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Septiembre 2010

 

 

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Un beso que cambió la historia
Víctor Rogelio Sánchez Castro

Eran los inicios del siglo XIII, en Europa, donde, entre otras enfermedades terribles, la lepra era la pesadilla del hombre común. Caracterizada esta enfermedad por el gran olor fétido en el enfermo y la piel de mal aspecto, era una reacción común y –quizás– entendible, que todos evitaran aun el menor contacto físico con los leprosos, peor aún: siquiera el acercarse a ellos.
Por ello, el mundo de los leprosos no estaba en la mente de Giovanni Bernardone, un joven, cuya vida, era de alguna manera, algo sobresaliente en su pueblo natal, pues dinero no le faltaba, sino al contrario, parte de sus hábitos era invitar a sus amigos de la juventud a comer, a beber vino y a bailar.
Después de haber estado en una batalla y de haber estado un año como prisionero de aquel conflicto, se preparó a continuar el camino de las armas –al estilo de su época y su pueblo–: se preparó para llegar a ser un gran caballero.
Algún día del 1204 o 1205, no se sabe con certeza, ya calzando espuelas de oro y armado caballero con todo lo disponible de la época, partió hacia su gran destino –y en verdad, su Gran Destino– el cual resultó ser completamente diferente a lo que él ambicionaba en ese momento. Cuentan que entonces, quizá un agente divino, vestido de una inesperada enfermedad, lo detuvo con una altísima fiebre, y ahí, en su lecho, una voz le preguntó:
–¿Quién puede servirte mejor: el amo o el criado?
La respuesta del joven fue: el amo.
Nuevamente la voz preguntó: –En ese caso, ¿por qué dejas al amo por el esclavo, al príncipe por el vasallo?
Y quedó entonces la semilla en el alma de aquel joven soldado Giovanni Bernardone, quien después se levantaría para iniciar su histórica lucha.
Esta semilla, un año después, llevaría a este joven soldado de la vida a enfrentar la más importante de sus batallas, la decisiva, curiosamente, se armó sólo de ropa elegante y unas piezas de oro en los bolsillos, después se fue a encarar a su peor pesadilla.
Y según cuentan, ¡vaya que la enfrentó!
El encuentro para Giovanni Bernardone fue verdaderamente aterrador, y ahí estaba, el enemigo dentro de su mente: el miedo, el terrible miedo, ¿acaso enmascarado de una gran repugnancia hacia su semejante, su prójimo?, de aquel quien enfermo en ese momento se erguía ante el, ¿acaso retador, acaso necesitado?, ¿acaso oportuno para evitarlo –como casi cualquiera lo habría hecho–, u oportuno para romper el cántaro de egoísmo para atreverse a dejar salir siquiera una gota de compasión?, sí, ante Giovanni Bernardone: un leproso.
Al comenzar la batalla buscó armarse con humildad para sofocar ese miedo, aquel miedo que parecía casi invencible para él, y depositó una pieza de oro en las manos –llenas de repugnantes llagas y úlceras– de ese alguien que estaba frente a él, con un insoportable olor.
Sí, un leproso, fue un leproso quien encarnó el mayor reto de aquel joven, quien gustosamente tomó la pieza de oro que le fue obsequiada por Giovanni Bernardone, aquel joven seguramente desconocido por el desafortunado leproso; sin embargo, no terminaba esta batalla dentro de la mente de Giovanni Bernardone, cuando entonces, un destello de amor divino, una chispa del sublime amor fraternal encendería el alma de aquel joven elegante para no apagarse jamás, y este destello, esta bendita chispa llevó a aquel joven a tomar una de las manos con dedos roídos por la lepra, para entregarlo al indudable triunfo de esa batalla contra el miedo, al tomar la forma del beso que aquel joven humildemente decidiera darle en una de sus manos a su desafortunado interlocutor.
Aquel beso marcó el inicio de una vida entregada a Dios para aquel joven. Aquel beso...  no sólo salvó el alma de aquel joven europeo, pues él guió por el camino a cientos después de él.
Aquel beso fue el inicio de la reconstrucción de la casa de Dios, que estaba a punto de derrumbarse. Esta casa de Dios originalmente él la había entendido como la reparación de un antiguo templo consagrado a san Damián, que estaba ubicado en su lugar de origen, Asís, Italia, pero esta reparación resultó ser la del propio cristianismo.
Aquel beso fue el fin de Giovanni Bernardone, para que en él naciera aquella luz que el mundo de su época y las edades posteriores conocerían como san Francisco de Asís. Aquel beso… por todo lo anterior y mucho, mucho más, fue el beso que cambió la historia.
¡Gracias por tu ejemplo, y que Dios te tenga siempre en su gloria, hermano Francisco!
Una frase que resume muy bien esta historia es ésta: “Un santo es un pecador que nunca se dio por vencido”, de Paramahansa Yogananda, maestro cristíco indio.
La vida ejemplar de san Francisco de Asís es agua fresca para el espíritu.

Oración simple

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Que allí donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allí donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allí donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allí donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allí donde hay duda, yo ponga la fe.
Que allí donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allí donde hay tinieblas, yo ponga la luz.

Que allí donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
¡Oh Señor!, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

(atribuida a san Francisco de Asís)

 

 

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