Recuadro en tipo chico
Somos sólo vagamente conscientes de una luz en la que ponemos nuestro ser interior: como un punto luminoso que resplandece en una noche sin luna. Pero, ¿cómo podemos llegar? ¿Cómo podemos volver a él y en él perdernos?
Nace así el esquema de la compleja representación simbólica del drama de la desintegración y de la reintegración: el mandala, en el que este doble proceso se expresa por símbolos que, si son correctamente leídos por el iniciado, suscitan la experiencia psicológica liberadora.
No debe pensarse que la representación plástica del mandala sea propia sólo de los budistas. Éstos solamente han elaborado con mayor precisión una intuición antiquísima que, con el andar del tiempo, ha venido aclarando, sacando provecho, al menos en el esquema exterior, hasta de concepciones foráneas.
Mandala significa cerco. Ante todo el mandala delínea la superficie consagrada y la preserva de la invasión de las fuerzas disgregadoras simbolizadas en ciclos demoniacos. Pero es mucho más que una simple superficie consagrada y conservada pura para fines rituales y litúrgicos. Es, ante todo, un cosmograma, el universo entero en su esquema esencial, en su proceso de emanación y reabsorción: el universo no sólo en su inerte extensión espacial, sino como revolución temporal; y una y otra como proceso vital que se desarrolla por un principio esencial y rota alrededor de un eje, la montaña Sumeru, el axis mundi sobre el que se apoya el cielo y que hunde las bases en el subsuelo misterioso. Ésta es una concepción panasiática a la que contribuyeron a dar claridad y precisión las ideas cosmográficas expresadas en el zikurrat asirio-babilónico, luego reflejadas en el esquema de la ciudad imperial de los reyes iranios y en la imagen ideal del palacio del cakravartin, el monarca universal de las tradiciones indias. Dichas equivalencias y teorías cosmográficas se amoldan a intuiciones primitivas según las cuales el sacerdote o el mago delimitan sobre la tierra una superficie sacra; ésta no sólo representa una defensa, una protección de las fuerzas arcanas que amenazan el lugar o la integridad psíquica del que cumple la ceremonia, sino también, por transposición mágica, el mundo mismo; allí el celebrante se identifica, poniéndose en el centro, con las fuerzas que regulan el universo y recoge en sí la potencia taumatúrgica.
Giuseppe Tucci
(Teoría y práctica del mandala)
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