Antes de proceder a meditar
Swami Ashokananda
(segunda y última parte)
Una cierta cantidad de ascetismo es abolutamente necesaria para el progreso espiritual. Algunos de ustedes, nada ansiosos por meditar, podrán decir: “Dejaremos esto para la vida siguiente”, o “Lo haremos dentro de unos años”. Muchos piensan que la jyuventud es el tiempo de gozar la vida y que está bien practicar la religión cuando uno haya comenzado a envejecer. En otras palabras, cuiando el mundo se haya agriado, entonces irán a la iglesia mostrando una cara larga y creyendo que con eso ya tienen religión. Eso no es ni puede ser religión.
¿Qué es lo que le llevamos a Dios en ese caso? Un cuerpo y una mente gastados, con cicatrices, por todos lados. ¿Creen ustedes que a él le agradan? No solemos llevar a su altar frutas carcomidas por los gusanos o flores marchitas, sino ofrendas en perfecto estado. De la misma manera, deberíamos entregarle lo mejor de nosotros. La ofrenda de una mente fresca y pura es lo que más lo complace. Quienes piensan que la religión es exclusivamente para los viejos cometen un profundo error. Los jóvenes, especialmente, deben tratar de ser espirituales, pues si la vida religiosa empieza temprano y las prácticas espirituales se emprenden mientras la mente está aún fresca y pura, entonces al mantener unas vigilancia estricta sobre la mente, ésta puede conservarse intacta. Bajo ninguna circunstancia debemos permitirle a la mente ser afectada por el mundo. La juventud es la época propicia para ponerse a trabajar en ello.
Sri Ramakrishna le dijo una vez a un joven estudiante universitario. “Cuando un hombre hace un ladrillo, le pone su marca de fábrica mientras está blando aún; después, cuando el ladrillo es secado al sol y cocido en el horno, la marca se vuelve permanente. De la misma forma, si puedes fijar en tu mente mientras está blanda todavía la marca de Dios, ésta nunca podrá borrarse sino que, afortunadamente, permanecerá para siempre”.
Practiquen el ascetismo –mientras más, tanto mejor–, y esto no significa hacer caras agrias como si hubieran mordido una manzana ácida. La práctica del ascetismo deberá proporcionar un placer similar al de montar un caballo brioso. Obtengan la entereza para controlar las fuerzas de su cuerpo y su mente y no ser dominados por ellas. Este ascetismo es necesario pues sin él la meditación es imposible.
Todas las cosas que he expuesto hasta ahora son preliminares importantes; deberán practicarse cada día de nuestra vida y no meramente al comienzo de nuestra búsqueda espiritual. Aquel que los practica correctamente puede a voluntad retirar su mente por completo, porque ha alcanzado un control enorme sobre ella. Pero en tanto no se hayan establecido plenamente en estas prácticas, muchos de ustedes habrán descubierto que en la meditación la mente toma algún tiempo para alcanzar un estado de quietud. A este hecho debe prestársele atención cuidadosa. Si ustedes andan de un lado para otro haciendo y pensando muchas cosas antes de la meditación, ¿qué éxito pueden esperar?
Durante algún tiempo antes de la meditación deben ustedes tratar de estar tranquilos y sentir que no tienen relación alguna con el mundo, que no tienen nada que ver con él. Estoy de acuerdo en que como esposos, esposas, madres, padres, hijos, etcétera, tienen que atender el cumplimiento de muchos deberes y que hay mil cosas que exigen su atención. Sin embargo, al acercarse a Dios, ¿saben lo que deberían hacer? Ir ante él como si el mundo nunca hubiera existido, como si no tuvieran marido, esposa, hijos, padres, amigos, patria, nada en absoluto. Ésta sería la actitud correcta a la hora de la meditación.
Acérquense a la meditación con una sensación de eternidad. ¿Quién tiene mejor resultado en la meditación? Quien a la hora de practicarla puede sentirse absolutamente desligado. ¿Comprenden ustedes lo que eso significa? Traten de imaginar lo que es la eternidad. Está más allá del tiempo y, consecuentemente, más allá de todo fenómeno; es una condición (si así podemos llamarla) en la que ninguna de estas cosas relativas existen. Cuando intentan pensar en el Señor eterno efectúan, por lo pronto, un esfuerzo por ir más allá de toda relación. Deben decir: “No tengo cuerpo, no tengo mente. Tiempo y espacio han desaparecido, el universo entero se ha desvanecido. Únicamente Dios es”. Sólo entonces la mente tendrá esa percepción sutil que la capacitará para sentir la graciosa presencia de Dios. Por eso, antes de entrar en el lugar de meditación dejen afuera todo lo que es relativo.
En ciertos monasterios, los monjes que son muy estrictos no permiten a los visitantes hablar de sus cónyuges o hijos ni otras cosas mundanas, por importantes que parezcan ser. No es que desaprueben que una persona cumpla con su deber, sino que saben que la mente para ser espiritual debe participar del carácter de lo eterno. Debe existir con seguridad algún tiempo durante el día cuando ustedes se sientan absolutamente desligados; porque ser así es su naturaleza verdadera. Aunque en apariencia estén relacionados con la gente, ustedes saben que estas relaciones son transitorias. La naturaleza verdadera de ustedes es el desligamiento (o desapego), y es en esta condición de no relación con el mundo como deben iniciar la meditación.
Cumpliendo esas condiciones lograrán un progreso espiritual verdadero y apreciable. Pero aquí debo decirles que todas las prácticas espirituales, incluida la meditación, dependen de una cosa: un gran anhelo por la verdad. ¿Poseen ustedes ese anhelo? Podrán decir: “Yo no lo siento, ¿de qué me sirve entonces la meditación?” Pero es posible crear ese sentimiento. Pueden estimular el apetito de la mente por Dios. Cuando por cualquier medio se hace que la mente lo anhele, el sentimiento no es menos real que si viene espontáneamente. Si esperan que el tiempo les traiga un anhelo natural, podrá no llegar nunca. Ya que este anhelo es necesario, créenlo. Al comienzo su mente fluctuará, pero no se desanimen por estas actitudes inestables y, sobre todo, no se dejen vencer.
Un anhelo y una fe grandes son muy importantes en la práctica meditativa, pues sin un deseo intenso por Dios y fe en él la meditación resulta un esfuerzo a medias y con resultados estériles. Cuando no se pone interés en lo que se está haciendo, se vuelve una mera formalidad y el esfuerzo se abandona pronto.
Lo que se necesita es valor. Tengan siempre en mente esto: aquel que creó el mundo está todavía detrás de él y nunca nos dejará sufrir el hambre. Si en realidad queremos la verdad y estamos dispuestos a desechar lo erróneo y lo falso, nunca perderemos nada por seguir a la verdad. En otras palabras, no es que que las cosas vayan a suceder tal como lo deseamos, pero ocurrirán con un mínimo de sufrimiento y un máximo de beneficio.
Si su trabajo es honrado, podrán concebirlo como un trabajo para Dios. Ya se hallen frente a un escritorio o desempeñen las tareas del hogar, sea cual fuere la naturaleza de su trabajo, ofrézcanselo a Dios, aunque en apariencia lo hagan para otra persona. Si mecanografían veinte cartas y se las llevan a su patrón, que éste las firme, pero ustedes cierren los ojos y ofrézcanle todas ellas al Señor. De este modo darán un nuevo giro a sus pensamientos. Esta manera distinta de actuar al principio les parecerá extraña, pero de todos modos háganla. Poco a poco se revelará un significado más profundo y verán que no es lo que pensaban y se volverá altamente efectiva.
Siempre que hagamos algo por los demás o por nosotros mismos podemos pensar que lo hacemos para el Señor. Todo puede convertirse así en actividad espiritual. Habrá quienes de modo conciente y voluntario puedan hacer cosas directamente para Dios, ¡qué afortunados! Por esa razón las personas celebran cultos religiosos, ofrecen flores ante un altar, encendiendo velas e inciensos. Quizá a ustedes no les gusten esas prácticas, pero, ¿cómo pasar entonces las horas del día? Dense cuenta de que el tiempo y la energía se malgastan sirviendo al pequeño yo? ¿No es mejor ofrecerle a Dios lo que hacemos? Claro que no estoy insistiendo en que todos hagan rituales; cada quien ha de hacer lo que va de acuerdo con su temperamento espiritual. Pero de algún modo tendrán que descubrir cómo traer sus pensamientos, emociones y acciones hacia el servicio del Señor. Mientras más lo hagan, más cerca estarán de Él. Entonces, cuando se sienten a meditar todo lo demás se olvidará y sólo Dios llenará su corazón.
Quizá estén habituados a convencerse de la realidad de las verdades espirituales por medio del razonamiento. Pero en tanto ustedes no hayan experimentado estas verdades, permítanme decirles que la más grande bendición para ustedes sería encontrar a alguien que las hubiera realizado. La prueba de las verdades espirituales no yace en la razón, la argumentación o cualquier otra clase de demostración exterior. Su prueba reside en la sincera convicción transmitida por las palabras de un hombre que ha realizado lo que expresa. Aunque otros pueden diferir, creo que ésa es la única prueba objetiva en que se puede confiar.
Si esa persona iluminada me dijera: “Hijo mío, tú no eres en realidad este cuerpo y esta mente; el espíritu es tu naturaleza real, el inmortal y eterno ser es tu ser verdadero. Las cosas pasajeras no te pertenecen, trata de penetrar en las profundidades, trata de realizar tu ser verdadero”, yo me sentiría obligado a aceptar sus palabras y a actuar de acuerdo con ellas. Al oírlo, algo en su voz penetraría hasta lo más profundo de mi corazón, yo no podría resistirlo. ¡Cuánto deseo que todos ustedes puedan encontrar a alguien de cuyos labios salieran palabras semejantes! Entonces no podrían ponerlas en duda o desdeñarlas, y la convicción sobre su verdadera naturaleza y sobre su gloriosa meta aumentarían en su interior. Quizá por un tiempo el fracaso podría causarles desazón, pero finalmente dirán: “Muy bien, intentaré de nuevo”, y obtendrán la victoria.
Todo lo que les he dicho en estas páginas es lo que debe hacerse como preparativos para meditar. Pueden llevar su mente cada vez más cerca de Dios tomando las diversas medidas que he mencionado. Para concluir, recalcaré unos cuantos puntos: desempeñen cualquier trabajo que se les requiera, pero diríjanlo al Señor; así su mente no se perturbará. Sean desapegados; identifíquense con la eternidad, entonces la meditación será muy fácil. No permitan a su mente divagar; de otro modo, los pensamientos mundanos entrarán en ella y la nublarán. Esto no debe permitirse nunca. Antes de proceder a meditar, piensen en lo que les he sugerido.
Cuando en su mente no penetre nada extraño, se volverá calmada. Entonces, en el templo de su corazón empezarán a ver la faz radiante del Señor. Al meditar en ella la encontrarán más y más hermosa, y sumergidos en su infinita belleza olvidarán todo lo demás. Estarán por fin totalmente absortos en Él.
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