Tres obras tántricas
De la palabra al cuerpo al espíritu
(La práctica del tantrismo)

Pierre Bédard
A semejanza de todas las grandes religiones y esoterismos del mundo, el budismo posee una triada fundamental que, en lugar del tejido de abstracciones tan preciado para las vías occidentales, será manifestada por diversos elementos todos verificables por la experiencia del meditador. Esta triada se resumirá primero en una conciencia permanente del cuerpo en todas sus funciones, incluida y sobre todo, su sexualidad. Enseguida vendrá la palabra, la cual tiene aquí dos significados a saber: el habitual en Occidente de enseñanza en lo que uno recibe y da de conocimiento y el de verbo creador. Por último vendrá, para cerrar el triángulo, el espíritu, que es al mismo tiempo nuestra conciencia individual y la del mundo. Estas tres realidades se entrelazan y de su interacción emana nuestra encarnación, así el sistema aprehendido de creación del mundo no está en algún cosmos inaprehensible sino más simplemente en cada uno de nosotros.
Según una traducción aproximada y entintada de ciertas nociones culturales, este cuerpo será designado en el budismo por el término Buda, cuya sílaba simbólica es el Om, la palabra (o comunicación) portará el simbólico nombre de dharma sintetizado en la sílaba Ah y, finalmente, el espíritu estará condensado en la referencia sangha, que se resume en el bien conocido Hum.
Habiendo logrado este sistema cosmogónico y psicológico casi perfecto, el budismo se encontró de pronto muy solo en su sabiduría y, por ello, desprovisto a veces de medios para actualizar su compasión. Entonces hizo lo que hacen todos los sistemas de pensamiento en riesgo de zozobrar en sus propios meandros filosóficos: partió en busca de una vía esotérica de manifestación de su función. Fue así como en varias décadas el Tantra, producto del neolítico, precursor de todas las vías rápidas de liberación y madurado en el regazo del hinduismo, fue adoptado por el budismo para servirle de esoterismo. Así el Tantra enlaza su triada tradicional hecha de Shiva/el cielo/el espíritu, Shakti/la tierra/la palabra creadora y el mundo manifestado/el cuerpo, a la del budismo. Miembro por naturaleza de la noble familia de las vías rápidas y por lo tanto, iniciático y simbolista, el Tantra representa el todo y sobre todo él mismo según las formas simbólicas, ahí donde el reconocimiento entre sí mismo, la realidad y el trascenderla es más fácil.
De esta interpenetración entre budismo y tantrismo quisimos dar testimonio al escribir la trilogía cuyo último tomo publica este mes la editorial Yug con el título La práctica del Tantra. Además nos pareció esencial, en estos tiempos puritanos, señalar en cada una de estas obras las fuentes y pendientes sensuales de todas y cada una de las aplicaciones tántricas.
La primera de estas obras, titulada Qué es el Tantra, presenta el gran marco del pensamiento esotérico y el lugar privilegiado que ocupa el Tantra en éste; constituye así una iniciación en este complejo tema para el espíritu occidental sin por ello hundirse en el academismo. Al exponer el cuerpo del método, ocupa aquí el lugar de Buda y permite al lector penetrar en la triada sagrada descrita al inicio.
En todo mandala inicial, los círculos de protección representan este cuerpo a la vez como lugar en cuyo interior se juega la experiencia meditativa y como marco de un lugar sagrado en el cual el iniciado es al mismo tiempo el detentador, el protector y el vehículo. Él es la sede de la experiencia y la memoria a corto plazo de ésta. Por tal razón él se vuelve guardián y garantía de la práctica personal, herramienta esencial de todo proceso.
Literalmente el término Buda significa perfección. Por eso en este nivel la práctica esencial consiste en percibir, a través de la muy delgada capa sufriente (producto por lo general de la cultura más que de la experiencia) la belleza del mundo y la perfección de nuestra presencia y nuestra función en él (muy lejos del “valle de lágrimas” de las obras fundadoras del judeocristianismo). No obstante, aún permanecemos en la noción de cuerpo formal estable en su perfección y, por lo tanto, del lado del deseo.
El segundo término de la propuesta, la palabra, tiene a nivel profano el sentido y la función de enseñanza en general budista, pero podría muy bien definir también a toda palabra de compasión. Sin embargo, en cuanto franqueamos los umbrales del esoterismo, el valor del término cambia radicalmente y a partir de ahí hallamos en esta palabra la noción de verbo creador, función reservada a los dioses, ahí donde uno cree pero reconocida en esoterismo como el privilegio de todo humano avanzado en su proceso y que se siente cómodo en él. Aquí nos salimos de los grilletes religiosos y felizmente es así porque de otro modo, la continuación del proceso sería muy difícil.
En el mandala, esta noción de dharma o palabra se simboliza por los espacios intermedios, divididos en cuatro cuadrantes que representan cada uno de los elementos y sus interacciones y constituyen así los materiales básicos, así como el entorno de creación de nuestra realidad. El único testimonio en nuestra vida de una interacción tal nos lo aportan los sentidos, que como todos sabemos por experiencia, tienen la curiosa tendencia a enloquecer y hundirse en un imaginario en ocasiones casi delirante.

Mandala
A este “espacio de conciencia” se le da en sicología el nombre de subconsciente y se revela cada noche a todo ser evolucionado mediante el sueño. Hallamos en esta misma galaxia la fantasía que, cuando se actualiza, puede ser tan salvadora como destructora, sin que en el límite exista diferencia entre estas nociones, como lo atestigua la célebre Kali del panteón hindú.
Por esto publicamos Tantra y sensualidad, el cual sugiere una coherencia de punto de vista regresando los sentidos al proceso, valorándolos como instrumentos esenciales de toda búsqueda. Sin esta integración de lo sensual en una búsqueda de liberación, los meditadores corren gran peligro de zozobrar en el ritualismo, que sería perjudicial no sólo para su proceso sino para el eggregor del método.
Evidentemente, este cuerpo y esta palabra cuyo sentido simbólico acabamos de rozar son interdependientes, además todo está ligado por el centro (del mandala); en cuanto a la base que asegura la solidez del edificio, no es superficial. Extendiéndose de la gravedad universal al instinto de manada pasando por el amor humano y la solidaridad sociopolítica, todo se resume aquí en la búsqueda de un punto focal del cual nosotros seamos parte esencial del origen. En esta unidad universal (de la que por lo general sólo tenemos una aprehensión fragmentada y subjetiva) existen sub-percepciones, entre las cuales está por ejemplo la de la unidad de lo vivo. Al interior de esta última encontramos conjuntos de convicciones que se subdividen en grupos de práctica. Son estos últimos los que se designan a menudo con el nombre de sangha, aunque básicamente el término debería designar el conjunto de lo vivo.
Esta categoría corresponde, según la sicología occidental, al inconsciente, que es el mismo para todos los humanos y del cual una parte es colectiva. Aunque omnipresente en nosotros sin por eso pertenecernos jamás, este nivel de conciencia no se manifiesta más que rara vez en nuestra experiencia cotidiana. Logramos ocasionalmente alcanzarlo en sueños profundos, simbólicos y a veces incluso geométricos o mediante excepcionales experiencias místicas. La memoria a largo plazo y, por lo tanto, sin duda post mortem, en eco quizá de nuestros semejantes, reside aquí y constituye la esencial trama sobre la cual se dibuja nuestro devenir y el de nuestro mundo. Por ello es de la más elevada compasión embellecerlo, y muy pronto veremos cómo nos lleva ahí.
Habiendo superado la realidad percibida y los condicionamientos sociales, sólo la creación puede en lo sucesivo asegurar la continuación del proceso. Aquí se organiza el poder del verbo anunciado por dharma. En efecto, toda sangha es creadora por lo menos de ella misma y con frecuencia de mucho más. Todo depende de dónde y con “quién” esté asociada y por lo tanto de qué fuerza egregoriana dispone en su joven edad. Por eso en cada tomo de esta trilogía se dan varias referencias y enseñanzas relativas a la tradición iniciática.
Es precisamente aquí que se devela el sentido del método. No hay en el mundo profano ni dios ni revelación que no sea una construcción sociopolítica con fines la mayoría de las veces perversos. Además, nuestra encarnación no tiene en sí misma ningún sentido y no puede por lo tanto ser sacralizada si no conlleva una dimensión susceptible de serlo, más grande que nuestro consciente y que nos habita. Es esencialmente en este espacio de conciencia que el humano puede manifestarse en deidades, las cuales son sinónimo de arquetipos en sicología occidental y habitan ese barrio de lujo de nuestra encarnación que es el inconsciente. Sólo puede aspirar a una alquimia tal entre encarnación y arquetipo nuestro espíritu estimulado por este espacio privilegiado que es una meditación apropiada. Cuando éste se encuentra en el estado de deidad, está en condiciones de entrar en relación e incluso en fusión con la totalidad. Esto es lo que el esoterismo y el arte occidental han calificado de efusión del quinto elemento.
Podemos en lo cotidiano favorecer una fusión semejante formando el puente entre este mamífero que somos y las deidades que nos habitan utilizando con habilidad una comunicación ritual. Muchas veces en orientalismo éste será una saddhana, en referencia al yoga de las deidades, porque tal es la herramienta última de liberación en el Tantra. Con el objetivo de sugerir la lógica y procedimiento de un protocolo tal, escribimos La práctica del Tantra.
Todo este conocimiento es nada y no encierra ningún valor específico si no desemboca en una práctica personal centrada en uno de los protocolos de comunicación evocados más arriba. Esta puede ser de orden iniciático y será entonces soportada por el conjunto de los iniciados a ese mismo rito y los espíritus que la acompañan. Por este hecho dará pronto abundantes frutos, pues no hay esoterismo y sobre todo tantra que no sea iniciático. Pero la práctica puede también, por lo menos por un tiempo, ser “silvestre”; en ambos casos ella seguirá la siguiente secuencia:
• Devenir en forma y apariencia idéntico a la deidad.
• Por la circulación de un fluido blanco entre la frente de ésta y la nuestra se establece una comunicación del cuerpo de manifestación en el mundo.
• Por el contacto entre la garganta de la deidad y la nuestra, un fluido rojo establece la similitud de palabra, de creatividad y por lo tanto de comunidad de acción sobre los demás y el mundo.
• Por el flujo de un néctar azul entre el corazón de la deidad y el nuestro, nuestras naturalezas profundas devienen idénticas; entonces se produce la liberadora fusión de uno en la otra.
Los pormenores de este proceso se exponen en la segunda parte de La práctica del Tantra. Así la liberación del sufrimiento puede ser adquirida, de momento, lo cual es de por sí grandioso pero no suficiente: mientras se requiera de la armonía y el esfuerzo, la gran obra no será realizada. Esta consiste, no lo olvidemos nunca, en crear con gozo y flexibilidad las circunstancias favorables para la realización de la evidencia de que el estado deico es una condición más agradable, más útil para los demás y más inductora de respeto que percibirnos como seres sufrientes y culpables que a veces meditan. Al percibirnos como deidades que se manifiestan en el mundo por razones puramente compasivas más que como prisioneros de una materia alienante, seremos en general más felices y sabremos llevar esta felicidad a todos los seres.
Todo es aquí cuestión de prioridad.
El maestro Pierre Bédard presentará su libro La práctica del tantra en la FIL Guadalajara el día 3 de diciembre en el salón Alfredo R. Plascencia. |