspectos de la vida.

Cada frontera que trazamos en nuestra experiencia constituye un principio separatista que cumple una función organizadora de la realidad, pero también resulta en una limitación de nuestra conciencia: fragmentación, conflicto, lucha. Suprimir la frontera en nuestra mente puede crear lo contrario, tal como vivencias sobrecogedoras de iluminación en las que el individuo llega a sentir que es uno con el universo, con todos, expande su sentimiento e identidad más allá de su mente y cuerpo, abarcando la totalidad.

Wilber subraya que esta modalidad perceptiva la podemos llamar unidad de la conciencia o identidad suprema, que constituye la naturaleza y condición de todos los seres sensibles. Paulatinamente vamos limitando nuestro mundo y nos apartamos de nuestra real naturaleza al establecer fronteras. Entonces nuestra conciencia, originalmente pura y unitaria, comienza a funcionar en diversos niveles, con diferentes identidades y límites. Estos diferentes niveles son básicamente las múltiples maneras en que podemos responder a la pregunta ¿Quién soy yo?

Reflexionar sobre las fronteras internas nos enseña cuántas limitaciones y barreras hemos impuesto al reconocimiento de nuestro propio ser, que no puede más que proyectar hacia afuera sus propias divisiones.

Según Wilber, un proceso básico subyace a todo el procedimiento para establecer una identidad. Cuando uno responde a la pregunta ¿Quién soy? sucede algo muy simple. Al describir o explicar quién “es” uno, incluso cuando se limita a percibirlo en lo interior, lo que en realidad se hace es trazar un límite mental que atraviesa en su totalidad el campo de la experiencia, y todo lo que queda dentro de ese límite se percibe como “yo mismo” mientras siente que todo lo que está fuera del límite queda excluido del “yo mismo”. En otras palabras, nuestra identidad depende totalmente del lugar en que tracemos la línea limítrofe.

Uno llega a percibir “soy esto y no aquello” mediante el procedimiento de trazar esa línea entre “esto” y “aquello” para después reconocer su identidad con “esto” y su no identidad con “aquello”. Una persona se autodistingue de una silla porque sabe que es un ser humano, porque trazó, conciente o inconcientemente, la línea que separa a los humanos de las sillas y reconoce su identidad con los primeros.

Así trazamos una demarcación entre lo que somos y lo que no somos. Lo que llamamos crisis de identidad se da cuando uno no puede decidir cómo ni dónde trazar la línea. Es interesante que la línea divisoria de la identidad puede desplazarse, y de hecho lo hace. Las formas más radicales de cambio de lugar de la línea limítrofe se dan en las experiencias de la Identidad Suprema, cuando la persona expande sus límites hasta incluir la totalidad del universo. Podríamos decir, como sugiere Wilber, que pierde por completo la línea limítrofe, porque cuando se identifica con “el todo único y armonioso” ya no hay dentro ni fuera y por ello dónde trazar la línea. Ésta es la percepción sin fronteras conocida como Identidad Suprema o conciencia de unidad.


FRONTERA DE LA PIEL

La frontera más comúnmente trazada o aceptada como válida es la de la piel, que envuelve a la totalidad del organismo. Se trata en apariencia de una demarcación entre lo que es uno y lo que no es. Por lo menos es lo que se acepta universalmente. Todo lo que hay dentro del límite de la piel es en algún sentido “yo”, mientras todo lo que está más allá es “no yo”. Algo fuera del límite de la piel puede ser mío pero no es “yo”. La piel es, pues, una de las fronteras más básicas aceptadas entre uno y lo que no es uno. Se puede pensar además que este límite de la piel es tan obvio, tan auténtico y tan común que es la única frontera que tiene el individuo.

Didier Anzieu, psicoanalista, propone en su libro Le Moi-Peau (El yo piel) una teoría de las funciones de ese yo, la cual aporta elementos nuevos al concepto de frontera. Para Anzieu la piel es la envoltura del cuerpo que sirve de sustento a la creación de la representación síquica de la frontera del yo. Enfatizando la piel como sistema de protección de la individualidad y a la vez como uno de los primeros instrumentos y sitios de intercambio con los demás, Anzieu plantea un nuevo modelo de la interacción con lo que nos rodea que se basa en y respeta la especificidad de los fenómenos síquicos en relación con las realidades orgánicas como también con los hechos sociales. Su tesis implica que la persona, para identificarse, para poder decir yo –sin lo cual no puede decir aquí, allá, tú, él– tiene que haber construido fronteras síquicas, virtuales, que respalden y representen los límites materiales que conforman su cuerpo y en particular su piel. Ésta, frontera y superficie del cuerpo, lo separa del exterior y al mismo tiempo lo mantiene en contacto con él. En esa labor de construcción síquica se van conformando poco a poco los límites virtuales pero imprescindibles de la identidad síquica, en todas sus dimensiones.

El yo piel encuentra su apoyo en las diversas funciones de la piel. La primera función es la de bolsa que contiene y retiene en su interior lo bueno y lo pleno (para el infante es la lactancia, los cuidados, las palabras que se han acumulado en él). La segunda función de la piel es la de mediador, que marca el límite con el afuera y lo mantiene en el exterior, es la barrera que protege de la penetración de la avidez y agresiones provenientes de los demás seres. La tercera función de la piel es similar a la de la boca. La piel es un lugar y un medio primario de comunicación con el otro y de establecimiento de relaciones significativas; es además la superficie donde se inscriben las huellas que el otro deja. Con este origen epidérmico y propioceptivo, el yo hereda la doble posibilidad de establecer barreras –que se vuelven mecanismos de defensa síquicos– y de filtrar los intercambios (con el ello, el superyó y el mundo exterior).

La fantasía de un yo piel como configuración de las fronteras del yo dota a éste de la capacidad de diferenciarse, o sea de concebirse a sí mismo, de protegerse, de establecer intercambios y de ejercer elecciones en cuanto a esos intercambios, esto es, mantener fuera o rechazar lo que no acepta y retener o incorporar lo que puede asimilar. La fantasía del yo piel implica un contenedor y un contenido a partir del cual se puede elaborar una infinidad de modalidades de relaciones entre el individuo y su entorno.

Como órgano sensible, límite final del cuerpo, la piel sirve de soporte a representaciones síquicas análogas a sus funciones biológicas, cumpliendo además funciones síquicas, indispensables para la constitución de un yo diferenciado. Anzieu tiene el mérito de recordarnos la importancia de las fronteras como sitio de filtración pero, sobre todo, como fundadores de intercambios, pues la constitución del yo piel se debe en gran medida a los intercambios tejidos entre las superficies cutáneas del infante y de la madre. Constituir la fantasía del yo piel es condición de nuestra capacidad para relacionarnos con el entorno.

También Wilber habla de la frontera piel como limitación que trazamos y dice que diseñamos una demarcación aún más significativa: en el interior del organismo. Subraya que la mayoría de las personas sienten que tienen un cuerpo, como si fueran sus dueños, tal como tienen una casa o un carro. De esta manera, el cuerpo parece ser no tanto "yo" como "mío" y lo que es mío se halla fuera del límite entre lo que uno es y lo que no es.

"La persona se identifica más básica e íntimamente con una sola faceta de la totalidad de su organismo, y esta faceta, que siente como su auténtica realidad, se conoce con diversos nombres; la mente, la psique, el ego o la personalidad" Según Wilber, la escisión mente-cuerpo y la consiguiente dualidad es el punto de vista fundamental de la cultura occidental. De hecho no existe la menor base para esta disociación radical entre la mente y el cuerpo, la psique y el soma, el ego y la carne, a nivel biológico; esta separación se da sólo en el nivel psicológico. En este caso es bueno subrayar con Wilber que existe este prejuicio de que el individuo es básicamente una mente y no un cuerpo, y eso ocurre de manera tan profunda que aun para referirse al estudio del comportamiento general el ser humano se utiliza la palabra psicología. Es tan cierto que la mayoría de nosotros sentimos como si montáramos a nuestro cuerpo, y así lo tratamos: como si fuera un asno.

Lo que el individuo percibe como su propia identidad abarca sólo una faceta del organismo, el ego, y no el organismo como un todo. El individuo se identifica con una "imagen mental de sí mismo" y con los procesos intelectuales y emocionales asociados con esta imagen. Así tiene sólo un cuadro o imagen del organismo total por el hecho de no lograr identificarse concretamente con esa totalidad. "Siente que es un yo, un ego; por debajo de él cuelga su cuerpo".


(continúa en el siguiente número)



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