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MAYO 2009

 

 

Mitos, misterios y símbolos
René Guénon

Las consideraciones que acabamos de exponer nos conducen de manera natural a examinar otro problema conexo, el de las relaciones del símbolo con lo que se llama el “mito”; sobre este tema, en principio debemos destacar que cierta degeneración del simbolismo ha dado lugar a la “mitología”, tomando esta última palabra en el sentido que se le da habitualmente, y que en efecto es exacto cuando se trata de la antigüedad llamada “clásica”, pero que no podría aplicarse válidamente fuera de ese periodo de las civilizaciones griega y latina. También pensamos que en cualquier parte conviene evitar el empleo de este término, que sólo puede dar lugar a molestas equivocaciones y asimilaciones injustificadas; pero si el uso impone esta restricción, es necesario decir sin embargo que la palabra “mito”, en sí misma y en su significado original, no contiene nada que marque tal degeneración, en suma bastante tardía, y debida a una incomprensión más o menos completa de lo que subsistía de una tradición muy anterior. Conviene agregar que sí se puede hablar de “mitos” en lo que concierne a esta misma tradición, con la condición de restablecer el verdadero sentido de la palabra y de separar todo lo que demasiado a menudo se le adhiere de “peyorativo” en el lenguaje corriente; no había allí, en todo caso, “mitología, tal como la entienden los modernos, no siendo ésta más que un estudio emprendido “desde el exterior”, e implicando por consecuencia, podría decirse, una incomprensión de segundo grado.
La distinción que a veces se ha querido establecer entre “mitos” y “símbolos” en realidad no está fundamentada: para algunos, mientras que el mito es un texto que presenta otro sentido que aquél que las palabras que lo componen expresan directa y literalmente, el símbolo es esencialmente una representación figurada de ciertas ideas por medio de un esquema geométrico o un diseño cualquiera: el símbolo sería entonces propiamente un modo gráfico de expresión y el mito un modo verbal. Si seguimos lo que hemos explicado antes con relación al significado del símbolo, hay allí una restricción totalmente inaceptable, porque toda imagen que es tomada para representar una idea, para expresarla o sugerirla de una manera cualquiera y a cualquier grado que sea, por ello mismo es un símbolo, lo que vuelve a lo mismo, a un símbolo de esa idea; poco importa que se trate de una imagen visual o cualquier otra clase de imagen, porque eso no introduce aquí ninguna diferencia esencial y no cambia absolutamente nada el principio mismo del simbolismo. En todos los casos, éste se basa siempre en una relación de analogía o de correspondencia entre la idea que se trata de expresar y la imagen gráfica, verbal u otra, por la cual se expresa; desde ese punto de vista, completamente general, las palabras en sí mismas no son y no pueden ser otra cosa que símbolos. Hasta se podría, en lugar de hablar de una idea y de una imagen como acabamos de hacerlo, hablar más generalmente aún de dos realidades cualesquiera, de órdenes diferentes, entre las cuales hay una correspondencia que a la vez se fundamenta en la naturaleza de una y de la otra: en esas condiciones, una realidad de un orden puede ser representada por una realidad de otro orden, y ésta entonces es un símbolo de aquella.
Habiendo así recordado el principio del simbolismo, vemos que éste es evidentemente susceptible de una multitud de modalidades diversas; el mito no es más que un simple caso particular, constituyendo una de esas modalidades; podría decirse que el símbolo es el género y que el mito es una de las especies. En otras palabras, se puede encarar un texto simbólico tan bien y con el mismo título que un diseño simbólico, o que muchas otras cosas más que tienen el mismo carácter y juegan el mismo rol; los mitos son textos simbólicos lo mismo que las “parábolas” que, en el fondo, no difieren esencialmente de ellos;1 no nos parece que exista allí algo que pueda dar lugar a la menor dificultad, una vez comprendida la noción general y fundamental del simbolismo.
Pero dicho esto, hay lugar para precisar el significado propio de la palabra “mito” en sí misma, que puede conducirnos a ciertas observaciones que no carecen de importancia, y que se ligan al carácter y a la función del simbolismo encarado en el sentido más determinado, el cual se distingue del lenguaje ordinario y hasta, desde cierto punto de vista, se le opone. Comúnmente se ve esa palabra “mito” como sinónimo de fábula, entendiendo simplemente por ello una ficción cualquiera, lo más a menudo revestida de un carácter más o menos poético; eso es efecto de la degeneración de la que hablábamos al comienzo, y los griegos, a cuya lengua se adjudica este término, tienen ciertamente su parte de responsabilidad en lo que es, a decir verdad, una alteración profunda y una desviación del sentido primitivo. En efecto, entre ellos la fantasía individual comienza bastante pronto a darse libre curso en todas las formas del arte, el cual, en lugar de permanecer propiamente hierático y simbólico como en los egipcios y los pueblos de Oriente, toma rápidamente una dirección totalmente distinta, apuntando mucho menos a la instrucción que al placer, y dando como resultado producciones cuya mayor parte están casi desprovistas de todo significado real y profundo (salvo en lo que pudiese aún subsistir allí, aunque fuera inconscientemente, de elementos que hayan pertenecido a una tradición anterior), en donde, en todo caso, no se encuentran más rasgos de esta ciencia eminentemente “exacta” que es el verdadero simbolismo. En suma, allí está el comienzo de lo que puede llamarse el arte profano y éste coincide sensiblemente con el pensamiento igualmente profano que, debido al ejercicio de la misma fantasía individual en otra área, debía ser conocido bajo el nombre de “filosofía”. La fantasía de la que se trata se ejerce en particular sobre los mitos preexistentes: los poetas, que desde entonces no fueron más escritores sagrados como en el origen, y no poseyendo más la inspiración “suprahumana”, al desarrollarlos y modificarlos al grado de su imaginación, rodeándolos de elementos superfluos y vanos, los oscurecieron y desnaturalizaron, tanto que a menudo devino muy difícil volver a encontrar el sentido y extraerle los elementos esenciales, salvo por comparación con los símbolos similares que pueden encontrarse en otras partes y que no han sufrido la misma deformación; y finalmente puede decirse que el mito no fue más que, al menos para la mayoría, un símbolo incomprendido, lo mismo que ha quedado para los modernos. Pero eso no es más que el abuso y, podríamos decir, la “profanación” en el sentido propio de la palabra; lo que es necesario considerar es que el mito, antes de toda deformación, era esencialmente un discurso simbólico, como dijimos antes, y que esa era su única razón de ser; desde este punto de vista, “mito” no es enteramente sinónimo de “fábula”, porque esta última palabra (del latín fabula, de fari, hablar) sólo designa etimológicamente un texto cualquiera, sin especificar el carácter o la intención; por otra parte, también el sentido de “ficción” se ha adherido posteriormente. Y hay más: estos términos de “mito” y de “fábula”, que han llegado a tomarse como equivalentes, derivan de raíces que en realidad tienen un significado totalmente opuesto, porque la raíz de “fábula” designa la palabra, mientras la de “mito”, por extraño como pueda parecer a primera vista cuando se trata de un texto, designa por el contrario el silencio.
En efecto, la palabra griega mythos, “mito”, viene de la raíz my, y ésta (que vuelve a encontrarse en el latín mutus, mudo) representa la boca cerrada y, por consiguiente, el silencio;2 he ahí el sentido del verbo myein, cerrar la boca, callarse (y por extensión, significa también cerrar los ojos, propia y figurativamente); el examen de algunos de los derivados de este verbo es particularmente instructivo. Así, de myô (en infinitivo myein) se derivan directamente otros dos verbos que sólo difieren de él muy poco por su forma, myaô y myeô; el primero tiene las mismas acepciones que myô, y es necesario unirle otro derivado, mullô, que significa cerrar los labios y también murmurar sin abrir la boca.3 En cuanto a myeô, y he aquí lo que es más importante, significa iniciar (a los “misterios”, cuyo nombre también se deriva de la misma raíz como se verá en su momento, y precisamente por intermedio de myeô y mystês) y, por derivación, a la vez instruir (en principio instruir sin palabras, tal como efectivamente se hacía en los misterios) y consagrar; deberíamos decir en primer lugar consagrar, si se entiende por “consagración”, como normalmente se dice, la transmisión de una influencia espiritual, o el rito por el cual es regularmente transmitida; y de esta última acepción ha provenido más tarde para la misma palabra, en el lenguaje eclesiástico cristiano, la de conferir la ordenación, que en efecto es también en ese sentido una “consagración”, aunque en un orden diferente que el orden iniciático.
Pero, se dirá, si la palabra “mito” tiene tal origen, ¿cómo es que ha podido servir para designar un discurso de cierto género? Es que esta idea de “silencio” debe relacionarse aquí a cosas que, en razón de su misma naturaleza, son inexpresables, al menos directamente y por medio del lenguaje ordinario; efectivamente, una de las funciones generales del simbolismo es la de sugerir lo inexpresable, de hacerlo presentir, o mejor “asentir”, por las transposiciones que permite efectuar de uno a otro orden, del inferior al superior, de lo que es más inmediatamente aprensible a aquello que sólo lo es mucho más difícilmente; y tal es precisamente el primer destino de los mitos. Por otra parte, es así que, hasta en la época clásica, también Platón recurrió al empleo de los mitos cuando quiso exponer concepciones que sobrepasaban el contenido de sus habituales medios dialécticos; y estos mitos que no eran para nada “inventados” sino sólo “adaptados”, porque llevaban la marca incontestable de una enseñanza tradicional (como también la llevan ciertos procedimientos que utiliza para la interpretación de las palabras, y que son comparables a los del nirukta de la tradición hindú),4 esos mitos, decimos, están bien lejos de no ser más que los ornamentos literarios más o menos descuidados que muy a menudo ven allí los comentadores y “críticos” modernos, para quienes es seguramente mucho más cómodo apartarlos así como así, sin darles otro examen que una explicación apenas aproximativa; por el contrario, ellos responden a lo que hay de más profundo en el pensamiento de Platón, lo más librado de las contingencias individuales, y que él no puede, a causa de esta misma profundidad, expresar más que simbólicamente; a menudo la dialéctica contiene en él una cierta parte de “juego”, lo que es propio de la mentalidad griega, pero cuando la abandona por el mito, se puede estar seguro que el juego ha terminado y que se trata de cosas que de alguna manera tienen un carácter “sagrado”.
En el mito, lo que se dice es entonces otra cosa que aquello que quiere decirse; podemos destacar también lo que significa la palabra “alegoría” (de allo agoreuein, literalmente “decir otra cosa”), que aún nos da otro ejemplo de las desviaciones de los sentidos debidas al uso corriente porque, de hecho, actualmente no designa más que una representación convencional y “literaria”, de intención únicamente moral o psicológica y que, a menudo, entra en la categoría de lo que comúnmente se llama las “abstracciones personificadas”; apenas es necesario decir que nada podría estar más lejos del verdadero simbolismo. Pero, para volver al mito, si él no dice lo que quiere decir, lo sugiere por la correspondencia analógica que es el fundamento y la esencia de todo simbolismo; así, podría decirse, se guarda silencio al mismo tiempo que se habla, y es por ello que el mito ha recibido su designación.5
Nos queda, además, llamar la atención sobre el parentesco de las palabras “mito” y “misterio”, surgidas ambas de la misma raíz: la palabra griega mystêrion, “misterio”, se relaciona directamente, también ella, con la idea de “silencio”; y éste, por otra parte, puede interpretarse en muchos sentidos diferentes, pero ligados uno al otro, y de los cuales cada uno tiene su razón de ser desde cierto punto de vista. En principio destaquemos que, después de la derivación que anteriormente indicamos (de myeô), el sentido principal de la palabra es el que se refiere a la iniciación, y en efecto, es necesario entender lo que eran los llamados “misterios” en la antigüedad griega. Por otra parte, lo que todavía muestra el destino verdaderamente singular de ciertas palabras, es que otro término estrechamente emparentado a los que venimos haciendo mención es, como ya lo hemos indicado, aquél de “místico” que, etimológicamente, se aplica a todo lo que concierne a los misterios: mystikos, en efecto, es el adjetivo de mystês, iniciado; equivale entonces originalmente a “iniciático” y designa todo lo que se relaciona con la iniciación, su doctrina y su objeto (pero en ese sentido antiguo jamás puede ser aplicado a personas); aunque en los modernos, esta misma palabra “místico”, la única entre todos esos términos de tronco común, ha llegado a designar exclusivamente algo que, como ya hemos visto, no tiene absolutamente nada en común con la iniciación, y que hasta tiene caracteres opuestos desde ciertos puntos de vista.
Volvamos ahora a los diversos sentidos de la palabra “misterio”: en el sentido más inmediato, de buen grado diríamos el más grosero o al menos el más exterior, el misterio es de lo que no se debe hablar, sobre lo cual conviene guardar silencio, o aquello que está prohibido hacer conocer afuera; es así como se lo entiende más comúnmente, hasta cuando se trata de misterios antiguos; y en la acepción más corriente que ha recibido ulteriormente, la palabra casi no ha guardado otro sentido que ése. Sin embargo, esta prohibición de revelar ciertos ritos y ciertas enseñanzas debe en realidad (teniendo en cuenta la parte de las circunstancias que han podido seguramente jugar allí perfectamente un rol, pero que jamás han tenido más que un carácter puramente contingente) ser sobre todo encarada como teniendo, también ella, un valor de símbolo; nosotros ya nos hemos explicado sobre este punto al hablar de la verdadera naturaleza del secreto iniciático. Tal como hemos dicho, lo que se llama la “disciplina del secreto”, que era de rigor tanto en la iglesia primitiva como en los antiguos misterios (y los adversarios religiosos del esoterismo harían bien en recordarlo), está muy lejos de únicamente parecer una simple precaución contra la hostilidad, además de muy real y a menudo peligrosa, debido a la incomprensión del mundo profano; nosotros vemos allí otras razones de un orden mucho más profundo y que pueden ser indicadas por los otros sentidos contenidos en la palabra “misterio”. Por otra parte podemos agregar que no es una simple coincidencia que exista allí una estrecha similitud entre las palabras “sagrado” (sacratum) y “secreto” (secretum); en un caso y en otro, se trata de lo que es puesto aparte (scernere, poner aparte, de donde el participio secretum), reservado, separado del dominio profano; asimismo, el lugar consagrado y llamado templum, cuya raíz tem (que vuelve a encontrarse en el griego temnô, cortar, sustraer, separar, de donde temenos, reciento sagrado) expresa también la misma idea; y la “contemplación”, cuyo nombre proviene de la misma raíz, se une también a esta idea por su carácter estrictamente interior.6
Siguiendo el segundo sentido de la palabra “misterio” que ya es menos exterior, designa lo que se debe recibir en silencio,7 eso sobre lo cual no se debe discutir; desde ese punto de vista, todas las doctrinas tradicionales, comprendidas en ellas los dogmas religiosos que constituyen ahí un caso particular, pueden ser llamados misterios (extendiéndose entonces la acepción de esa palabra a otros dominios que el orden iniciático, pero donde igualmente se ejerce una influencia “no humana”), porque esas son verdades que, por su naturaleza esencialmente supraindividual y suprarracional, están sobre toda discusión.8 Ahora bien, puede decirse para unir ese sentido al primero, que difundir desconsideramente entre los profanos los misterios así entendidos, es librarlos inevitablemente a la discusión, procedimiento profano por excelencia, con todos los inconvenientes que de ello pueden resultar y que resume perfectamente la palabra “profanación” que ya empleamos anteriormente con otro propósito, y que aquí debe ser tomada en su acepción más literal y completa a la vez; el trabajo destructivo de la “crítica” moderna frente a toda tradición es un ejemplo demasiado elocuente de lo que queremos decir como para que sea necesario insistir más en ello.9
Finalmente, hay un tercer sentido, el más profundo de todos, siguiendo el cual el misterio es propiamente inexpresable, que no se puede más que contemplar en silencio (y conviene recordar aquí lo que siempre decimos del origen de la palabra “contemplación”); y, como lo inexpresable es por ello y al mismo tiempo lo incomunicable, la prohibición de revelar la enseñanza simboliza, desde este nuevo punto de vista, la imposibilidad de expresar con palabras el verdadero misterio de la cual esta enseñanza no es más que, por así decir, la vestimenta, manifestándola y velándola en un solo conjunto.10 La enseñanza que concierne a lo inexpresable sólo puede evidentemente sugerirlo con la ayuda de imágenes apropiadas, que serán como los soportes de la contemplación; según lo que hemos explicado, esto quiere decir que una enseñanza tal toma necesariamente la forma simbólica. Tal fue siempre, en todos los pueblos, uno de los caracteres esenciales de la iniciación a los misterios, por cualquier nombre que por otra parte se les haya designado; se puede decir entonces que los símbolos, y en particular los mitos cuando esta enseñanza se traduce en palabras, constituyen verdaderamente, en su destino primero, el lenguaje mismo de la tradición.

 

1 Es interesante destacar que lo que en la masonería se llaman las “leyendas” de los diferentes grados entran en esta definición de los mitos, y que la “puesta en acción” de esas “leyendas” muestra bien que ellas están verdaderamente incorporadas a los ritos mismos, de los cuales es absolutamente imposible separarlas; lo que hemos dicho de la identidad esencial del rito y del símbolo se aplica muy claramente en este caso.
2 El mutus liber de los hermetistas es literalmente el “libro mudo”, es decir, sin comentario verbal, pero es también y al mismo tiempo, el libro de los símbolos, en tanto que el simbolismo puede verdaderamente ser visto como el “lenguaje del silencio”.
3 El latín murmur no es, por otra parte, más que la raíz mu prolongada por la letra r repetida, de manera que representa un sonido sordo y continuo producido con la boca cerrada.
4 Para ejemplos de esta clase de interpretación, ver sobre todo el Cratilo.
5 Se puede remarcar que allí está lo que significan también estas palabras de Cristo, que confirman bien la identidad funcional del “mito” y de la “parábola” que hemos señalado antes: “Para aquellos que están afuera (expresión que equivale exactamente a la de “profanos”), les hablo en parábolas, de manera que viendo no vean y que escuchando no entiendan” (Mateo 13, 13; Marcos 4, 11-12; Lucas 8, 10). Se trata aquí de aquellos que sólo aprehenden lo dicho literalmente, que son incapaces de ir más allá para alcanzar lo inexpresable y que, en consecuencia, “no les ha sido dado conocer el misterio del Reino de los Cielos”. En el empleo de la palabra “misterio” en esta última frase del texto evangélico, es de destacar que está relacionado especialmente con las consideraciones que siguen a continuación.
6 Es entonces etimológicamente absurdo hablar de “contemplar” un espectáculo exterior cualquiera, como comúnmente lo hacen los modernos, para quienes y en todo caso parece que el verdadero sentido de las palabras se ha perdido completamente.
7 Todavía se podría recordar aquí la prescripción del silencio impuesta otras veces a los discípulos en ciertas escuelas iniciáticas, entre otras la escuela pitagórica.
8 Ésta no es otra cosa que la infalibilidad, misma que es inherente a toda doctrina tradicional.
9 Ese sentido de la palabra “misterio”, que igualmente está ligado a la palabra “sagrada” en razón de lo que hemos dicho antes, se marca muy claramente en este precepto del Evangelio: “No déis las cosas santas a los perros, y no arrojéis las perlas delante de los cerdos, por miedo a que las pisoteen con sus patas, y que volviéndose contra vosotros, no os despedacen” (Mateo 7, 6). Se destacará que los profanos están representados simbólicamente aquí por los animales considerados como “impuros”, en el sentido propiamente ritual de esa palabra.
10 La concepción vulgar de los “misterios”, sobre todo cuando es aplicada al dominio religioso, implica una confusión manifiesta entre “inexpresable” e “incomprensible”, confusión que es totalmente injustificada, salvo relativamente a las limitaciones intelectuales de ciertas individualidades.

 

(capítulo 17 del libro Apreciaciones sobre la iniciación)

 



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