CARTA DEL EDITOR
El buscador amanece siempre con las pupilas hambrientas
Devorando paisajes blancos o sendas violentas.
El es un amante dulce acariciando esencias;
Que se entretejen en su sangre renovando cada sentido,
Hundiéndolo en el mar desbordante de infinito.
El buscador anhela corazones abiertos donde encontrar cobijo y lecho.
Él se alimenta de la sangre de la tierra, bebe agua de las estrellas.
Y cuando el buscador, sensible a las voces de todas las eras, encuentra
Es susceptible a que en sus huesos flores divinas florezcan.
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