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Marzo 2010
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El Cuarto Camino: despertar de la conciencia
Roger Soley Alsina
“El hombre no se conoce. El hombre sueña, está dormido y no se recuerda de sí mismo. En ese estado no es dueño de sí y todo le sucede”
LA BÚSQUEDA PERSONAL
Cuando tenía cuatro años me acuerdo que soñaba con el Universo. Grande, infinito, oscuro… e imaginaba una pequeña línea de luz que representaba nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos. Inquietud, miedo, desconcierto. Muchas preguntas surgieron acerca del sentido de la vida. Crecí, estudié, trabajé… conseguí todo lo que una persona puede desear externamente… pero, seguía sin encontrar ese sentido, esa paz, esa felicidad de gozar plenamente de la vida cada día, en cualquier circunstancia. Busqué, viajé, probé, me decepcioné. Pero mi búsqueda no se detuvo. Chamanes, gnósticos, profesores de yoga, la India, Nepal, y tantos otros viajes. Una cosa siempre clara: necesitaba encontrar un Maestro vivo, alguien que me mostrara en el día a día la posibilidad y que me pudiese indicar la dirección. Leí, estudié, hablé con personas que estaban en supuestas escuelas de conocimiento. Cursos, seminarios, talleres,… pero nada producía en mi los cambios constantes en la dirección que deseaba. Años después, un día cualquiera, mi compañera me habló de la existencia de un cartel en donde se anunciaba una conferencia. Ella sabía de mi búsqueda: una escuela real. Encontré. Probé, estudié, hice esfuerzos y más esfuerzos y… mi vida empezó, ahora sí, a cambiar internamente y externamente. El camino sigue, es largo, requiere esfuerzos, día a día, paso a paso. Para cambiar hay que hacer algo distinto de lo que siempre hacemos, y eso no es simple. Para nacer hay que morir, y para eso es indispensable el despertar. El despertar de la conciencia.
Hoy leía una frase de Huxley: "La experiencia no es eso que sucede a un hombre. Es eso que un hombre hace con eso que le sucede". El hacer implica el conocerse, el saber utilizar las circunstancias externas en la dirección que deseamos, igual que el navegante experto que aun con viento en contra consigue proseguir su camino. Para eso hace falta estar presente.
El trabajo empieza por reconocer nuestro estado, y a través de la autoobservación y el estudio descubrir nuestro tipo psicológico así como aprender a reconocer el de los demás. A ese punto empezaremos a producir un equilibrio interno y a desarrollar una capacidad extraña en el hombre común, la capacidad de amar.
EL TRABAJO EN EL CUARTO CAMINO
“No crean nada, comprueben por ustedes mismos. La práctica es el camino”.
El primer punto, el punto del cambio, el punto del inicio es ver con claridad nuestra condición. Todos los que son tomados como ejemplos, por su grandeza, por su altura y profundidad de pensamiento, pueden ser colocados en la categoría de los despiertos. Todos estos hombres han producido una conciencia de su estado y del estado de todos los que están a su alrededor. Han sentido vergüenza y han decidido con firmeza abandonar aquella condición. Para hacerlo ha sido necesario algo, ¿qué? Un esfuerzo. El cambio no ocurre sin esfuerzo. Tienes que producir un esfuerzo.
A comienzos del siglo pasado el ruso G. I. Gurdjieff estableció en Occidente una escuela de conocimiento. Gurdjieff había recibido su saber de maestros sufíes orientales que le enseñaron a la usanza de las escuelas de la Tradición, es decir, por el método de transmisión oral. Agrupó ese conocimiento bajo el nombre de “El Cuarto Camino”. Parte de ese conocimiento lo transmitió en Occidente creándose a partir de entonces grupos de estudio que se extendieron por todo el mundo. Aun así Gurdjieff murió sin dejar otro maestro vivo, sólo estudiantes.
El Cuarto Camino considera al hombre como un ser dormido llamado a despertar. Dormido por la carencia de un conocimiento real de sí mismo, de su propia esencia. Por eso las enseñanzas y prácticas de las escuelas enmarcadas en el nombre de Cuarto Camino se dirigen a posibilitar su despertar.
El despertar del hombre debe empezar por el darse cuenta de su estado, que es el de incapacidad de mantenerse presente, mantener enfocada su atención y su falta de voluntad. El hombre en su estado mecánico se olvida de todo y de todos, principalmente de sí mismo. Asume compromisos que luego no puede mantener por falta de una real voluntad. En ese estado piensa de poder decidir libremente sobre su vida, y cuando recuerda las cosas que en realidad se había propuesto, simplemente se justifica para explicarse a sí mismo y a los demás su cambio de dirección. El hombre duerme y sueña vivir una vida propia e independiente, que por el contrario es fruto de la educación recibida. En ese estado persigue deseos fruto de sus cambios de yoes y los llama aspiraciones.
En este estado hipnótico el hombre vive como una máquina que reacciona a impulsos externos. Pero dado que duerme, no se da cuenda de todo esto y cree ser él mismo quien decide las respuestas que da, dispone y programa su vida. El hombre es alcanzado por una impresión externa y reacciona.
El trabajo sobre uno mismo debe producir la posibilidad de recibir una impresión, comprenderla y darle la respuesta adecuada creando la distancia necesaria entre nosotros y lo que nos alcanza. Eso permite valorar qué respuesta dar. No es posible no dar respuesta: el mundo continuamente nos estimula. Podemos, por tanto, producir para nuestra evolución las respuestas que consideremos más adecuadas para nuestra vida, produciendo aquellos pensamientos dirigidos hacia el resultado, aquellas emociones que pueden sostenernos y el estado físico necesario.
Esto produce un cambio total en nuestros hábitos que ya se habían vuelto surcos profundos, surcos que continúan llevándonos a nuestra rutina de siempre, a nuestros errores de siempre y que nos conducen continuamente al mismo punto de partida.
LOS YOES DEL HOMBRE
Otra idea fundamental que define el estado del hombre es la multiplicidad. Estamos constituidos de muchos yoes. Somos tantos, y cada uno de estos “yo”’ que surge a cada estímulo exterior (e interior) quiere tener predominio sobre los otros, y por algún tiempo lo consigue, aunque al rato es sustituido por otro que nos conduce en otra dirección. Y así ocurre que estamos tomados por todo y por nada al mismo tiempo, o simplemente que buscamos en tantas direcciones y nos reencontramos siempre en el punto de partida. ¿Se han encontrado el 1 de enero haciéndose cada año los mismos propósitos? Los años pasan, vivimos muchas experiencias, pero casi sin ninguna dirección.
La educación recibida es lo que nos empuja a tener un comportamiento en lugar de otro y determina las respuestas que damos, funcionando con memorias o respuestas automáticas que nos alejan de vivir el momento presente.
¿Alguna vez nos hemos dado cuenta de que usamos las mismas frases de las personas con quienes vivimos mayormente?, ¿de que hacemos los mismos gestos o adoptamos las mismas posturas? Es sobre todo después de los 35 años que se hace más evidente el uso en particular de lo que hemos aprendido de nuestros padres y de las personas que han sido cercanas en los primeros siete años de nuestra vida. Es este entorno el que crea nuestros “hábitos”, nuestra “moral” y nuestro “lenguaje”.
Así, tanto las preguntas como las respuestas no son nuestras, nos han sido dadas: son anteojos. No razonamos con nuestra cabeza, lo hacemos con la cabeza de nuestros padres, abuelos, o bien por las influencias del barrio en el que nacimos, vivimos y crecimos. Al volvernos adultos aquello que antes era sólo una costumbre, un modo de hacer y de decir, se vuelve un condicionamiento. ¿Nos damos cuenta de que cuando decimos “es así”, “se hace de este modo”, “es mejor esto que aquello”, todo esto condiciona a nosotros mismos y a las personas que viven con nosotros?
De esto estamos hablando. Estamos llenos de condicionamientos. Los condicionamientos no nos dan la posibilidad de interactuar con las cosas, con las personas, con los acontecimientos, sino que crean una cortina. Los condicionamientos se vuelven pronto convicciones, controlan todos los aspectos de nuestra vida. Y las convicciones con el tiempo se convierten en la moral, y con el pasar de los años los usos y costumbres, esas reglas sociales que caracterizan y distinguen un pueblo de otro.
La posibilidad es aprender a tener conciencia de esto y no alimentar el prejuicio o la diferencia, sino utilizarlo para ampliar nuestros puntos de vista y mejorar nuestra comunicación con las personas que encontramos cada día.
Las convicciones son los barrotes invisibles de nuestra prisión. ¿Nos damos cuenta de que vivimos en una prisión, de que somos esclavos de nuestros propios deseos y necesidades? ¿En cierto modo de no poder evitarlo? Es muy importante que nos demos cuenta de que vivís en una celda, porque esto es el principio del recorrido en busca de uno mismo y de nuestra posible liberación. Mayor es la conciencia de nuestro estado, mayor será el deseo de salir de él y estaremos dispuestos a ponernos temporalmente bajo la voluntad de otro que nos indique la mejor vía para evadirnos.
El evadido, he aquí una de las cosas necesarias para nuestra evasión. Es el entrenador, aquel que con su vida da testimonio de la posibilidad de ser hombres libres, el que transforma los condicionamientos en condiciones y sabe cómo aprovechar todos los acontecimientos, todas las impresiones que lo alcanzan. Es el que transforma la ley del accidente en la ley de causa y efecto.
La segunda cosa necesaria para la propia evasión es el grupo: personas que tienen tu mismo deseo, la misma aspiración y son tus cómplices en la preparación del plan de fuga. Un grupo de personas que a pesar de diferentes condicionamientos educativos, tienen el deseo fuerte y común de despertarse y que tiene la función recordarte el compromiso contigo mismo y hacen continuamente de espejo: lo que ves en ellos es lo que te corresponde. ¿Nos damos cuenta de que solos no podemos hacer mucho?, ¿de que olvidamos, nos cansamos, nos justificamos? El hombre es demasiado perezoso. Por esto hay un acuerdo preciso con los componentes del grupo y se hacen observaciones compartidas sobre todo lo que uno verifica en sus 24 horas. Y por esto la vida se hace llena, intensa, descubriendo continuamente nuevos espacios vacíos, nuevas estrategias, nuevas funciones.
Aparte de grupo, ¿qué hace falta para evadirse? Herramientas: la lima para los barrotes, las sábanas para huir por la ventana, un mapa de la prisión. La herramienta principal que se utiliza es la observación de sí: si vivimos en el sueño y no nos conocemos, ¿cómo podemos saber cómo evadirnos de nuestra prisión? Observación de sí, neutra, no analítica, no el estudio sutil del porqué nos ocurren algunas en lugar de otras, simplemente, y por bastante tiempo, observar y recoger datos, para autodefinirnos, para conocerse a sí mismo.
Todo esto no puede ocurrir si el trabajo no está organizado, estructurado, siguiendo un conjunto de ideas completo. Esto es lo que se hace en una Escuela de Conocimiento, un lugar donde es posible experimentar una nueva vida, una nueva realidad. Donde el sueño se interrumpe y empieza la vida real. ¿Qué distingue una Escuela de las otras?
Hay tres caminos: la vía del fakir, la vía del monje y la vía del yogui. A cada una de estas corresponde cierto tipo de escuela con sus características peculiares y distintivas. La vía del fakir es para aquellos hombres que están fuertemente condicionados por su cuerpo, y da resultados que pueden obtenerse trabajando casi exclusivamente sobre éste. En la India se encuentran todavía en algunos templos hombres que han adoptado una postura y que la mantienen por años, tanto da no poderla modificar más. Esto produce seguramente la capacidad de un gran control del propio cuerpo, pero no el de las emociones ni del pensamiento. Por el contrario la vía del monje es para aquellos hombres que tienen fe en Dios, es decir en una dimensión mayor, que no contienen, ni alcanzan a contactar. El trabajo involucra particularmente las emociones, y su control, purificándolas de todo lo que no sea la elevación y la dedicación a Dios. La vía del yogui, por el contrario, trabaja principalmente sobre la mente y sobre la capacidad de dirigir los propios pensamientos y hacer de manera que no se dispersen en imaginaciones, sino que estén encauzados a alcanzar el conocimiento.
Todas las vías tienen en común el mismo, gran objetivo: reducir lo que nos lleva fuera, lejos de nosotros mismos, y potenciar lo que puede ser ventajoso para nuestra vida. En busca de la eternidad, de la felicidad, de la inmortalidad.
Existe otra posibilidad, la que se ha llamado vía del hombre ladino, o Cuarto Camino. Comprende todo lo que hemos presentado en las otras tres; para éste el trabajo de conocimiento se lleva a cabo en los tres planos: físico, emotivo y mental. De este modo no sólo los resultados serán mayores, y el resultado se conseguirá más velozmente, también se conseguirá un desarrollo armónico de nuestra máquina.
Suyas son las prerrogativas de esta vía: la primera es que no se te requiere de abandonar nada para seguir la vía, por el contrario, dice que allí donde la encuentras, allí es donde te llama, allí están la situación, el tiempo, las circunstancias mejores donde puedes trabajar sobre ti mismo. Y por tanto no te pide dejar el lugar donde habitas, la familia, el trabajo, sino que todas estas situaciones accidentales son aquello que te han permitido encontrar la “posibilidad”.
LO MEJOR DEL BUSCADOR Y SUS CAMINOS
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