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EL BUSCADOR

 

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MAYO 2008

 

 

Igdrasil

El árbol Igdrasil florece y se marchita por sus propias leyes, demasiado profundas para que las escrutemos. Y, no obstante, florece y se marchita, y cada una de sus ramas y cada una de sus hojas están allí por leyes fijas y eternas. Cosa curiosa e insuficientemente considerada: así como todas las cosas cooperan con el todo, sin que una hoja desprendida del árbol y pudriéndose por los senderos deje de formar indisoluble parte de los sistemas solar y estelario, no hay t ampoco pensamiento, palabra ni acción humana que no provenga de todos los demás hombres y que no trabaje influyendo más o menos tarde, de un modo conocido o desconocidamente, sobre los demás hombres. Podemos comparar la cosa a un árbol: la circulación de la savia y demás influencias, la mutua combinación de la hoja más indiferente con la fibra más íntima de una raíz con todas y cada una de las demás partes grandes y pequeñas del todo. El árbol Igdrasil tiene sus raíces en lo más profundo de los reinos de Hela y de la Muerte y extiende sus ramas levantándolas a lo más alto del cielo.
Thomas Carlyle

El árbol Yggdrasill, situado en el “centro”, simboliza y al mismo tiempo constituye el universo. Su cima toca al cielo y sus ramas abarcan el mundo. Una de sus raíces se hunde en el país de los muertos, la otra llega al país de los gigantes y la tercera al mundo de los hombres. Desde que brotó, es decir, desde que el mundo fue ordenado por los dioses, Yggdrasill estuvo amenazado de ruina, pues un águila comenzó a devorar su follaje, su tronco empezó a pudrirse y la serpiente Niddhog se puso a roerle las raíces. Un día no muy lejano Yggdrasill caerá, y entonces sobrevendrá el fin del mundo.
... conviene subrayar los rasgos específicamente germánicos: el árbol –es decir, el cosmos– anuncia ya por su misma aparición la decadencia y la ruina final; el destino, Urdhr, está oculto en el pozo subterráneo en que se hunden las raíces de Yggdrasill, dicho de otro modo: en el centro mismo del universo. Según la Voluspá, la diosa del destino determina la suerte de todo ser viviente, no sólo de los hombres sino también de los dioses y de los gigantes. Podríamos decir que Yggdrasill encarna el destino ejemplar y universal de la existencia; todo modo de existir –el mundo, los dioses, la vida, los hombres– es perecedero pero susceptible, sin embargo, de resurgir al comienzo de un nuevo ciclo cósmico.
Mircea Eliade.

 



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